El abrazo del siroco Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

La patada en sus riñones hizo que se retorciera sobre sí misma.

—Por favor… —logró musitar—, por favor…

El francés aspiró una calada lenta para después expulsar el humo a la misma velocidad. No tenía prisa y pretendía dejarlo claro. Se acuclilló a su lado y la observó unos instantes, una ceja inquisidora levantada para animarla a hablar.

—Me llamo Aurora Robles.

—¿Comunista?

—¿Cómo dice?

—¿Tal vez una de esos ridículos falangistas convencidos de que el Oranesado nunca debió dejar de formar parte de España?

—¡No! No me interesa la política…

—Al menos no negarás que eres española.

—No, claro que no…

—¿Sabes lo que pienso de los españoles? —la interrumpió.

Desde el suelo, Aurora pudo apreciar la perfección de la raya en su pantalón gris marengo tensada sobre las rodillas y el brillo de sus zapatos negros e impolutos; cerró los ojos para evitar ver su reflejo en ellos.

No respondió, consciente de que lo que fuera a escuchar a continuación no le iba a gustar.

—Pienso que sois basura —continuó él permitiendo que la ceniza cayera sobre su rostro—.

Peor que la basura: asesinos, ladrones, conspiradores…

Por vuestras venas corre sangre árabe, sois fanáticos y violentos.

Y eso no tendría por qué ser asunto mío de no ser por la insistencia con que venís a esta ciudad para complicarme la vida.

—Pero nosotras no hemos hecho nada…

El dolor que le provocó la quemadura del cigarro en el dorso de la mano terminó la frase por ella al transformarla en un alarido.

—Y también pienso que sois unos mentirosos —volvió a hablar con una calma exasperante—. Como comprenderás no estoy dispuesto a tolerar que me tomen por estúpido… y tú, petite salope, debes haberte creído que lo soy.

Le tiró del pelo para forzarla a mover la cabeza en un asentimiento impostado.

—Pretender que me trague que vosotras tres habéis aparecido de repente con esas caras de no haber roto un plato y sin más intención que la de vivir pacíficamente como unas buenas ciudadanas es absurdo —sentenció, negándose a contemplar que lo que había empujado al exilio a las hermanas Robles no era más que el miedo y la miseria—.

Especialmente ahora que estamos en medio de una guerra que cambiará la humanidad tal y como la conocemos.

Lo cierto era que, sin pretenderlo, las hermanas Robles habían llegado a Orán en mal momento.

El mundo entero se tambaleaba y Argelia, la perla del imperio francés, no era una excepción.

Desde que Gran Bretaña y Francia le declararan la guerra a Alemania, y poco después la Unión Soviética invadiera Polonia, el avance del ejército nazi era imparable; tan solo el descenso de las temperaturas a veinticinco grados bajo cero en los alrededores de Helsinki durante aquel diciembre de 1939 había logrado ralentizarlo.

El país galo sentía el aliento del Führer en el cogote y, por consiguiente, también lo hacían sus colonias del norte de África.

En semejante situación cualquiera podía suponer una amenaza. Y a las amenazas se las neutraliza.

—Me has ofendido, ¿entiendes? —murmuró el hombre—. Mucho me temo que a la lista de defectos de los españoles debamos añadir la falta de politesse, no es de buena educación ofender al anfitrión.

Con el siguiente bofetón el anillo chevalier le abrió un profundo corte con forma de medialuna en la mejilla derecha.

Los golpes y vejaciones que vinieron después se le emborronaron en la memoria a Aurora hasta convertirse en uno solo.

Igual que las palabras del hombre del traje impoluto, que preguntaba por qué habían viajado a Orán, si formaban parte de alguna conspiración, si llevaban a cabo tareas de espionaje o pertenecían a alguna célula y otras cuestiones igual de absurdas que Aurora no pudo ni tuvo fuerzas para responder.

Cuando la paliza cesó, hacía rato que había dejado de escucharlo.

En su cabeza solo había espacio para esa mancha en los azulejos en la que había mantenido clavada la vista y las dudas acerca de a quién habría pertenecido esa sangre.

Tal vez los siguientes en visitar esa sala se hicieran esa misma pregunta al ver la que habría dejado la suya. Eso, de algún modo, la reconfortó.

La llevaron de vuelta a la celda de la que la habían arrancado horas atrás, cuando todavía tenía los últimos restos de esperanza y el cuerpo intactos.

Pero para entonces todo había cambiado mucho más de lo que se hubiera atrevido a imaginar.

Un escalofrío trepó por su columna al descubrir que la celda estaba vacía.

Las mellizas ya no se encontraban allí.

—¿Estrella? ¿Rocío?

No insistió. Por más que repitiera sus nombres nadie iba a responder.

—¡Eh, vosotros! ¿Dónde están mis hermanas? —chilló a los policías, que se retiraban después de cerrar con llave la reja—. Où sont-elles ?

No le cabía la menor duda de que, si los enfadaba, la llevarían de regreso a la sala de interrogatorios, pero eso era lo último que le preocupaba.

— Répondez-moi ! —aulló, fuera de sí, sin reparar en el dolor lacerante que le subía desde el labio hasta cruzarle la mejilla—. ¡Responded!

No quería pensar en las posibilidades que la terrible ausencia de sus hermanas abría ante ella.

— Qu’est-ce que vous avez fait ? —insistió, aferrada a los barrotes, pues, de lo contrario, se hubiera desmoronado—. ¿Qué les habéis hecho?

Los dos hombres desaparecieron sin molestarse en responder, dejando a Aurora a solas con su desesperación, asfixiándose con su propia soledad, repitiendo una y otra vez la misma pregunta. Poco le importaba que ya nadie pudiera escucharla.

—¿Qué les habéis hecho? ¿Qué les habéis hecho…?

Ni Estrella ni Rocío regresaron esa noche. Tampoco la siguiente.

Aurora temió que no lo hicieran jamás.