CAPITULO final #6
A medida que perdían altura comenzaron a encontrar algo de vegetación.
Arbustos resecos, algunos frutos silvestres y pequeños higos que habían sobrevivido de forma inexplicable.
También aparecieron almendros y nogales abandonados en antiguas parcelas.
Cada hallazgo provocaba que pequeños grupos se dispersaran buscando cualquier cosa que pudiera llevarse a la boca.
No había tiempo para elegir.
Ni para desconfiar.
Las personas arrancaban hojas tiernas, recogían nueces caídas, masticaban frutos verdes e incluso hervían raíces cuando encontraban alguna lata olvidada donde calentar agua.
Esteban tomó una mora que aún colgaba de unas ramas.
La observó unos segundos antes de llevarla a la boca.
El sabor lo hizo detenerse
No era dulce.
Tenía un gusto metálico, áspero, parecido al que deja la sangre después de una herida.
Escupió inmediatamente.
Camila probó otra.
Frunció el ceño.
—Tiene el mismo sabor...
Siguieron caminando y comprobaron que ocurría con todo. Un puñado de nueces. Un higo. Incluso el agua de un pequeño estero conservaba un leve regusto metálico, casi imperceptible al principio, pero imposible de ignorar después del segundo sorbo.
El olor también había cambiado. Ya no era únicamente ese aroma a azufre que habían sentido al entrar al valle. Ahora parecía mezclarse con un persistente olor a metal oxidado, como si la propia tierra hubiera absorbido algo que no pertenecía a ese lugar.
Continuaron descendiendo junto a la interminable columna de sobrevivientes.
Nadie sabía cuántos quedaban. Nadie llevaba la cuenta de los que se habían quedado atrás.
Lo único cierto era que el miedo al gas se desvanecía lentamente, reemplazado por una certeza mucho más cruel: aunque la niebla jamás volviera a subir, el mundo al que regresaban ya no era capaz de alimentarlos como antes.
Y por primera vez desde que todo comenzó, Esteban comprendió que sobrevivir al fenómeno no significaba haber sobrevivido al desastre.
No bajaron hasta sus hogares
Ninguno de los dos se atrevió.
Cada vez que Esteban miraba hacia el valle, recordaba la velocidad con la que la niebla había ascendido días atrás. Había tardado apenas horas en devorar pueblos completos, mientras que ahora descendía con una lentitud casi desesperante. La diferencia era tan evidente que nadie podía ignorarla.
—Si decide volver a subir... no tendremos tiempo de escapar desde Vicuña —dijo una tarde mientras observaba el horizonte desde una ladera sobre Pisco Elqui.
Camila asintió.
Por eso decidieron quedarse allí.
Pisco Elqui estaba lo suficientemente alto para ofrecerles una oportunidad y, al mismo tiempo, desde sus calles podían observar a la distancia el comportamiento de aquella inmensa masa púrpura que permanecía instalada sobre el valle.
Era un riesgo calculado. Si la niebla cambiaba nuevamente de dirección, tendrían algunas horas para volver a subir a la cordillera.
Los primeros días los dedicaron simplemente a sobrevivir.
Encontraron una casa de adobe en el sector céntrico. La puerta estaba abierta y no había señales de sus dueños. Sobre la mesa permanecían platos servidos desde hacía semanas, completamente secos, y una tetera oxidada descansaba sobre la cocina. Nadie regresó a reclamar la vivienda.
Con el paso de las horas comprendieron que aquella casa era, por ahora, su refugio.
Dormían en habitaciones distintas al principio, por simple respeto hacia quienes alguna vez habían vivido allí, pero después de tantas noches de incertidumbre terminaron instalándose en el comedor, junto a una pequeña estufa a leña que lograron hacer funcionar con muebles viejos y madera recogida de los alrededores.
La electricidad había desaparecido por completo.
Las noches volvían a pertenecer al fuego.
A las velas.
Y al silencio.
La única conexión con el resto del país era una pequeña radio alimentada por un panel solar que un vecino les entregó antes de continuar viaje hacia la cordillera.
Cada mañana repetían el mismo ritual.
Subían al techo de la casa para orientar el panel hacia el sol, esperaban unos minutos y luego encendían la radio.
La mayor parte del tiempo solo se escuchaba estática.
Pero, de vez en cuando, alguna transmisión lograba abrirse paso entre el ruido.
—"...se recomienda mantenerse en altura..."
—"...eviten descender hacia zonas costeras hasta nuevo aviso..."
—"...la cordillera de los Andes continúa siendo el lugar más seguro para la población..."
Con el paso de los días comenzaron a aparecer voces distintas.
No todas pertenecían a organismos oficiales.
Había periodistas independientes, radioaficionados y personas que transmitían desde generadores improvisados. Algunos aseguraban que el fenómeno estaba desapareciendo. Otros afirmaban exactamente lo contrario
Incluso comenzaron a surgir locutores que hablaban con un fervor casi religioso.
—"...la gloriosa cordillera de los Andes nos protege... nunca abandonen la montaña... la salvación siempre estuvo arriba..."
Esteban apagaba la radio cada vez que escuchaba ese tipo de mensajes.
—El miedo también enferma a la gente —comentó una mañana.
Camila no respondió.
Sabía que tenía razón.
Mientras tanto, la niebla seguía descendiendo.
Muy lentamente.
Muchísimo más lento de lo que había subido.
Cada tarde caminaban hasta un mirador natural desde donde podían observar el valle. El límite púrpura parecía inmóvil, pero Esteban anotaba referencias sobre las quebradas y cerros cercanos. Día tras día comprobaba que seguía retrocediendo, apenas unos metros.
Era desesperadamente lento.
Al quinto día la línea apenas había descendido unos cuantos metros más.
Al décimo, la diferencia solo era perceptible porque Esteban comparaba sus anotaciones.
Al vigésimo día ya nadie celebraba su retroceso.
Simplemente formaba parte del paisaje.
Finalmente, durante una de las transmisiones más claras que lograron captar, una voz anunció una información que recorrió Chile entero.
—"...últimos reportes indican que el fenómeno se ha estabilizado aproximadamente a seiscientos metros sobre el nivel del mar. No existen cambios significativos desde hace cuarenta y ocho horas..."
La transmisión continuó.
—"...no existe información verificable bajo la capa de gas.
Se desconoce el estado del océano, de las ciudades costeras o de la actividad sísmica en la zona.
Equipos científicos plantean distintas hipótesis.
Algunos sugieren una liberación masiva de gases desde la corteza terrestre; otros creen que un levantamiento tectónico aún desconocido pudo desencadenar el fenómeno.
Hasta el momento no hay evidencia concluyente... "
La radio volvió a llenarse de estática.
Esteban permaneció largo rato mirando el valle.
—Seiscientos metros... —murmuró.
Camila abrió lentamente la libreta turquesa.
—Mi abuela nunca habló de una altura...
—Quizás porque nadie llegó a verla.
Pasaron los días.
Luego las semanas.
Y después los meses.
La línea púrpura permanecía inmóvil, extendiéndose como un océano detenido entre la costa y los primeros cerros.
Durante los siguientes veintisiete días solo descendió unos dos metros más.
Después...
dejó de moverse.
Los meses se transformaron en años.
Y el mundo comenzó a acostumbrarse a vivir con aquella inmensa frontera violeta que dividía para siempre el mar y la tierra.
Lo más inquietante no era que la niebla siguiera allí.
Lo verdaderamente aterrador...
era que nadie sabía qué había quedado al otro lado.
Cuatro años.
Ese fue el tiempo que la humanidad esperó.
Durante cuatro largos años la línea púrpura permaneció inmóvil, suspendida aproximadamente a seiscientos metros sobre el nivel del mar.
Los satélites nunca lograron atravesarla.
Los drones desaparecían apenas ingresaban en la masa de gas y los helicópteros que intentaron sobrevolarla regresaban con todos sus instrumentos inutilizados o simplemente nunca regresaban, se intentó con trajes especiales pero el gas era altamente letal incluso traspasaba cualquier material que el ser humano se colocara.
Con el tiempo, el mundo dejó de preguntarse qué había bajo la niebla y comenzó a aprender a vivir alrededor de ella.
Pero la curiosidad siempre termina venciendo al miedo.
Fue entonces cuando un consorcio internacional presentó un proyecto que parecía imposible.
Ingenieros japoneses, alemanes y estadounidenses construyeron un gigantesco sistema de ventilación utilizando decenas de turbinas eólicas industriales instaladas a lo largo de la costa.
La idea no era eliminar la niebla, sino desplazar temporalmente una pequeña sección para abrir un corredor de observación de apenas unos cientos de metros.
La operación comenzó antes del amanecer.
Miles de personas siguieron la transmisión por radios solares y pantallas alimentadas con generadores. Nadie hablaba.
El rugido de las turbinas se escuchó durante horas.
Al principio no ocurrió absolutamente nada.
Después.
la pared púrpura comenzó a deformarse
Lentamente apareció un túnel entre el gas.
Los científicos dirigieron cámaras de alta resolución hacia el interior
Lo que mostraron dejó al mundo entero en silencio.
No había ciudades destruidas.
No había incendios.
No había ruinas.
Todo seguía exactamente donde había estado cuatro años antes.
Los automóviles permanecían detenidos en medio de las avenidas con las puertas abiertas. Los semáforos seguían marcando la misma luz que mostraban el día del fenómeno. En los puertos, enormes buques continuaban atracados como si esperaran zarpar esa misma tarde
Pero no era eso lo impresionante.
Era la ausencia.
No existía un solo cuerpo.
Ni personas.
Ni perros.
Ni aves.
Ni siquiera insectos.
Las calles estaban completamente vacías.
Los árboles seguían en pie, aunque deformados, con troncos retorcidos y hojas de un color gris oscuro desconocido para la botánica. El pasto había desaparecido y en su lugar crecía una especie de alfombra mineral cristalina que reflejaba la luz con un tono turquesa.