El abismo Turquesa CAPITULO final #7
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CAPITULO final #7

Los científicos tardaron varios minutos en comprender lo que estaban viendo.

Las ciudades no estaban muertas.

Estaban detenidas.

Como si el tiempo hubiera continuado avanzando para los edificios...

pero no para la vida.

Entonces una de las cámaras hizo un acercamiento sobre la plaza principal de una ciudad costera.

El operador creyó que era un error del lente.

Volvió a enfocar.

Todos contuvieron la respiración.

Las estatuas de bronce estaban cubiertas por una delgada capa de un mineral cristalino.

No era polvo.

No era sal.

Era otra cosa.

Los análisis posteriores revelarían que aquel material no existía en ninguna parte de la Tierra.

Pero el verdadero descubrimiento ocurrió unos segundos después.

En una avenida podían verse decenas de sombras humanas proyectadas sobre el pavimento.

Sombras perfectamente definidas.

Como si cientos de personas hubieran permanecido de pie bajo el sol...

Solo que allí no había nadie.

Las sombras estaban grabadas sobre el asfalto.

Permanentes.

Inmóviles.

Como cicatrices.

Los científicos calcularon rápidamente que la posición de aquellas siluetas no coincidía con la dirección del Sol de ningún día del año.

Era físicamente imposible.

Mientras el mundo intentaba comprender aquello, una voz interrumpió la transmisión.

—Acérquense a la pared del edificio... hay algo escrito.

La cámara hizo un lento zoom.

Sobre el concreto, donde cuatro años antes no existía absolutamente nada, aparecía una frase tallada profundamente en la superficie.

No parecía hecha con herramientas.

Parecía que la piedra hubiera crecido formando las palabras.

Solo decía:

"NOS VIERON."

Nadie supo quién la escribió.

Ni cuándo.

Ni cómo.

Pero desde ese día, el miedo dejó de ser la niebla.

Porque todos comprendieron la misma cosa.

Durante cuatro años...

ellos habían observado la niebla.

Sin imaginar que, quizás,

desde el otro lado...

algo también los había estado observando.

A cientos de kilómetros de donde se realizaba la operación, Esteban y Camila observaban la transmisión desde una pequeña casa de madera construida en las afueras de Pisco Elqui.

Con el paso de los años, aquel pueblo se había transformado en uno de los principales asentamientos del norte de Chile.

Su altitud lo mantenía fuera del alcance de la niebla y, además, conservaba vertientes de agua que aún podían utilizarse tras un complejo proceso de filtrado.

La vida había cambiado por completo.

Ya no existía electricidad proveniente de una red nacional.

Cada vivienda sobrevivía gracias a paneles solares, pequeños generadores eólicos y baterías que se convertían en el bien más preciado de cualquier familia.

Los automóviles permanecían abandonados en los patios; el combustible se había agotado hacía mucho tiempo.

La mayoría de los desplazamientos se realizaban nuevamente a pie, en bicicleta o utilizando animales de carga.

La comida también era distinta.

Los cultivos habían logrado adaptarse lentamente al nuevo ambiente, aunque ninguno conservaba el sabor que alguna vez tuvieron.

Las frutas seguían dejando aquel ligero gusto metálico que los sobrevivientes ya habían aprendido a aceptar.

Nadie volvía a comentarlo; simplemente era el sabor del nuevo mundo.

Esteban trabajaba todos los días recorriendo los senderos de montaña.

Su experiencia como guía lo había convertido en una pieza indispensable para conectar los diferentes asentamientos cordilleranos.

Conocía rutas que antes solo utilizaban arrieros y montañistas, caminos olvidados que ahora eran las únicas carreteras del país.

Camila, en cambio, había dedicado esos cuatro años a estudiar la libreta de su abuela.

La había leído cientos de veces.

Memorizó cada palabra.

Cada dibujo.

Cada anotación al margen.

Incluso comenzó a compararla con los acontecimientos que seguían ocurriendo después de la llegada de la niebla.

Lo inquietante era que la libreta seguía teniendo razón.

Cada cierto tiempo encontraba una frase cuya importancia había pasado inadvertida y que, semanas o meses después, terminaba cumpliéndose con una precisión aterradora.

Eso la obligaba a seguir leyendo.

Y también a seguir temiéndole.

Aquella mañana ambos permanecían sentados frente a una vieja pantalla alimentada por un banco de baterías comunitario. Decenas de vecinos observaban en silencio la transmisión internacional. Nadie hablaba. Nadie apartaba la vista.

Cuando las turbinas comenzaron a abrir un corredor entre la niebla, Camila sintió que le temblaban las manos.

Esteban tomó su mano sin decir una palabra

Los dos sabían que, de una u otra forma, estaban a punto de descubrir si durante cuatro años habían vivido sobre una esperanza... o sobre una mentira.

Entonces aparecieron las imágenes.

Las ciudades intactas.

Las calles vacías.

La ausencia absoluta de seres vivos.

Y, finalmente...

aquella frase.

"NOS VIERON."

Nadie en la sala fue capaz de pronunciar una palabra.

Una mujer comenzó a llorar en silencio.

Un anciano se quitó el sombrero y bajó la cabeza.

Un niño preguntó dónde estaban todas las personas.

Nadie respondió.

Camila apagó lentamente el televisor.

La habitación quedó completamente muda.

Después de un largo rato, Camila habló casi en un susurro.

—Mi abuela nunca escribió que la niebla mataba...

Esteban la miró.

—No.

Ella abrió la libreta una vez más.

Buscó un párrafo que había leído cientos de veces durante esos cuatro años.

Lo leyó lentamente.

—"No temas al manto cuando cubra la tierra. Teme al día en que se retire... porque entonces comenzarán las preguntas para las que ningún hombre fue creado."

Camila levantó la vista.

—Creo que... recién ahora empieza nuestra historia.

Esteban observó por la ventana las montañas que durante cuatro años los habían mantenido con vida.

Por primera vez desde el comienzo del desastre comprendió algo.

Ellos no habían sobrevivido al final del mundo.

Habían sobrevivido únicamente...

al primer capítulo.