El abismo Turquesa CAPITULO final
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CAPITULO final

E l sol terminó de romper el horizonte, bañando la ladera de un naranja metálico que no traía calor.

Esteban se incorporó lentamente, sintiendo cada músculo de su cuerpo protestar por el frío y la dureza del suelo.

Nala y Oso ya estaban de pie, con las orejas tiesas, mirando hacia el valle que seguía oculto bajo esa neblina espesa y antinatural.

Camila no se movió de inmediato. Estaba sentada sobre su aislante, con la libreta turquesa abierta sobre sus rodillas.

Sus dedos estaban congelados, no parecía sentirlos; su atención estaba clavada en las hojas amarillentas.

—¿Seguimos? —preguntó Esteban, rompiendo el silencio. Su voz sonó extraña, como si el aire helado de la altura se tragara el sonido.

Camila no levantó la vista.

—No lo sé, Esteban. Mira el cielo... no es el azul de siempre.

Esteban observó hacia el cenit. El azul pálido de la madrugada se estaba transformando en un tono cobrizo, opaco. La visibilidad hacia arriba era perfecta, pero hacia abajo, el mundo parecía haber sido borrado por un borrador gigante.

—Si nos quedamos aquí, el gas nos va alcanzar en un par de noches —argumentó él, acercándose a ella.

—Pero no podemos seguir subiendo —sentenció ella, con la voz quebrada—. Apenas soportamos esta noche. El frío es implacable y ni siquiera hemos llegado a la alta montaña; estos cerros no superan los dos mil metros y ya siento que los pulmones me queman.

Esteban observó la espesa bruma que reptaba ladera arriba, ganando terreno centímetro a centímetro. Su instinto de guía le decía que el cansancio era su peor enemigo, pero el miedo era el segundo.

—Es arriesgado esperar, lo sé —respondió él, ajustando la mochila de Camila mientras miraba hacia el abismo—.

Pero es preferible aguantar arriba, mirando el desastre desde la altura, que dejar que esa niebla nos alcance.

Si ese gas llega a nosotros antes, será nuestro fin.

Tenemos que ganar tiempo. La montaña es lo único que nos separa de la sentencia.

El ascenso se volvió un calvario de piedra suelta y respiración entrecortada.

A medida que ganaban altura, el paisaje se volvía más alienígena.

Cosas curiosas empezaron a suceder: el silencio de la alta montaña ya no era pacífico, sino denso, y el aire tenía un extraño sabor metálico, como si se estuviera masticando una moneda de cobre.

—Esteban, mira los pájaros —jadeó Camila, deteniéndose en seco.

En una saliente de roca, decenas de aves pequeñas —chincoles y zorzales— estaban amontonadas, inmóviles.

No volaban al acercarse los perros; simplemente estaban allí, con las alas caídas, como si hubieran olvidado cómo ser pájaros o como si el aire ya no pudiera sostener su vuelo.

Nala se acercó a olfatearlos, pero retrocedió con un lloriqueo.

Los animales no estaban muertos, pero sus ojos estaban fijos, vidriosos, mirando hacia el valle.

—Están esperando el gas —susurró Camila, recordando el acertijo de la libreta—. Saben algo que nosotros no.

Unos metros más arriba, se toparon con la realidad humana. Un grupo de tres personas —dos hombres jóvenes y una mujer mayor— estaban sentados en medio del sendero, rodeados de maletas de viaje totalmente inútiles para la montaña. Tenían la ropa hecha jirones y la piel quemada por el frío.

—No sigan —dijo uno de los hombres sin levantar la cabeza. Tenía las manos vacías y la mirada perdida—. No hay nada arriba más que más frío.

—Tenemos que subir —respondió Esteban con firmeza, aunque por dentro sus piernas temblaban—. La niebla viene detrás.

La mujer mayor levantó la vista y soltó una carcajada seca que terminó en tos. Señaló hacia abajo con un dedo tembloroso.

—Miren su "niebla". Allí viene.

Por primera ves a lo lejos esteban y Camila podían ver la niebla con sus propios ojos.

Vieron un horizonte ligeramente de color Purpura y lo más aterrador era que la línea de color amatista estaba ahora notablemente más cerca de ellos.

Pareciera que el gas estaba avanzando de una forma más rápida, reclamando los niveles de altitud con una velocidad rítmica, como si la montaña fuera un reloj de arena y ellos fueran los granos que quedaban arriba.

—¡Tienen que dejar ese equipaje y moverse! —les gritó Esteban, tratando de instigar algo de voluntad en ellos—. ¡Si nos quedamos aquí, el gas nos alcanzará en menos de tres días!

—¿Para qué? —Respondió la mujer, volviendo a cerrar los ojos—. Subiendo nos congelamos, dicen que la muerte por frio es la más tranquila, pero patrañas, ¡es realmente horrenda!

Nosotros decidimos morir descansando, esperaremos acá la famosa niebla.

Camila sintió un escalofrío que no era por el clima. La desesperanza de esos desconocidos era más contagiosa que el gas. Abrió la libreta turquesa con manos febriles, buscando una razón para no sentarse junto a ellos.

—¡Arriba! ¡Ahora! —ordenó Esteban, tirando del brazo de Camila.

El aire en las cercanías de pisco Elqui se sentía denso, como si el oxígeno se estuviera retirando para dejar espacio a algo más pesado.

Esteban se detuvo, apoyando las manos sobre sus rodillas, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas con una arritmia violenta.

La fatiga ya no era un simple cansancio; era un peso de plomo en los pulmones.

A su lado, Camila se dejó caer sobre una roca plana, su respiración era un silbido corto y errático.

—Tenemos que… seguir —logró decir ella, aunque sus ojos delataban que sus piernas estaban a punto de fallar.

Miraron hacia atrás, hacia el valle que alguna vez albergó las viñas y la vida de la ciudad de Vicuña. Ahora, solo había una sábana de color púrpura profundo que lo cubría todo. No era una inundación de agua, sino de ese gas denso que se movía con una cadencia hipnótica.

Esteban sacó un pequeño altímetro y consultó su reloj. Llevaba horas marcando la posición de la masa de gas amatista.

—Avanza a un ritmo rítmico, casi mecánico —observó Esteban con voz ronca—.

La niebla probablemente sube unos setenta y ochenta metros de altitud cada seis horas.

Ahora estamos a dos mil cien metros. Si la tendencia se mantiene, el púrpura alcanzará nuestra posición actual en menos de cincuenta horas.

Camila alzó la vista hacia la imponente silueta que dominaba el cordón montañoso de Vicuña.

Su objetivo, una cumbre que rozaba los dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar, se alzaba como su última esperanza.

Aferró con fuerza la libreta turquesa; en sus márgenes, una anotación sugería que el gas púrpura podría tener un límite físico de altitud, y esa cima era lo más alto que sus cuerpos exhaustos podían alcanzar.

Era impensable descender ahora para intentar buscar gigantes como el Cerro Tórtola; con sus 6.

160 metros, aquel coloso era inalcanzable sin equipo técnico y retroceder significaba entregarse a la niebla.

Aquel cerro en Vicuña era su punto de quiebre, el altar de piedra donde solo les quedaba rogar que el avance del gas se detuviera bajo sus pies.

—Si logramos llegar a la cima de esos dos mil quinientos metros antes de mañana en la noche, ganaremos algo de tiempo —calculó Esteban, haciendo un esfuerzo por ponerse en pie—. Pero a este ritmo de paradas, la niebla nos va a morder los talones antes de que lleguemos al filo.

Nala y Oso, los perros, también mostraban signos de agotamiento.

No correteaban; caminaban con las cabezas bajas, siguiendo el rastro de sus dueños, deteniéndose cada vez que ellos lo hacían.

El silencio de la montaña solo era roto por el eco de sus propios pasos y el rugido lejano del viento que soplaba desde la costa, empujando la niebla hacia arriba, como si el océano quisiera reclamar las cumbres.

—Cinco minutos más, Camila —dijo Esteban, extendiéndole la mano—.

Solo cinco minutos de descanso y luego subimos esos últimos cuatrocientos metros de desnivel.

Si la libreta tiene razón, ese cerro de dos mil quinientos metros es nuestra única oportunidad, de aguantar hasta que el cielo este de color naranja y acabe todo esto…

de lo contrario el purpura nos nublaría la vista para siempre.

Camila tomó su mano. El frío era intenso, pero la urgencia del cálculo de Esteban era más fuerte.

La niebla no descansaba, no sentía fatiga, y cada minuto de su parálisis era un metro que el abismo púrpura ganaba en su ascenso implacable hacia ellos.

Con un último esfuerzo, reanudaron la marcha hacia la cima.

El ascenso final hacia los dos mil quinientos metros fue una tortura de movimiento lento.

Cada paso de Esteban y Camila era una batalla contra la gravedad y contra sus propios cuerpos, que gritaban por un descanso que no podían permitirse.

El aire en la zona de Vicuña era seco, cortante, y el agotamiento había pasado de ser un dolor muscular a un entumecimiento mental.

Ya no hablaban para ahorrar energía; solo se escuchaba el arrastrar de sus botas sobre la piedra suelta y el jadeo rítmico de Nala y Oso, cuyos lomos subían y bajaban con violencia.

Cuando finalmente coronaron la cima del cerro, no hubo celebración. No hubo una sensación de triunfo, solo una cruda y aterradora claridad.

Esteban encendió su linterna y barrió el horizonte.

El haz de luz se perdía en la inmensidad.

Lo que vio —o más bien, lo que no vio— le heló la sangre.

Alrededor de ellos, la geografía se volvía traicionera: no había más cumbres inmediatas a las cuales saltar.

Estaban en una suerte de torre de roca aislada.

Para alcanzar cualquier otro cordón montañoso más alto que se divisaba a lo lejos, tendrían que bajar nuevamente, descender hacia las fauces de la oscuridad para luego volver a subir.

—Es una isla... —susurró Camila, dejándose caer pesadamente sobre su mochila—. Estamos en una isla de piedra, Esteban. Y el "purpura" está subiendo.