El abismo Turquesa CAPITULO final #5
93%

CAPITULO final #5

Camila apretó la libreta turquesa contra su pecho.

—Prefiero arriesgarme bajando… que quedarme esperando.

Esteban levantó la vista hacia ella.

No había miedo en sus ojos.

Había decisión.

Miró nuevamente hacia el valle. Hacia esa masa púrpura que ahora parecía tranquila, casi inofensiva desde la distancia.

Pero sabía que no lo era.

—Otros ya bajaron —dijo.

—Sí…

—Y no sabemos qué pasó con ellos.

Camila negó levemente.

—Tampoco sabemos qué pasará si nos quedamos.

Silencio.

El viento pasó entre las rocas, arrastrando polvo y ese leve olor metálico que nunca se iba del todo.

Esteban se puso de pie con esfuerzo. Las piernas le dolían, rígidas, como si llevaran días sin moverse, aunque no fuera cierto.

—Tienes razón, bajemos.

No hubo más discusión.

Comenzaron a preparar lo poco que les quedaba. Ajustaron mochilas casi vacías, compartieron el último sorbo de agua entre ambos. Nala y Oso se levantaron también, lentos, pero atentos, como si entendieran que algo importante estaba por ocurrir.

Antes de partir, Camila miró una vez más hacia arriba.

Las luces en la cordillera eran pocas ahora. Muy pocas.

—¿Crees que ellos están mejor allá arriba? —preguntó.

Esteban siguió su mirada. Tardó en responder.

—No lo sé… —dijo finalmente—. Pero nosotros ya no podemos quedarnos aquí para averiguarlo.

Camila asintió.

Y sin mirar atrás nuevamente, comenzaron a descender. Paso a paso.

Hacia el valle. Hacia la niebla. Hacia lo desconocido.

Porque en ese punto, la decisión ya no era entre vivir o morir…

sino elegir cómo enfrentarlo.

El descenso fue más lento de lo que esperaban.

Las piernas no respondían igual, el equilibrio fallaba por momentos y cada paso hacia abajo se sentía extraño, casi antinatural después de tantos días subiendo.

Pero aun así avanzaron, dejando atrás la altura, el frío extremo y esa sensación constante de estar suspendidos en una espera interminable.

Cuando finalmente alcanzaron los primeros sectores cercanos a Pisco Elqui, ambos se detuvieron.

No había niebla. Ni rastro de ese púrpura denso que había cubierto todo días antes.

Solo silencio.

Un silencio absoluto, pesado, como si el lugar hubiera sido abandonado hace años y no hace días.

Las calles estaban vacías. Puertas abiertas. Vehículos detenidos en cualquier dirección, algunos con las llaves aún puestas. Una bicicleta tirada en medio del camino, oxidándose más rápido de lo normal, como si el tiempo hubiera avanzado distinto allí abajo.

Camila dio unos pasos, mirando alrededor.

—No hay nadie…

Esteban tampoco hablaba.

Había algo más. El aire. Lo sintieron al mismo tiempo.

Un olor distinto.

No era el dulzor metálico de la niebla.

Era más áspero… más seco.

Como azufre.

Como tierra quemada desde dentro. Esteban frunció el ceño.

—¿Lo sientes?

Camila asintió.

—Sí… no es el mismo olor…

El viento arrastraba ese aroma por las calles vacías, metiéndose en las casas abiertas, en los rincones, como si hubiera quedado impregnado en todo.

Siguieron avanzando.

La vegetación estaba… mal.

No muerta del todo.

Pero dañada.

Las hojas de los árboles colgaban débiles, con bordes oscuros, como si hubieran sido quemadas sin fuego. Algunas plantas estaban completamente marchitas, otras deformadas, torcidas hacia el suelo.

Un perro apareció a lo lejos.

Flaco.

Demasiado flaco.

Caminaba lento, con dificultad, y al verlos no ladró. Solo los miró… y siguió su camino, como si no tuviera energía ni para reaccionar.

Más adelante, un ave yacía en el suelo. No parecía herida. Solo… detenida.

—Esto no se fue… —susurró—. Esto pasó por aquí…

Esteban observó el entorno.

—Y dejó algo atrás.

El descenso comenzó con la misma cautela con la que habían subido días atrás.

La diferencia era que ahora el enemigo no estaba frente a ellos, sino debajo, oculto en algún rincón del valle.

La montaña, que durante esos días se había convertido en refugio, volvía lentamente a transformarse en un obstáculo.

El sendero serpenteaba entre enormes bloques de granito pulidos por siglos de viento.

A medida que perdían altura, el paisaje cambiaba poco a poco.

La roca desnuda daba paso a pequeños matorrales amarillentos que habían resistido el invierno, aunque ahora lucían marchitos y sin fuerza.

Algunos cactus aparecían inclinados, como si hubieran sido azotados por un calor imposible.

El silencio seguía siendo absoluto; ya no se escuchaban zorzales ni chincoles, tampoco el zumbido de insectos.

Solo el roce de las botas contra la gravilla y el jadeo de quienes aún conservaban fuerzas para caminar.

Nala se detenía cada cierto tiempo para olfatear el aire. Oso hacía lo mismo, pero terminaba levantando la cabeza hacia las cumbres, inquieto, como si algo hubiera quedado allá arriba.

Camila observó la cordillera hacia el este.

Las cimas más altas seguían cubiertas de nieve. A la luz de la mañana era posible distinguir pequeños puntos oscuros moviéndose lentamente entre los neveros.

—¿Los ves? —preguntó.

Esteban levantó la vista.

Asintió en silencio.

Eran personas.

Muy lejos.

Demasiado lejos

Algunos seguían descendiendo desde montañas que superaban los cuatro mil metros. Otros parecían inmóviles.

—Van a tardar días en bajar —comentó Esteban.

—Pero están vivos.

—Eso creemos.

Camila guardó silencio.

Esteban conocía bien esa parte de la cordillera.

Sabía que, una vez sobre los cuatro mil metros, la montaña imponía sus propias reglas.

Las pendientes cubiertas de hielo obligaban a avanzar con extrema lentitud.

Durante la noche la temperatura descendía muy por debajo de los diez grados bajo cero, y sin equipo técnico era cuestión de tiempo para que aparecieran la hipotermia o el mal de altura.

—Ellos tienen otro problema ahora —continuó Esteban—. Nosotros escapábamos del gas. Ellos tendrán que escapar de la montaña.

Más abajo se encontraron con un pequeño grupo de sobrevivientes que descansaba junto a una gran roca.

Eran seis personas.

Una pareja de adultos mayores, dos jóvenes, una niña de unos diez años y un hombre que llevaba un brazo inmovilizado con un improvisado cabestrillo.

Todos tenían el mismo aspecto.

Labios partidos.

Rostros quemados por el viento.

Ojos hundidos por la falta de sueño.

Se saludaron con un movimiento de cabeza. Ya nadie preguntaba nombres primero; la pregunta más importante era otra.

—¿Cómo está más abajo? —preguntó el hombre del cabestrillo.

Esteban negó lentamente.

—Todavía no llegamos.

El hombre suspiró.

—Nosotros venimos del cerro Doña Ana. Allá arriba quedaba gente... mucha.

—¿No bajaron?

—No podían.

El hombre miró hacia las montañas.

—Algunos tenían congelaciones en los pies. Otros ya no podían caminar. Hay sectores donde el hielo tapa completamente el sendero. Sin cuerdas... es imposible mover a un herido.

La mujer mayor intervino con voz apagada.

—Mi hermano decidió quedarse.

Camila la miró

—¿Quedarse?

—Dijo que ya no tenía fuerzas para bajar. Nos pidió que siguiéramos.

Nadie respondió.

Todos habían escuchado historias parecidas durante esos días.

Continuaron descendiendo juntos durante algunas horas.

A medida que avanzaban, iban encontrándose con más personas.

Algunos bajaban solos. Otros cargaban mochilas casi vacías.

Había quienes empujaban bicicletas, como si aún conservaran la esperanza de utilizarlas más adelante.

También había familias completas que caminaban en absoluto silencio, sin discutir, sin llorar, como si hubieran agotado todas las emociones posibles.

Lo extraño era que nadie hablaba del gas.

Todos hablaban de comida.

De agua.

De medicamentos.

De encontrar un lugar donde dormir sin que el frío les robara otra noche.

Pero, de vez en cuando, alguno miraba hacia el valle.

Y todos hacían exactamente lo mismo.

Buscaban la línea púrpura.

Solo para comprobar que seguía abajo.

Que continuaba descendiendo.

Y que, por ahora...

les seguía permitiendo bajar con ella.

Mientras descendían, el miedo comenzó a transformarse.

Ya no era esa desesperación ciega que los había obligado a correr montaña arriba durante días.

El gas seguía abajo, visible a la distancia, y aunque nadie confiaba completamente en él, el simple hecho de verlo permanecer contenido hacía que la amenaza dejara de ocupar cada pensamiento.

En su lugar aparecieron otros enemigos.

Más reales.

Más inmediatos.

El hambre se había convertido en un dolor permanente, un vacío que ya no rugía en el estómago, sino que debilitaba las piernas y nublaba la mente.

El frío seguía mordiendo con la misma intensidad, sobre todo cuando el viento descendía desde las cumbres, atravesando la ropa húmeda y castigando los cuerpos que llevaban días sin descansar realmente.

Camila caminaba en silencio. Notaba que las personas ya no conversaban sobre la niebla.

Hablaban de comida. De agua. De un pan recién horneado.

De una taza de café caliente. Algunos recordaban almuerzos familiares con tanto detalle que parecía que el simple recuerdo pudiera alimentarles unos minutos más.

—Si esto sigue así... prefiero que la niebla suba y me haga el favor —escuchó decir a un hombre mayor que caminaba unos metros delante de ellos.

Nadie lo contradijo.

Una mujer que llevaba a su hijo de la mano respondió con una tristeza que heló a quienes la oyeron.

—Morirse dormido por ese gas... debe ser menos doloroso que morirse aquí arriba de hambre.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Nadie quiso seguir esa conversación.

Esteban bajó la mirada. Nunca imaginó escuchar a alguien hablar de la muerte con tanta tranquilidad. Era como si el miedo hubiera cambiado de rostro. Ya no escapaban de la niebla; ahora escapaban del lento desgaste de sus propios cuerpos.