El abrazo del siroco
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Capítulo 1
El interior de una celda es capaz de provocar una asfixia similar a la de un par de manos oprimiendo el cuello.
Para deshacerse de tal sensación, Aurora Robles inspiró con fuerza y la podredumbre que reptó por sus fosas nasales la aturdió.
Trató de ubicarse, pero la penumbra o tal vez el miedo se lo impidieron.
Una corriente de aire frío la estremeció.
Palpó despacio la aspereza de las paredes y descubrió gruesos muros de piedra que ningún grito podría atravesar. Tampoco la esperanza.
—¿Dónde estamos?
La voz cándida de Rocío quebró el silencio y Aurora buscó a tientas la mano de la menor de las mellizas.
Incapaz de ofrecer respuestas, debió conformarse con darle calor.
Su única certeza era que el mar no debía de estar lejos, podía olerlo a pesar de la fetidez mohosa que las envolvía.
Que no las hubieran alejado de su querido Mediterráneo le provocó un consuelo tan volátil como amargo.
Todo había salido mal.
La brutal dictadura que siguió al final de la guerra civil había desfigurado España convirtiéndola en un lugar peligroso para las tres hermanas Robles.
Por eso, porque no tenían alternativa, decidieron huir de Alicante, la ciudad que las vio nacer y único hogar que habían conocido, siguiendo los pasos de Martín.
Cada vez que Aurora pensaba en él, se le encogía el estómago.
Hacía mucho de su apresurada despedida y desde entonces no había vuelto a tener noticias suyas.
Se habían lanzado a la locura del exilio porque no hacerlo era una locura aún mayor.
Huyeron huérfanas, sin más posesiones que un puñado de recuerdos, el reloj de oro que había pertenecido a su madre y la ilusión de que la vida que les aguardaba al otro lado del mar podía ser, por fin, amable con ellas.
Ojalá no se hubieran equivocado.
En realidad, ellas no habían tenido nunca la más mínima oportunidad, solo que lo comprendieron cuando ya era demasiado tarde.
Pese a que no habían transcurrido más que unas horas, las imágenes de su llegada a Argelia se emborronaban confusas: la pequeña barca de pesca, el sinuoso contorno del continente africano a la luz del alba, los brazos del pescador empuñando los remos, la euforia al creer que lo habían conseguido…
Pero la mala fortuna quiso que nada más desembarcar las sorprendieran unos gendarmes que les exigieron una documentación de la que carecían.
Su particular pesadilla comenzó cuando las obligaron a subir a una camioneta que se puso en marcha entre toses y bocanadas de humo, dejando tras de sí las promesas de una nueva vida.
Ahora estaban en una celda húmeda y fría, acurrucadas para no desperdiciar el calor de sus cuerpos, en tanto que Aurora no dejaba de repetirse que había sido una estúpida.
Arrastrar a sus hermanas hasta Orán había resultado ser el error más grande de todos cuantos había cometido.
Ella era la mayor, las mellizas eran su responsabilidad y les había fallado.
Estrella tiritaba devorada por un frío que parecía cebarse en ella después de haber embarcado vencida por la enfermedad, tan débil que apenas era capaz de mantenerse en pie.
La colocaron en el centro en un intento de que entrara en calor.
Al otro lado, Rocío se abrazaba a su vientre aún plano con el afán de proteger la vida que allí crecía.
Pese a su juventud, había tenido oportunidad de conocer la vileza del ser humano.
—Todo va a ir bien —les prometió Aurora en voz alta y se tragó unas lágrimas que en nada podían ayudar. Llorar no iba a sacarlas de allí—. Mientras sigamos juntas, todo irá bien.
Cuando el sol estuvo lo bastante alto como para colarse por el estrecho ventanuco e iluminar una estancia que mejor hubiera permanecido a oscuras, les llegó el eco de unos pasos que se aproximaban.
El sonido les indicó que se trataba de dos personas que iban directas hacia ellas.
Aurora se apresuró en esconder lo único de valor que aún conservaban, dejando el reloj de su madre a buen resguardo bajo la plantilla de su zapato.
— Allez ! —vocearon, y la puerta se abrió con un chirrido igual de desagradable. Por sus uniformes supieron que eran policías—. À la salle d’interrogatoires. Vite !
—¡Un momento! —suplicó Aurora a la desesperada—. Tenemos un amigo en la ciudad, nos está esperando.
Aquello no era del todo cierto, pero la mirada que intercambiaron los policías la alentó a insistir. Era su única oportunidad; si conseguía hablar con Martín, él se ocuparía de todo.
—Por favor, si nos permiten avisarlo estoy segura de que…
— Nom et prénom ?
—Martín Gea Hungría —respondió, sintiendo la sangre batir en sus tímpanos.
Su pulso se aceleró al comprobar que el más grueso abría una carpeta que llevaba bajo el brazo; la ojeó unos instantes en los que su dedo índice se deslizaba veloz por las hojas. Al cabo, la cerró con un ruido seco que reverberó en la celda.
— Oubliez-le… Il est mort.
—¿Muerto? No puede ser —la voz de Aurora se quebró en un sollozo, convencida de que era imposible. ¿Cómo iba a estar Martín muerto si lo que sentía por él seguía tan vivo?—. Seguro que no es él, vuelva a comprobarlo…
No hubo tiempo de asimilar su pérdida, mucho menos de llorarla.
Ante su inmovilidad, uno de los hombres se impacientó y dio un paso amenazante hacia ellas.
Empujando sus emociones al rincón más profundo de su ser, Aurora reaccionó al percatarse de que estaba a punto de agarrar a Rocío y se incorporó con movimientos torpes por culpa de sus extremidades entumecidas.
—Aurora, por Dios, ¿qué estás haciendo? —se horrorizó Rocío al verla en pie.
—Voy a ir con ellos, no os preocupéis, todo esto no puede ser más que una confusión. Nosotras no hemos hecho nada malo y cuanto antes lo aclaremos, antes nos dejarán salir.
—Por favor, no vayas —pidió Estrella sujetándola de la muñeca, conteniendo a duras penas un nuevo acceso de tos—. ¿Y si te hacen daño?
—Para eso no haría falta que me sacasen de aquí, ¿no crees?
La escasa paciencia de los hombres se agotó en ese preciso instante.
— Dépêche-toi ! —apremió uno de ellos, dándole un tirón que la hizo trastabillar y puso fin a la conversación.
Estrella y Rocío se precipitaron hacia la reja a tiempo de alcanzar a besarle los dedos que extendió hacia ellas cuando los policías la arrastraron consigo, y sus aterrorizados sollozos acompañaron a Aurora a lo largo del corredor por el que se alejaba.
Ni siquiera ella misma estaba convencida de las palabras de consuelo que había dirigido a sus hermanas, pero no tenía más opción que aferrarse a ellas como su única posibilidad de salvación.
La mayor de las Robles comprendió que, una vez más, se había equivocado.
Lo supo en cuanto la dejaron sola en una sala con dos sillas desparejadas en un rincón y una gran mesa metálica en el centro.
No había ventanas, solo una bombilla desnuda que parpadeaba en el techo.
Gracias a ella, no le pasó desapercibido un manchurrón que salpicaba los azulejos blancos de las paredes.
No quiso pensar que se parecía demasiado a sangre seca.
El ruido de la puerta al abrirse a su espalda la sobresaltó.
Instintivamente dio un paso atrás al ver entrar un hombre que vestía un traje pulcramente planchado.
Con unas pequeñas gafas de montura dorada, bigotito rubio y el pelo salpicado de canas en las sienes.
Alto y delgado, desprendía ese aire de superioridad de quienes saben que sus órdenes serán obedecidas con presteza.
Sonreía con una amabilidad que, sin saber por qué, la puso de inmediato en alerta.
No se tomó la molestia de presentarse; de haberlo hecho, Aurora no hubiera olvidado nunca aquel nombre y tal vez así su destino habría sido diferente.
En cambio, lo vio arrastrar una de las sillas hacia la mesa y sentarse con estudiada parsimonia, para después ojear los documentos que traía consigo.
En el anular de la mano, con la que sostenía un cigarro, destacaba un anillo chevalier.
Al cabo de un par de tensos minutos en los que volvió a ordenar los papeles cuadrándolos con precisión milimétrica y colocó la estilográfica perfectamente paralela junto a ellos, la invitó con un gesto a sentarse frente a él.
Aurora obedeció sin poder deshacerse de la inquietud que crecía en ella segundo a segundo. Podía escuchar sus propios latidos en aquel silencio perturbador y creyó que se volvería loca si no hacía algo para romperlo. Tomó aire antes de hablar.
— Excusez-moi, monsieur, s’il vous plaît. —Se devanó los sesos en un intento de recordar las lejanas lecciones de francés del colegio. En su día se le había dado bien, pero de aquello hacía mucho—. Mes soeurs et moi… nous sommes arrivées…
El hombre no se inmutó ante sus evidentes esfuerzos por hacerse entender. Aurora desistió y, vencida, recurrió a su propia lengua.
—Disculpe que mi francés esté algo oxidado, pero necesito explicarle que todo esto es una terrible equivocación —se expresó con urgencia y la esperanza de que, si no se entendían sus palabras, al menos sí su desesperación—.
Mis hermanas y yo no somos delincuentes, se lo garantizo.
Hemos venido a Orán con la esperanza de encontrar una vida mejor.
Nada más. Me hago cargo de que no tenemos permiso de residencia, pero no creo que eso sea motivo para tratarnos como lo han hecho.
Una de mis hermanas está embarazada y la otra muy enferma…
El primer bofetón la pilló desprevenida y fue tan violento que la tiró de la silla.
—¿Quién eres?
Puede que le hubiera sorprendido que el hombre hablara español con corrección a pesar del fuerte acento que arrastraba las erres, de no ser porque para entonces Aurora tenía otras preocupaciones, como respirar.
Al caer se había golpeado las costillas contra el suelo y a duras penas conseguía llenar sus pulmones de aire.
—He preguntado: ¿quién eres?