El abismo Turquesa CAPITULO final #2
83%

CAPITULO final #2

La noche se había cerrado sobre ellos como un manto de plomo.

Ya no podían ver la línea amatista de la niebla.

El valle de abajo era un pozo de negrura absoluta, pero el horror radicaba precisamente en esa invisibilidad.

Sabían que estaba ahí. Según sus cálculos, el gas púrpura ya debía estar lamiendo las faldas del cerro, ascendiendo esos setenta metros cada seis horas con la precisión de un verdugo.

El hecho de no verla avanzar la hacía más real, más omnipresente; era un monstruo que no necesitaba ser visto para devorar.

De pronto, un sonido rompió el silencio de la altura. No era el viento.

Era un murmullo de rocas desprendiéndose, de telas rozando la piedra y, sobre todo, de respiraciones humanas. Esteban giró la linterna hacia la ladera por la que habían subido. Al principio solo vio sombras, pero luego, decenas de pares de ojos reflejaron la luz.

No estaban solos.

Decenas, quizás cientos de personas, venían subiendo el mismo cerro desde diferentes flancos.

Eran sombras errantes, figuras espectrales cargando bultos innecesarios, padres llevando niños en silencio, ancianos que se arrastraban con las uñas.

Todos habían tenido la misma idea: los dos mil quinientos metros, la última esperanza visible.

La cima, que antes parecía amplia, empezó a sentirse claustrofóbica.

La gente llegaba al punto más alto y se detenía en seco al darse cuenta de la verdad: que no había salida hacia arriba, que estaban atrapados en una cima sin salida.

El ambiente se llenó de un pavor silencioso.

Nadie hablaba, nadie pedía ayuda. Solo se sentaban o se quedaban de pie, mirando hacia el vacío negro donde la niebla ascendía invisible.

—Somos demasiados para tan poca tierra —dijo Esteban en voz baja, apagando su linterna para no ver las caras de desesperación—.

Camila abrazó a Oso, sintiendo el calor del perro contra su pecho frío.

Miró hacia la siguiente cadena montañosa, una silueta oscura a kilómetros de distancia.

Para llegar allá, tendrían que bajar al valle, cruzar el terreno que la niebla ya estaba reclamando y empezar de nuevo.

La idea de descender hacia lo que sabían que era una sentencia de muerte parecía una locura, pero quedarse allí era esperar el final en una balsa de piedra que se hundía lentamente.

La espera en la oscuridad se volvió insoportable.

En el silencio de la noche, el único recordatorio del peligro era el tic-tac mental del cálculo de Esteban: la niebla estaba cada vez más cerca, ganando metros, llenando los pulmones del mundo con su veneno púrpura, mientras ellos, como náufragos en una isla condenada, sentían cómo el tiempo se les escapaba entre los dedos entumecidos.

La noche en la cima de los dos mil quinientos metros se transformó en un purgatorio de frío y sombras.

No había fuego; nadie se atrevía a encender una fogata, como si el hecho de hacerse visibles pudiera acelerar la llegada de la niebla.

El silencio en la cumbre era sepulcral, roto solo por el tiritar de los cuerpos y el roce de las mantas térmicas que crujían con el viento.

Esteban se mantenía despierto, con la espalda apoyada en una roca helada, abrazando a Nala para compartir el poco calor que les quedaba. Camila dormitaba a ratos, con la cabeza apoyada en su hombro, pero sus manos seguían aferradas a la libreta turquesa incluso en sueños.

Fue entonces cuando Esteban levantó la vista hacia el horizonte negro y lo vio.

Al principio, pensó que eran estrellas que habían bajado hasta la tierra, pero pronto comprendió la magnitud de la tragedia.

En cada cerro aledaño, en cada punta de roca que sobresalía de la oscuridad del valle de Elqui, brillaban pequeñas luces.

Eran cientos, quizás miles de linternas, celulares y pequeñas llamas de supervivencia.

La cordillera se había convertido en una constelación de náufragos.

—Mira eso... —susurró Camila, que acababa de despertar por el frío.

En los picos más altos, aquellos que superaban los cuatro mil o cinco mil metros hacia la frontera con Argentina, se veían luces distintas: potentes láseres verdes que cortaban la negrura de la noche.

Eran señales de auxilio, o quizás de advertencia, emitidas por aquellos que habían tenido la previsión o la suerte de llegar más arriba.

Esos puntos de luz se sentían a kilómetros de distancia, pero en la oscuridad total, parecían burlas crueles de un destino que ellos ya no alcanzarían.

Esteban sintió un nudo de amargura en la garganta.

Se maldijo en silencio, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula.

Como montañista, conocía Chile como la palma de su mano; sabía que este país era una muralla de gigantes, que a pocas horas de allí se erigían macizos imponentes que les habrían dado semanas, quizás meses de ventaja sobre la niebla.

"¿Por qué este cerro?", se recriminó. "¿Por qué me confié en que los dos mil quinientos eran suficientes?".

Había una opción de bajar el cerro cerca de doscientos cincuenta metros y luego alcanzar otro cordón montañoso, pero eso significaría perder tiempo e ir en dirección al gas. Era un pequeño cordón montañoso, además, sumamente arriesgado.

Se sentía como un capitán que había encallado su barco en el primer banco de arena por miedo a la tormenta, solo para ver cómo la marea seguía subiendo.

Estaban en una isla técnica, un callejón sin salida rodeado de abismos.

Para buscar un cerro más alto, ahora tendrían que descender voluntariamente hacia la muerte invisible que ya debía estar trepando por las laderas bajas.

Lo más aterrador de la noche no era el frío, sino la ceguera.

La niebla púrpura, al no tener luz que la reflejara, era un fantasma total.

Solo el cálculo matemático de Esteban —setenta metros cada seis horas— les recordaba que el "nivel del mar" de veneno estaba cada vez más cerca de sus pies.

Cada vez que el viento soplaba desde abajo, Esteban creía percibir un aroma dulzón y metálico, el olor de la niebla reclamando el cerro.

—Están ahí arriba, Esteban —dijo Camila, señalando un láser verde que barría el cielo desde una cumbre lejana—. Ellos están a salvo por ahora.

—Nosotros también lo estaríamos si no me hubiera detenido aquí —respondió él con una voz cargada de odio hacia sí mismo—. Estamos atrapados en una balsa de piedra que se hunde, Camila. Y lo peor es que no podemos ver cuánto falta para que el agua nos tape la boca.

A su alrededor, la multitud de la cima compartía ese mismo terror mudo.

Nadie hablaba de bajar. Nadie hablaba de subir.

Solo miraban las luces de los otros cerros, contando los puntos que se apagaban a medida que, uno a uno, los refugios más bajos eran devorados por la marea púrpura en la absoluta oscuridad de la noche.

La noche seguía siendo un pozo sin fondo cuando algo cambió.

Al principio fue sutil. Tan leve que Esteban pensó que era su imaginación, una ilusión provocada por el cansancio y el frío. Pero luego lo notó de nuevo.

El viento.

Había dejado de soplar desde abajo.

Se incorporó lentamente, apartando con cuidado a Camila para no despertarla bruscamente. Sus ojos se clavaron en la oscuridad del valle, intentando distinguir algo más que esa negrura absoluta.

Y entonces ocurrió.

Una línea.

No de luz… sino de ausencia. A unos cincuenta metros bajo la cima, el vacío dejó de ser completamente negro. Una delgada franja, casi imperceptible, comenzó a delinearse contra la ladera. Era como si la oscuridad tuviera textura, como si algo más denso estuviera contenido allí abajo.

Esteban contuvo la respiración.

—Camila… —susurró, sacudiéndola con urgencia—. Camila, despierta.

Ella abrió los ojos de golpe, desorientada.

—¿Qué pasa…?

—Mira.

Camila se giró, enfocando la vista. Al principio no entendió. Pero luego lo vio.

El gas.

Por primera vez, podían verlo claramente en la noche.

No era una nube uniforme. Era una masa, espesa, de un púrpura profundo que parecía absorber la poca luz existente.

Justo ahí.

A unos trecientos metros bajo ellos.

Como si hubiera chocado contra un límite invisible.

—No… —murmuró Camila, incorporándose completamente—. No puede ser…

La noticia no tardó en propagarse.

Alguien gritó desde otro sector de la cima:

—¡La niebla ahí esta!

Y entonces, el silencio se rompió.

Primero fueron murmullos. Luego voces. Luego gritos.

La gente comenzó a levantarse, tropezando unos con otros, encendiendo linternas, celulares, cualquier fuente de luz. Decenas de haces blancos comenzaron a apuntar hacia abajo, iluminando fragmentos de roca… y esa masa púrpura que parecía respirar lentamente.

—¡Está ahí! ¡Mírenla!

—¡está subiendo!

El pánico cambió de forma.

Un hombre comenzó a reír a carcajadas, histérico.

—¡Nos atrapo! ¡La maldita cosa viene por nosotros!

Una mujer abrazó a su hijo con fuerza, llorando en silencio, como si ese pequeño margen de distancia fuera un pequeño espacio de tiempo que le quedaba con su hijo.

Un grupo de jóvenes se acercó peligrosamente al borde y estuvo durante 30 minutos, iluminando hacia abajo.

—No baja… pero tampoco sube —dijo uno, con la voz temblorosa—. Está… quieta.

—Eso no es normal —respondió otro—. Nada de esto es normal.

Los perros empezaron a inquietarse.

Nala gruñía bajo, con el lomo erizado. Oso, en cambio, retrocedía, gimiendo suavemente, como si esa cosa inmóvil fuera más peligrosa que cuando avanzaba.

—Esteban…

Él no apartaba la vista del borde.

—Lo sé —respondió, tenso—. Yo también lo siento.

Porque había algo más.

Algo que todos comenzaron a percibir, aunque nadie lo decía en voz alta.

La niebla no estaba muerta.

No estaba dormida.

Estaba… contenida.

Como si algo la estuviera deteniendo.

Como si hubiese encontrado una barrera.

O peor aún…

Como si estuviera esperando una orden.

El aire cambió.

Ya no era solo frío. Era pesado, cargado, como si la atmósfera misma estuviera saturada de algo invisible. Cada respiración costaba un poco más.