Capítulo 2 #2
—Lo que es urgente es servirles a los huéspedes el café a su hora o se les pone un humor de perros —atajó sin miramientos.
Al ver su gesto compungido, añadió con ternura—: ¿Por qué no me ayudas y así terminamos antes?
Anda, coge esa lechera de ahí, la de aluminio grande, y calienta un poco en el cazo.
Pero antes acércame media docena de huevos, que los paso por agua en un santiamén.
Aurora tuvo que resignarse a que sus urgencias deberían esperar y se movió por la angosta cocina procurando no chocar con el pequeño pero rotundo cuerpo de doña Tecla.
La ubicación de la pensión, asomada a la plaza más antigua de la Marina, la hacía más luminosa que la mayoría de las viviendas del barrio.
Para dar cabida a las habitaciones donde se alojaban los huéspedes, la mujer había convertido el que en su día fuera un amplio apartamento en un laberinto lleno de estrecheces, con ocho dormitorios distribuidos de forma enmarañada y, al fondo de un largo pasillo, un solo baño que a esa hora recibía un tránsito intenso de personas que aguardaban su turno con un ejemplar de L’Écho d’Oran bajo el brazo.
Con todo, aquel era un hogar acogedor para quienes estaban de paso.
Algunos clientes reservaban por largos períodos, según le explicó doña Tecla, orgullosa de que no quisieran marcharse.
Los desayunos se servían a las siete en punto en la estancia más grande de todas, que hacía las veces de comedor, sala de estar y corazón de la pensión.
Los muebles, pasados de moda y con tapetes de ganchillo que cubrían hasta el último centímetro de superficie visible, aportaban calidez a un espacio donde las conversaciones se entrecruzaban sobre una mesa rectangular con cabida para ocho comensales de lo más variopinto.
Había un comerciante de tejidos, un periodista, un contable y su sobrino aprendiz, un pintor de miniaturas y un caballero de porte deslucido que nadie sabía a ciencia cierta a qué se dedicaba.
Todos eran españoles, lo cual sorprendió gratamente a Aurora.
Poco antes de las ocho se levantó el último de los huéspedes y abandonó el comedor rumbo a sus obligaciones diarias, dejando tras de sí una mesa de pronto silenciosa repleta de tazas vacías.
—Anda, filla, ayúdame a recoger todo esto y después escucho eso tan urgente mientras desayunamos nosotras. Que también tenemos derecho. Vamos, digo yo.
Media hora después estaban las dos sentadas en la misma mesa.
Doña Tecla bebía su café con leche a sorbitos y de vez en cuando remojaba pellizcos de pan blanco.
Aurora fue incapaz de probar bocado, por más que durante los cerca de tres años que había durado la guerra en España su paladar no había catado semejantes delicias.
—No sé nada de ellas desde hace días —concluyó después de relatar en detalle lo ocurrido desde su desembarco—. ¿Está usted segura de que no pasaron por aquí?
—Aquí no han aparecido, me acordaría yo, que la memoria aún la tengo buena —respondió la viuda con su voz ronca, compadeciéndose de Aurora. Jugueteó con las cuentas de su rosario sobre un escote repleto de minúsculas migas, en un gesto inconsciente que debía de repetir con asiduidad.
—La pensión era nuestro único contacto. Si no acudieron aquí, no imagino dónde pueden haber ido. —Un quejido escapó de la garganta de Aurora—. Necesito su ayuda, usted lleva en Orán mucho tiempo. Si pudo sacarme a mí de la cárcel, tal vez podría preguntar qué hicieron con ellas.
—Las cosas no son tan fáciles. A ver si piensas que puedo plantarme en la prefectura y pedir que me pongan delante al mismísimo gobernador general Le Beau para exigirle explicaciones —empezó a protestar doña Tecla.
Al percatarse de la angustia que se apoderaba del rostro de Aurora, se le ablandó el corazón y, lanzando un sonoro suspiro acompañado del sonido de las cuentas de su rosario, modificó el rumbo de su discurso—.
De todas formas, tienes razón en una cosa: llevo años en esta ciudad y tengo mis contactos.
Así que te diré lo que haremos: voy a hacer unas cuantas llamadas, seguro que alguien sabe algo.
Pero deberás tener paciencia, filla, ya sabes que las cosas de palacio van despacio.
Aurora estuvo a punto de echarse a llorar de alivio, pero la mano en alto de doña Tecla la detuvo.
—Ahora hablemos de otro asunto —anunció—.
Has llegado como has llegado y sin papeles no puedes trabajar, pero aquí sin hacer nada no se puede estar.
Si de mí dependiera, te quedarías sin pagar un franco, pero son tiempos difíciles para todos —expuso dubitativa, rumiando una idea—.
Sé de una buena familia a quienes, dadas tus circunstancias, no les importará que eches algunas horas en su casa.
Paloma les lleva sus jabones y son de confianza.
No alcanzó Aurora a preguntar quién era Paloma ni qué trabajo era aquel que le proponía porque justo entonces la puerta se abrió, permitiendo que por ella se colara el alboroto de una voz femenina.
—Te he dicho mil veces que no quiero que toques a los perros de la calle, Ginesito, que un día te van a pegar la sarna… o un buen mordisco. Ahora mismo vas a ir a lavarte las manos, pero bien lavadas, ¿eh?, que nos conocemos.
La reprimenda cesó en cuanto la joven madre asomó la cabeza al comedor y descubrió la presencia de Aurora.
—Buenos días —saludó cohibida antes de excusarse—. Perdón por las voces, no sabía que hubiera visita.
La joven, que seguía plantada en el quicio, llevaba un capazo de mimbre en la mano derecha; la izquierda reposaba sobre el hombro de un niño de unos tres años, muy rubio, vestido con pantalón corto que dejaba a la vista unas rodillas llenas de costras y con una sonrisa traviesa que hacía sospechar que aquella no sería la primera ni tampoco la última regañina que le caería.
—Pasa, Paloma, anda, justo acabamos de mencionarte —le pidió doña Tecla acompañándose de un elocuente vaivén de la mano—. Esta es Aurora, hace poco que está en Orán y se va a quedar una temporada.
A decir verdad, Aurora tenía intención de quedarse solo lo imprescindible para poder reunirse con sus hermanas y después alejarse todo lo posible del hombre del traje, aunque tampoco encontró fuerzas para rebatir aquella afirmación.
—Bienvenida.
La sonrisa de Paloma tuvo un efecto balsámico en el ánimo de Aurora.
Era una de esas sonrisas que se encuentran en pocas ocasiones, de las que dejan traslucir la bondad de algunas almas, de las que abrazan y curan.
Paloma tendría veintipocos y una cara caballuna de mandíbula prominente.
Llevaba el pelo rizado sujeto por una coleta de la que se habían escapado una buena cantidad de mechones rebeldes.
Era quizá demasiado alta y sus espaldas anchas le daban cierto aire masculino que parecía no preocuparse en disimular, pues vestía unos pantalones de pana, lo cual a Aurora de inmediato le recordó a Estrella.
—¿Queda algo de café?
—Ten —respondió doña Tecla sirviéndole una taza del termo que seguía sobre la mesa—, todavía debe de estar caliente.
—Dadme un minuto, que suelto el canasto y vuelvo enseguida.
—Quita, quita, déjame a mí. Que bastante has hecho ya pegándote el madrugón para hacerme los encargos y así de paso me aseguro de que este chiquet se lave bien las manos.
Luego tengo que acercarme un momento donde Encarna, que le prometí prestarle mis zapatos de domingo para no sé qué visita que tiene hoy. ¿Quieres venir conmigo, Ginesito?
El niño asintió con tanta vehemencia que hizo reír a las tres mujeres.
—Vaya, no sabía yo de ese interés por ir donde la vecina —se sorprendió Paloma.
—Lo que le interesa a este malandrín son las almendras garrapiñadas que le da cada vez que lo ve aparecer por allí —aclaró doña Tecla—. Como no ha tenido nietos, se derrite con este pilluelo que, cuando quiere, bien que sabe poner cara de no haber roto un plato.
Se agachó para pellizcarle una mejilla al niño, que echó a correr por el pasillo entre risas infantiles que sonaban como campanillas. Cuando la viuda lo siguió, Aurora y Paloma se quedaron solas.
—¿Llevas mucho por aquí? —se apresuró a preguntar Aurora, más por esquivar preguntas sobre ella misma que por curiosidad.
—¿Te refieres a la pensión o a la ciudad?
—¿A ambas?
Paloma rio con naturalidad, como se ríen las personas que no esconden dobleces ni falsedades. Tenía los dientes grandes, muy blancos y algo separados en el centro. No se podía decir que fuera guapa, pero tenía algo que irradiaba luz en la mirada. Aurora decidió de inmediato que le caía bien.
—De hecho, llevo más de lo que jamás creí que iba a estar.
—Se estiró para alcanzar el azucarero y, cuando hundía la cuchara en los diminutos cristales blancos, se escuchó la voz ronca de doña Tecla regañando al niño por algo que no llegaron a comprender.
Entre las dos mujeres se instaló un silencio tranquilo en el que ambas se sintieron cómodas para ordenar los recuerdos y las pérdidas que conformaban sus vidas.
—Nosotras también vinimos creyendo que las cosas serían más fáciles —confesó Aurora al cabo.
—¿Nosotras? —inquirió Paloma extrañada.
Aurora suspiró y durante un momento jugueteó con las migas del mantel sin verlas. Ya no quedaba café, pero su aroma aún flotaba en la estancia, reconfortándole el alma. Resolvió que podía confiar en Paloma y acabó por resumirle todo lo vivido desde su llegada a Orán.
—Y yo… —concluyó—, yo creo que me voy a volver loca si no las encuentro.
No siguió hablando porque supo que, de hacerlo, acabaría rompiéndose.
—No te rindas, Aurora, no puedes permitírtelo.
—Es que no sé cómo voy a recuperarlas. Doña Tecla ha prometido ayudarme, pero tengo miedo de que no lo consiga… o de que cuando lo haga sea tarde.
—Ten fe, doña Tecla sabe lo que se hace, tú solo dale algo de tiempo.