El abrazo del siroco Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Aurora quiso pensar que Paloma tenía razón.

Al fin y al cabo, si estaba allí sentada a la mesa y no en una fría celda, era porque la buena mujer se había preocupado de ir a buscarla a prisión.

Era la única persona que le había tendido una mano desde su llegada y, con un poco de suerte, conseguiría localizar a las mellizas.

Con el ánimo algo más repuesto, Aurora se enjugó las lágrimas y se enderezó en la silla.

Ya estaba bien de lamentarse, se dijo, las cosas iban a mejorar. Tenían que hacerlo.

—Siento ser una carga. Bastantes problemas tendrá ya doña Tecla, lejos de su país y viuda…

—Nunca llegó a casarse —le aclaró Paloma—. El luto es por su prometido, que murió semanas antes de la ceremonia.

—¡Qué tragedia! —Aurora se llevó la mano a la boca.

—A veces las tragedias de unos acaban siendo la suerte de otros.

A Paloma no le faltaba razón. Aunque la dueña de la pensión jamás se hubiera atrevido a reconocer que aquella muerte fue lo mejor que le podía haber pasado, no por ello dejaba de ser menos cierto.

Tecla se había prometido siendo muy joven, seguramente demasiado.

Lo hizo porque Otto parecía beber los vientos por ella y porque su madre le insistió en que era un buen partido.

«Tan alto y tan rubio, hija, a ver dónde encuentras otro con esa planta».

En eso no se equivocaba. Al padre lo había despachado un infarto hacía un par de años, dejándolo a cargo de la mercería que regentaba su madre, una alemana tan seca en carnes como en maneras.

Al principio, Tecla se dejó impresionar por las atenciones del muchacho, que parecía desvivirse por complacerla.

Pero una vez el compromiso se confirmó, las cosas cambiaron.

Otto pasó de ser el novio tierno y enamorado a dejar entrever un carácter posesivo y narcisista.

Empezó a coartar la libertad de Tecla cuando aún faltaba para el enlace: «¿Qué van a decir en el barrio si te ven con esa blusa?

Pareces una buscona, ve a cambiarte ahora mismo», «olvídate de ir a los toros con tus amigas, ¿o es que quieres cargarme con unos cuernos más grandes que los de un morlaco?

», «lo que tienes que hacer es ir donde mi madre para aprender a cocinar comida de verdad y no esa bazofia que se come en tu casa».

Y así, poco a poco, él fue creciéndose en tanto que Tecla menguaba.

Hubiera deseado huir, alejarse del hombre que iba a amargarle el resto de sus días, pero no podía cancelar el compromiso sin avergonzar a su familia.

La fortuna llegó en forma de unas fiebres que de improviso se cebaron con Otto tras haber soportado un buen chaparrón durante un partido de fútbol con los amigos.

Con aquella buena planta que decía su madre, nadie esperaba que no lo superara, y Tecla llegó a creer que lo que acabó sellando su destino fueron sus continuos rezos para que la providencia la librara de acabar atada a él de por vida.

Otto se murió casi sin enterarse, adormilado por la calentura en su propia cama.

Tan pronto Tecla asimiló la noticia, se despidió de los suyos en Valencia y se subió a un vapor que la llevó hasta Orán con su pequeña maleta junto con la incredulidad de tener una segunda oportunidad.

Como muchas, empezó sirviendo para familias francesas, pero cuando ahorró lo suficiente no lo dudó y se hizo con aquel piso cochambroso que, cuarenta años y grandes sacrificios después, se había convertido en una de las pensiones más populares del barrio de la Marina.

Nunca tuvo la tentación de regresar, como tampoco de quitarse un luto que arrancaba condolencias a quienes conocían solo parte de la historia y que a ella le recordaba que lo último que necesitaba era otro Otto en su vida.

En aquel instante la puerta de la entrada se abrió anunciando el regreso de doña Tecla.

A sus oídos llegaron con claridad sus pasos acompañados del tintinear del rosario que le colgaba del cuello.

Segundos después irrumpía en el comedor arrastrando del brazo a Ginesito, que al ver a su madre corrió a esconder la cara en su regazo, avergonzado por la presencia de Aurora.

— Filla, he venido corriendo nada más enterarme.

—¿Qué ocurre, doña Tecla?

La mujer necesitó sentarse, la mano derecha sobre el pecho, para calmar su respiración agitada.

—Lo peor —se santiguó antes de besarse los dedos en forma de cruz—, eso es lo que ha ocurrido.

Aurora no podía apartar la vista del rostro descompuesto de doña Tecla, hipnotizada por el espanto que se dibujaba en él, sin atreverse a preguntar aquello de lo que no estaba segura de querer escuchar la respuesta.

—Haga usted el favor de decirnos algo, que nos tiene con el alma en vilo —conminó Paloma, apretando a su hijo contra su cuerpo como si temiera soltarlo y que ese mal tan terrible que se anunciaba lo alcanzara también a él.

—Han encontrado dos cuerpos más allá de la dársena Aucour —soltó doña Tecla al fin, la voz más ronca que nunca—. Por lo que he podido averiguar se trata de dos chicas jóvenes. Las acaban de sacar del agua.

Aurora cerró los ojos. No supo que perdía el conocimiento, tampoco que su cuerpo caía de la silla ni cómo los brazos de aquellas mujeres que apenas acababa de conocer la sostuvieron cuando su mundo se vino abajo.