El abrazo del siroco Capítulo 2
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Capítulo 2

En el interior de su celda, Aurora había perdido la noción del tiempo casi a la vez que la cordura.

Llegó a contar cinco noches, cinco amaneceres sin tener noticias de sus hermanas, sin saber si estaban vivas o muertas.

Después dejó de contar. Podía haber transcurrido una semana entera, o tal vez un mes, poco importaba.

Al principio lo único que ansiaba era una respuesta que no llegaba; más tarde se hubiera conformado con que sus heridas, en vez de curar como lo hacían, hubieran empeorado lo suficiente como para arrebatarle la poca vida que le quedaba.

Pero la soltaron, sin explicaciones, del mismo modo que cuando la encerraron.

Aun estando en enero, lo primero que sintió al salir fue el abrazo del siroco, un viento cálido y seco que provenía de lo más profundo del desierto y que ese día soplaba a destiempo, como si su única intención fuera arroparla entre sus tibios dedos.

La insolente luminosidad de las primeras horas de la tarde la hizo parpadear un par de veces para acomodar sus pupilas, contraídas tras una eternidad inmersa en la penumbra.

Antes de lograrlo, un brazo se entrelazó al suyo y tiró de ella con suavidad.

—Dame un par de besos, filla.

—¿Cómo dice usted?

—Que me des un par de besos te digo, leches.

Al comprobar que Aurora no era capaz de reaccionar, la mujer tomó la iniciativa. La estrujó entre sus brazos y la besó con tal efusividad que sus labios chascaron repetidas veces en su mejilla.

—Haz como que te alegras de verme —aprovechó para susurrarle al oído de modo que solo ella pudiera escucharla—. Y llámame tía Tecla bien alto, anda, que no les quepa duda de que eres mi sobrina.

Con un fugaz vistazo por encima del hombro de la mujer, Aurora adivinó que se refería a la pareja de guardas uniformados que las observaban apostados a las puertas de la antigua prisión civil, una construcción grande y fea como eran siempre esos lugares.

Esta vez obedeció sin rechistar y se agarró a aquel brazo que, en esos instantes, parecía sostener todo su futuro para alejarse a buen paso del edificio en el que quedarían encerradas para siempre sus peores pesadillas.

No pudo por menos que sorprenderse ante el bullicio que las rodeaba.

Aún no había tenido oportunidad de apreciar Orán a la luz del día, con sus habitantes afanados en los quehaceres rutinarios, y se sintió desubicada.

Precedida por su fama de vibrante, exótica y sensual, la segunda ciudad en importancia de Argelia la asombró por su aire europeo.

No en vano se encontraba en el país de las mil caras.

Caminaron a lo largo del boulevard Clemenceau, flanqueado por bellos edificios de estilo Haussmann con contraventanas de madera, balaustradas de hierro forjado y comercios de llamativos letreros en las plantas bajas.

Circulaban algunos automóviles y los viandantes bien vestidos iban de un lado a otro sorteando los raíles del tranvía, entrecruzando conversaciones en diferentes lenguas, sin reparar en su presencia.

Las adelantaron un par de muchachas peinadas a la moda y ataviadas con trajes sastre de falda por la rodilla y cinturones ceñidos a sus cinturas mientras reían despreocupadas.

Dejaron un rastro de perfume que acabó sumándose a la ya turbadora mezcla de brillantina, sudor, pachuli, beignets azucarados y carburante.

Aunque no podía verlo, también se olía el mar, y aquello, de algún modo, logró acompasar sus latidos.

Fueron necesarios cinco minutos y otras tantas manzanas para que las dos mujeres se atrevieran a volverse y comprobar que nadie las había seguido.

Al alcanzar las palmeras y ficus de la place Foch, con su teatro neobarroco en la cara oeste y su no menos opulento ayuntamiento al sur, Aurora creyó que estaban lo bastante alejadas para dejar de actuar como si fueran familia.

Se detuvo y se plantó frente a la desconocida dispuesta a aclarar las cosas.

—¿Va a decirme quién es usted?

—Ay, filla, ¿pues quién voy a ser? —suspiró la otra, las manos sobre sus caderas—. Soy tu única opción, esa soy yo.

Aurora la miró pasmada durante unos instantes.

Frente a ella tenía a una mujer regordeta, de baja estatura, cuyos movimientos iban acompañados del entrechocar de las cuentas del rosario que colgaba sobre su pecho.

Una incipiente papada le ocultaba parte del cuello, lo que acentuaba la redondez de un rostro de ojos, nariz y boca pequeña.

Se teñía el pelo de un negro demasiado negro y parecía tan aferrada a su acento valenciano como al luto de sus ropas, que desprendían un suave aroma a jabón y rosquilla.

—Vamos a ver, ¿a ti no te recomendaron un sitio para cuando llegaras aquí?

—¿Cómo sabe usted eso? —preguntó Aurora sin salir de su asombro. La tenaz mirada de la mujer la animó a hacer memoria—. Me dijeron que en la pensión Valencia seríamos bien recibidas.

La vio palmear el aire satisfecha.

—¡Ahí lo tienes! Yo soy la dueña de la pensión Valencia, filla —aclaró con su voz ronca propia de un viejo fumador y una sonrisa que empequeñeció todavía más sus ojos—.

Dicen que sabe más el diablo por viejo que por diablo, y yo, que ya sé cómo se las gastan estos franceses, al ver que no aparecías, me temí lo peor y acerté. ¡Ya lo creo que acerté!

—Si estaba al tanto de mi llegada, lo estará de que no estoy sola. —Al traer de regreso la presencia de las mellizas, incluso sin nombrarlas, Aurora acusó un pellizco en la boca del estómago. Se sintió más desamparada que nunca—. De hecho, somos tres.

—Lo sé.

De pronto la dueña de la pensión Valencia parecía haber perdido su locuacidad.

* * *

De aquel primer paseo por Orán en compañía de doña Tecla, Aurora apenas guardaría recuerdos. La certeza de que Estrella y Rocío parecían haberse volatilizado la dejó aturdida. Lo que no olvidaría ni en mil vidas sería, en cambio, la llegada a la pensión Valencia.

Conforme se fueron acercando al puerto, las amplias avenidas de estilo europeo dieron paso a calles empinadas y estrechas con el trazado tortuoso propio de la vieja casbah.

El barrio de la Marina, además de ser el más antiguo de la ciudad, había sido asentamiento de los emigrantes españoles que a finales del siglo anterior abandonaron su país dispuestos a buscarse el sustento a fuerza de deslomarse en la tierra prometida.

La mayoría de los actuales huéspedes de aquel barrio con olor a pescado en salazón y redes de pesca secándose al sol eran descendientes de aquellos valientes y todavía conservaban con orgullo las costumbres y el idioma de una tierra que les quedaba al otro lado del mar.

La pensión Valencia ocupaba la primera planta de un modesto edificio de tres alturas construido en una esquina frente a la place de la Perle, junto a la iglesia de Saint Louis.

Tenía la fachada de color terroso y un cartel roído por el óxido.

El mismo aroma a jabón y rosquilla que impregnaba la vestimenta de doña Tecla se volvía más intenso al cruzar la puerta de entrada tras subir un tramo de escaleras de peldaños irregulares y desgastados.

Aurora se acomodó en un cuarto estrecho, con una cama confortable y sábanas blancas, donde la valenciana le llevó un balde de zinc con agua templada y una toalla áspera.

Luego le sirvió un plato de caldo y no se movió de su lado hasta que lo hubo terminado.

Solo entonces doña Tecla pareció lo bastante satisfecha como para dejarla a solas con la orden expresa de descansar.

Carcomida por la incertidumbre, Aurora no creyó posible pegar ojo, pero su cuerpo, vencido por el sufrimiento acumulado, se rindió al sueño tan pronto apoyó la cabeza en la almohada.

La despertaron los ruidos propios de la rutina matutina que se colaban por debajo de la puerta: pasos, tintineo de cubiertos, choques de tazas, voces amortiguadas…

Desubicada, necesitó unos minutos para observar los contornos del cuarto bajo la luz amarillenta, que se colaba a través de los postigos, y recordar dónde estaba.

Qué lejos había quedado su querida Alicante natal.

Si huir hacia delante había resultado una equivocación, volver atrás tampoco era una opción.

La victoria de Franco en España lo había cubierto todo con un manto gris que tardaría años en desaparecer y, por vez primera, Aurora cobró conciencia de que todo lo que había amado de su tierra ya no existía más que en su recuerdo.

La ausencia de Estrella y Rocío la aguijoneó con fuerza y, pese al agotamiento, Aurora se reprendió a sí misma el haberse abandonado a una noche de descanso.

Se percató de que había ropa limpia sobre el respaldo de la única silla: una falda granate con corte acampanado por debajo de la rodilla, una blusa color vainilla, algo desgastada en los puños, y una chaqueta de punto a juego con la falda.

Nada de aquello era suyo, pero sí de su talla.

Se vistió a toda prisa y se lavó la cara con el agua que quedaba en el barreño, ya totalmente fría.

El espejo le devolvió una imagen desconocida.

Sus ojos almendrados y su cabello castaño eran los mismos de siempre, también su cuerpo menudo de armoniosas formas; sin embargo, la reciente cicatriz en forma de media luna que tensaba su piel desde la comisura hasta la mejilla era la prueba de que todo había cambiado.

Se alejó de su reflejo con un suspiro, lo único que quería era salir de allí cuanto antes y obtener las respuestas que tanto necesitaba.

—¡Buenos días, bella durmiente! —la saludó con brío doña Tecla, revoloteando sin cesar de un lado a otro de la cocina—. Hay que ver cómo te ha cambiado la cara solo con cenar caliente y dormir en una buena cama. Si ya lo digo yo, hay remedios que nunca fallan.

—Doña Tecla, necesito hablar con usted.

—Ya ves que ahora mismo me pillas atareada con los desayunos, filla.

—Lo entiendo y de verdad que lamento molestarla, pero es urgente.