CAPITULO 13
P asó un día más en Pisco Elqui, y ese día fue decisivo.
No ocurrió nada espectacular.
No hubo gritos, ni derrumbes, ni nuevas alertas por la radio.
El aire seguía igual a simple vista, pero el cansancio se había vuelto más profundo.
No el cansancio muscular de la caminata, sino otro, más sutil: dificultad para concentrarse, dolores de cabeza persistentes, una lentitud general en los movimientos.
Esteban lo notaba en todos, incluso en sí mismo.
El pulso subterráneo no se había sentido con claridad ese día, pero su ausencia era engañosa, como un animal que deja de hacer ruido antes de atacar.
Camila fue la primera en decirlo en voz alta.
—Esto no va a cambiar —dijo mientras compartían una comida tibia—. El gas sigue el mismo patrón. No se detiene, no retrocede.
Esteban asintió. Ya había llegado a la misma conclusión.
—Pisco nos dio tiempo —respondió—, pero ya no es suficiente. Si seguimos aquí, solo estamos postergando la decisión.
Esa noche casi no durmieron. Y al amanecer, sin necesidad de discutirlo demasiado, tomaron la resolución que sabían inevitable: subirían a la alta montaña.
Esteban pasó la mañana caminando solo por los bordes del pueblo, observando las cumbres que rodeaban el valle. No pensaba en términos heroicos ni épicos. Pensaba en supervivencia. En viento, agua, abrigo, exposición. En cerros que conocía, no por mapas, sino por experiencia.
—No puede ser cualquier cerro —le dijo a Camila cuando volvió—. Tiene que cumplir varias cosas.
Extendió un trozo de papel sobre una mesa improvisada y empezó a dibujar líneas torpes, pero claras.
—Hacia el este tenemos opciones más seguras. Cerros que conozco bien desde Vicuña y Paihuano. El cerro Cancana, por ejemplo, no es el más alto, pero tiene lomajes amplios, reparos naturales y acceso a vertientes temporales si se sabe dónde buscar.
Marcó otro punto.
—Más al norte, el cerro Mamalluca no sirve para esto. Es accesible, sí, pero muy expuesto y demasiado cercano a zonas habitadas.
Hizo una pausa.
—Y más al interior, hacia cordillera, hay cerros sin nombre claro, rutas antiguas de arrieros. No son cumbres técnicas, pero sí altas, frías… y solitarias.
Camila lo escuchaba con atención.
—¿Cuánto tiempo podríamos resistir arriba?
Esteban fue honesto.
—Con buen abrigo, agua racionada y moviéndonos bien… una o dos semanas. Quizás más, si logramos nieve limpia y hacemos fuego. Pero no es un lugar para quedarse indefinidamente. Es para sobrevivir a una fase, no al mundo nuevo que venga después.
No perdieron tiempo. Empezaron a pedir ayuda.
Camila fue casa por casa, explicando con calma lo que planeaban. Pidió si era posible lo que tuvieses, parcas viejas, sacos de dormir, gorros, guantes, frazadas gruesas. Para su sorpresa, la respuesta fue inmediata.
—Llévenselo —decía una mujer entregándole una chaqueta gastada—. Ya no lo vamos a necesitar aquí.
—Mi marido subió antes que ustedes —dijo otro—. Si les sirve, es suyo.
En pocas horas, tenían más abrigo del que esperaban, además de algunas raciones de comida, gorros y frazadas.
Demasiado, incluso. Camila sintió una punzada extraña en el pecho: una mezcla de gratitud y culpa.
Aquello no era generosidad casual. Era gente que sentía, en el fondo, que ellos estaban tomando la decisión correcta…
aunque no todos se atrevieran a hacerlo.
Mientras tanto, otros ya estaban subiendo.
Pero no como Esteban lo haría.
Desde las laderas cercanas, se veían grupos avanzando sin orden, sin planificación.
Personas cargando bolsas plásticas, mochilas mal ajustadas, niños llorando.
Algunos subían de noche, otros corrían durante el día, creyendo que la altura por sí sola los salvaría.
Y luego estaban los que venían desde más abajo.
Camila los vio llegar una tarde, jadeando, con los ojos desorbitados. Un hombre en polera y short, la piel enrojecida por el sol y el miedo. Una mujer descalza, con los pies ensangrentados. No traían nada. Ni agua. Ni abrigo. Solo urgencia.
—Viene algo detrás —decía uno, sin poder explicarlo—. No se ve… pero se siente.
Esteban los observó en silencio.
—Subir así es peor que quedarse abajo —murmuró—. La montaña no perdona la desesperación.
Esa noche, mientras ordenaban el equipo, Camila se detuvo un momento con la libreta turquesa entre las manos. No la abrió. No hizo falta. Por primera vez entendía algo sin leerlo: la libreta no hablaba de destinos, hablaba de decisiones.
Y ellos acababan de tomar la suya.
Al amanecer siguiente, cuando el cielo aún estaba pálido y el frío mordía los dedos, Esteban ajustó su mochila, revisó por última vez el abrigo y miró hacia las cumbres que los esperaban.
No subían buscando salvación.
Subían buscando tiempo.
Comenzaron a subir con las primeras luces, mezclados entre decenas de personas que avanzaban con el mismo impulso y la misma idea: más alto es más seguro.
Al principio nadie hablaba. Solo se escuchaban pasos, respiraciones agitadas, el roce de mochilas mal ajustadas.
Bastaron menos de treinta minutos para que Esteban se diera cuenta de algo que le erizó la piel.
El sendero estaba demasiado marcado.
Demasiadas huellas.
Demasiada gente.
Se detuvo en un punto alto y miró hacia arriba. La ladera del cerro al que se dirigían estaba salpicada de figuras humanas, pequeñas desde la distancia, pero innumerables. Parecían hormigas subiendo al mismo punto, al mismo reparo, a la misma cumbre.
Camila lo notó de inmediato.
—No somos los únicos…
—No —respondió Esteban—. Y ese es el problema.
Siguieron avanzando un poco más, lo suficiente para confirmar lo evidente. La gente hablaba de lo mismo: “arriba hay una planicie”, “dicen que hay agua”, “alguien subió antes y dijo que se puede acampar”. Rumores que se repetían como verdades absolutas.
Esteban se detuvo de nuevo, esta vez con más firmeza.
—Si todos suben al mismo cerro, esto se va a convertir en un infierno —dijo en voz baja.
Camila lo miró, entendiendo de inmediato.
—Comida…
—Agua…
—Abrigo…
—Y miedo —concluyó él—. El peor de todos.
Esteban hizo un cálculo rápido. Incluso si el lugar ofrecía reparo, la cantidad de personas lo haría insostenible. Bastaría que el alimento escaseara, que alguien enfermara, que se corriera el rumor equivocado, para que todo degenerara.
—Arriba no habría cooperación —dijo—. Habría competencia.
Camila tragó saliva.
—Una guerra campal… en la cima de un cerro.
Mientras avanzaban unos metros más, Esteban sintió el peso extraño de una idea que llevaba rato rondándole. Miró su mochila, el cordel liviano que había guardado casi por costumbre, la navaja, las ramas rectas que había visto más abajo.
—Podría hacer un arco —murmuró sin darse cuenta.
Camila lo miró sorprendida.
—¿Qué?
—Nada —dijo él, negando con la cabeza—. Pensé en voz alta.
Se detuvo un segundo.
—Tengo todo. La madera, la cuerda… no pesa nada. Podría hacerlo en una tarde.
Camila lo observó con atención.
—¿Y para qué lo harías?
Esteban no respondió de inmediato. Miró a la gente subir desesperada, empujándose sin querer, discutiendo por el paso estrecho.
—Para defendernos… supongo —dijo finalmente.
El silencio entre ellos fue pesado.
Camila dio un paso hacia él.
—Tú sabes usar un arco —dijo—. Pero también sabes que no podrías apuntar a una persona. No en estas condiciones.
Esteban cerró los ojos un instante.
—Lo sé. No podría. Ni aunque mi vida dependiera de ello.
Ese pensamiento fue suficiente.
Miró otra vez la ladera saturada de gente y luego giró la cabeza hacia el este, donde se extendía una serie de cerros menos evidentes, sin senderos claros, sin nombres conocidos. Cerros que no aparecían en conversaciones ni rumores. Cerros que exigían más esfuerzo… y menos multitud.
—Vamos a desviarnos —dijo de pronto.
Camila siguió la dirección de su mirada.
—¿A dónde?
—A ese cordón más al interior —respondió—. No es tan alto como este, pero tiene lomajes amplios y quebradas protegidas. No es obvio. Y eso es bueno.
—¿Lo conoces?
—No del todo —admitió—. Pero sé leerlo. Y sé que la mayoría no va a ir hacia allá. No es atractivo. No promete nada fácil.
Camila asintió.
—Prefiero un cerro incierto que una cima llena de gente desesperada.
Sin anunciarlo, comenzaron a separarse del flujo principal. Al principio nadie lo notó. Luego, un par de personas los miraron con curiosidad.
—¡Arriba es por allá! —gritó alguien.
Esteban levantó la mano en señal de agradecimiento, pero no respondió.
Mientras se alejaban, el ruido de la multitud quedó atrás poco a poco. El sendero se volvió más estrecho, menos marcado. Las huellas desaparecieron. El cerro volvió a sentirse… cerro.
Camila respiró más profundo.
—Aquí no hay nadie.
—Por ahora —dijo Esteban—. Y si hacemos bien las cosas, seguirá así.
Se detuvieron un momento para ajustar mochilas. Desde allí, aún podían ver la masa de personas subiendo al cerro principal, un punto oscuro y caótico contra el cielo claro.
—No subimos para pelear —dijo Camila en voz baja.
—No —respondió Esteban—. Subimos para sobrevivir sin convertirnos en otra cosa.
Reanudaron la marcha hacia el cerro alternativo, uno sin nombre, sin promesas, sin multitudes.
Un cerro que no ofrecía seguridad… pero sí algo mucho más valioso en ese momento:
Silencio.
Al caer la tarde alcanzaron un punto intermedio del cerro, lo suficientemente alto como para quedar fuera del ruido del valle, pero aún protegido por la ladera lateral.
El viento corría con más fuerza allí, frío y constante, obligándolos a moverse con cuidado.
Esteban observó el terreno con atención y asintió.
—Aquí —dijo—. No conviene seguir de noche.
Camila dejó la mochila en el suelo con alivio.
Las piernas le temblaban por el esfuerzo acumulado, y el cansancio ya no se podía disimular.
Nala y Oso se adelantaron unos metros, olfateando el aire con inquietud.
Desde ese punto, la vista hacia el valle era amplia, pero no directa; la curvatura del cerro los ocultaba parcialmente de quienes seguían subiendo por rutas más evidentes.
Trabajaron en silencio. Primero, buscaron una pequeña depresión natural del terreno, una especie de hondonada protegida del viento dominante. Esteban explicó cada paso con calma, como si enseñar fuera también una forma de ordenar la mente.
—Nunca se duerme en la cima ni en una arista —dijo—. El viento ahí no perdona. Siempre un poco más abajo, donde el cerro te cubre.
Con piedras medianas armaron un muro bajo, no más alto que la rodilla, lo justo para cortar el viento.
Las acomodaron inclinadas hacia afuera, encajándolas entre sí para que no se movieran.
Encima, Camila extendió una lona vieja que alguien les había regalado en Pisco Elqui, asegurándola con más piedras en los bordes.
—No es una carpa —comentó ella—, pero sirve.
—Sirve —respondió Esteban—. En la montaña, suficiente es mejor que perfecto.
Sacaron el saco de dormir improvisado: dos sacos delgados unidos con costuras torpes y reforzadas con una frazada gruesa por dentro. No era cómodo, pero aislaba del suelo, que ya estaba helado.
—Nunca dormir directo sobre la tierra —agregó Esteban mientras acomodaba ramas secas debajo—. El frío sube desde abajo, no desde el aire.
Nala y Oso se echaron a los pies del refugio, acurrucándose entre ellos para conservar calor. De vez en cuando, alguno levantaba la cabeza y movía las orejas, vigilantes.
No encendieron fogata. La tentación estuvo ahí, sobre todo cuando el sol desapareció y el frío se volvió punzante, pero sabían que una luz en la ladera los delataría.
Desde esa cara del cerro, cualquiera que mirara con atención podría verlos, además cuando amaneciera iban a subir.
Se acomodaron dentro del refugio cuando el cielo ya estaba completamente oscuro.
Las estrellas parecían más cercanas, más brillantes.
El silencio era profundo, solo interrumpido por el silbido del viento y el roce ocasional de alguna piedra suelta.
Desde su posición vieron pasar a otras personas.
Pocas. Grupos pequeños que, al igual que ellos, se habían desviado del cerro principal.
Algunos los miraron a la distancia, dudaron, pero siguieron su camino buscando otro reparo más arriba.
—Pensaron lo mismo que nosotros —susurró Camila.
—Sí —respondió Esteban—. Pero llegaron después.
No había mucho que hacer. Compartir ese punto significaría exponerse, perder abrigo, perder silencio. El número era pequeño, muy distinto a la marea humana que subía por el cerro evidente, pero aun así suficiente para alterar el equilibrio.
—En la montaña —dijo Esteban en voz baja—, a veces ayudar significa no sumar más gente al mismo lugar.
La noche fue dura. El frío se coló por todos los espacios, obligándolos a cambiar de posición varias veces. Dormían por momentos, despertaban por otros. Camila soñó con viento y con un latido lejano, pero cuando despertó no supo si había sido real o solo su cuerpo cansado.
Antes del amanecer, el cielo comenzó a aclarar lentamente, pasando del negro profundo a un azul pálido. El frío era más intenso, pero el aire se sentía limpio. Esteban abrió los ojos y respiró hondo.
—Ahora —dijo—. Antes de que el sol caliente y antes de que otros se muevan.
Desarmaron el refugio con cuidado, dejando el lugar lo más limpio posible. Se colgaron las mochilas, ajustaron las correas y comenzaron el último tramo hacia la cima. El terreno se volvió más empinado, más rocoso, pero también más firme.
Camila caminaba en silencio, concentrada en cada paso. A esa altura, el cansancio ya no importaba tanto como el objetivo. Cuando el sol finalmente asomó por detrás de los cerros, bañando la cumbre con una luz dorada, ambos supieron que habían tomado la decisión correcta.
No habían llegado buscando seguridad absoluta.
Habían llegado buscando un lugar donde el miedo no los obligara a pelear.
Y, por ahora, con Nala y Oso atentos a su lado, la montaña parecía aceptar su presencia.