CAPITULO final #4
Era un descanso precario.
Como si el mundo pudiera volver a romperse en cualquier momento.
Esteban se sentó junto a Camila, apoyando la espalda contra una piedra. Nala se acomodó entre sus piernas, Oso a un costado, vigilante.
Por primera vez en horas…
se quedaron quietos.
Y entonces comenzaron los sonidos.
No del viento.
De la gente.
Fragmentos de conversaciones que se colaban entre el silencio, como ecos rotos.
—…en Coquimbo el mar no volvió… se quedó arriba…
—…dicen que en Santiago también está pasando…
—…no es solo acá… es en todos lados…
Esteban cerró los ojos un momento.
Las voces no ayudaban.
Pero tampoco podía ignorarlas.
Una mujer lloraba en silencio a unos metros, abrazando una mochila demasiado pequeña para todo lo que había perdido. Un hombre hablaba solo, repitiendo números como si estuviera tratando de entender algo.
—Setenta metros cada seis horas… no calza… no calza…
Miró hacia abajo.
La línea púrpura seguía ahí.
Quieta.
Perfecta.
Demasiado perfecta.
—Entonces no podemos quedarnos —dijo finalmente.
Alrededor de ellos, el descanso era superficial. Nadie dormía profundamente. Era un estado intermedio… como si todos estuvieran listos para salir corriendo en cualquier segundo.
Porque, en el fondo, todos sentían lo mismo.
Que ese descanso…
no era seguro.
Era prestado.
Y que, en cualquier momento, sin aviso…
la montaña dejaría de ser suficiente.
El descanso nunca fue profundo. Era un silencio tenso, apenas sostenido por el agotamiento. Algunos dormitaban, otros solo miraban al vacío con los ojos abiertos, como si temieran perderse algo.
De pronto, el horizonte comenzó a teñirse. Un atardecer cálido y envolvente abrazó el paisaje, bañándolo todo con un vibrante matiz naranja. Camila y Esteban se miraron en silencio; no necesitaban hablar para saber que ambos pensaban en lo mismo: el último párrafo de la profecía.
«Cuando el cielo se ponga naranja, esto habrá llegado a su fin.»
¿Sería verdad? ¿Finalmente había terminado la pesadilla?
Con el corazón latiéndoles en el pecho, permanecieron en tensión, analizando cada rincón del paisaje a la espera de un evento definitivo.
Un cambio, una señal, cualquier cosa. Sin embargo, a medida que los minutos se escurrían entre sus dedos, el aire permaneció inmóvil.
La densidad del gas púrpura no cedía ni descendía, pero al menos —y para su alivio— tampoco continuaba avanzando.
Se había congelado en una tregua silenciosa, dejándolos suspendidos entre la esperanza de la libreta y la incertidumbre de la realidad.
Y entonces alguien gritó.
—¡Se está moviendo!
El efecto fue inmediato. Cuerpos que se incorporaban de golpe, manos buscando linternas, miradas girando hacia el valle. Esteban se puso de pie en un segundo, ayudando a Camila a levantarse.
—¿Qué pasa?
Nadie respondió directamente.
Porque todos lo estaban viendo.
La línea púrpura ya no estaba donde la habían dejado.
Al principio fue difícil de notar. No era un cambio brusco. No era una retirada violenta. Era… sutil. Pero innegable.
La niebla estaba bajando.
—No… —murmuró Camila, dando un paso adelante—. No puede ser la libreta turquesa siempre tuvo la razón…
Esteban entrecerró los ojos, midiendo mentalmente la referencia con las rocas y quebradas que había memorizado la noche anterior.
—Sí… —dijo, casi en un susurro—. Está bajando.
El murmullo creció.
—¡Está retrocediendo!
—¡Se está yendo!
—¡Mírenla!
La masa púrpura, que horas antes parecía una muralla impenetrable, ahora descendía lentamente por la ladera, como una marea que comenzaba a retirarse. No lo hacía rápido, ni de forma caótica. Era un movimiento constante, casi… controlado.
Esteban sacó el altímetro con manos temblorosas.
—Anoche estaba cerca de los dos mil cincuenta metros… —dijo—. Ahora debe estar alrededor de los mil ochocientos… quizás menos.
Camila lo miró, confundida.
—¿Cuánto es eso?
—Bajó más de doscientos metros… —respondió él—. En menos de una mañana.
El silencio que siguió fue extraño.
Porque no era miedo. Era algo más difícil de aceptar.
Esperanza. Una esperanza incómoda.
Peligrosa.
Algunos comenzaron a reír. Otros lloraban sin disimular. Un hombre cayó de rodillas, mirando el valle como si estuviera presenciando un milagro.
—Se está yendo… —repetía—. Se está yendo…
Pero Esteban no sonreía.
Observaba.
Analizaba.
En los bordes de la masa púrpura, donde tocaba las rocas más frías, comenzaron a aparecer esas pequeñas chispas pálidas… casi blancas. Como si el color estuviera siendo drenado lentamente.
—Está cambiando… —dijo ella.
Esteban asintió.
Un grupo cercano empezó a celebrar abiertamente.
—¡Podemos bajar!
—¡Podemos volver!
—¡El valle está libre!
Abajo, la niebla continuaba descendiendo, lenta, metódica. Ya había alcanzado una cota cercana al sector de Peralillo, en el valle de Vicuña, extendiéndose como una laguna espesa alrededor de los mil setecientos metros de altitud. Desde donde estaban, parecía un océano detenido entre montañas.
Las horas pasaron sin que nadie pudiera medirlas bien.
El sol ya estaba bajando, el frío seguía clavado en los huesos, y el tiempo en la montaña parecía moverse distinto.
La niebla… seguía bajando. Lenta, constante, igual como había subido, pero ahora en sentido contrario.
Desde donde estaban, podían verla con claridad: una masa densa que se retiraba hacia el valle, dejando atrás sectores que horas antes parecían perdidos para siempre.
Había descendido aún más, acercándose a los 1.
600 metros, acumulándose cerca del sector de Peralillo en Vicuña como una laguna espesa atrapada entre cerros. Y aun así, nadie bajó.
Nadie.
El alivio no empujó a la gente hacia abajo, sino hacia arriba.
Más personas comenzaron a subir, incluso sin sentido, sin provisiones, sin agua.
Solo miedo. Grupos completos avanzaban hacia cotas más altas como si la montaña fuera lo único seguro, como si cualquier otra decisión fuera un error fatal.
Algunos pasaban casi corriendo junto a Esteban y Camila.
—¡Más arriba es más seguro! —gritaba uno sin detenerse—. ¡No se queden!
Y otros lo seguían, sin pensar demasiado.
Camila los miraba pasar, confundida, agotada.
—No tiene sentido… está bajando… lo estamos viendo…
Esteban seguía sentado sobre la roca, con la vista fija en el valle.
—El cuerpo no olvida tan rápido —dijo—. Anoche todos pensaban que iban a morir.
Y eso lo explicaba todo.
Ellos no se movieron. Ni subieron ni bajaron. Se quedaron ahí, en ese punto intermedio, observando, esperando. Evaluando.
—Si sigue bajando… podríamos intentar descender —dijo Camila después de un rato.
Esteban no respondió de inmediato.
—Podríamos… pero ¿y si vuelve a subir?
El silencio cayó pesado entre ambos. El viento trajo de nuevo ese olor metálico, más lejano ahora, pero imposible de ignorar.
Cerca de ellos, un grupo se había reunido alrededor de una radio portátil, una de las pocas que funcionaban.
Tenía un pequeño panel solar amarrado de forma precaria. La señal iba y venía, fragmentada.
—…reportes no confirmados… descenso del fenómeno…
—…Chile… mundial… misma tendencia…
—…sin información oficial…
—…mantenerse en zonas altas…
La señal se cortó y volvió.
—…no es local… se observa en todo el mund…
El grupo quedó en silencio.
—¿En todo Chile?…
Nadie tenía respuesta.
Solo fragmentos.
Solo rumores.
Camila se abrazó, sintiendo el frío colarse igual que la duda.
Esteban no apartaba la vista del valle.
La niebla seguía bajando, sí… pero no desaparecía. Se acumulaba. Se concentraba. Como si no se estuviera yendo realmente, sino reuniéndose en otro lugar.
Ella bajó la vista hacia la libreta turquesa, recordando las palabras.
Ambos miraron hacia abajo, hacia ese “gas” púrpura que ahora parecía retroceder… pero que en el fondo seguía ahí, intacto, como si solo hubiera cambiado de forma. Como si no fuera una retirada… sino una pausa antes de algo peor.
Pasaron dos días. El tiempo dejó de sentirse como horas y empezó a doler como el cuerpo.
La vida en altura ya no era viable. El frío no daba tregua, el aire se hacía más delgado y la falta de agua comenzaba a pasar la cuenta.
Las mochilas estaban casi vacías; lo poco que quedaba se racionaba en silencio, sin mirarse demasiado.
Algunos ya no se levantaban. Se quedaban acostados sobre la roca, envueltos en mantas inútiles, mirando hacia arriba, hacia la cordillera, como si esperaran algo que ya no iba a llegar.
Las luces en los cerros lejanos… eran cada vez menos.
De noche, Esteban las contaba sin querer. Sabía exactamente cuántas había visto la primera noche. Ahora faltaban muchas. Demasiadas.
—Se están apagando… —murmuró Camila una madrugada, con la voz quebrada.
Esteban no respondió.
Alrededor de ellos, la gente comenzaba a deteriorarse.
Algunos tenían la piel reseca, los labios partidos, la mirada perdida.
Otros deliraban. Un hombre hablaba solo, insistiendo en que había agua más abajo.
Una mujer no soltaba una botella vacía, como si aún pudiera beber de ella.
El hambre ya no era solo una molestia; era un peso constante, una debilidad que hacía temblar las piernas incluso estando quietos.
Y estaban los otros.
Los que no lo habían logrado.
A cierta distancia, en pequeñas salientes de roca, se veían cuerpos inmóviles. Algunos parecían dormir. Otros simplemente estaban ahí, en posiciones extrañas, como si se hubieran detenido en medio de un pensamiento y nunca lo terminaron. Nadie se acercaba demasiado.
Nadie preguntaba.
El silencio se había vuelto más pesado que el miedo.
Camila observó el valle una vez más. La niebla seguía abajo, contenida, lejana… pero presente. No había vuelto a subir. Tampoco había desaparecido.
—No podemos seguir así —dijo finalmente.
Esteban estaba sentado, con los codos apoyados en las rodillas, mirando al vacío.
—Lo sé.
—Si nos quedamos… nos vamos a morir igual.
Él asintó lentamente.
—De frío… de hambre… o simplemente… —no terminó la frase.