El abismo Turquesa Capitulo 12 #3
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Capitulo 12 #3

Porque lo que estaba ocurriendo ya no pedía interpretación.

Pedía decisiones.

Y lo peor de todo era esa sensación creciente, difícil de explicar, que comenzaba a instalarse entre ellos:

Que el fenómeno no estaba avanzando al azar.

Que no era una catástrofe descontrolada.

Que estaba siguiendo un patrón que la ciencia aún no sabía nombrar.

Esteban pasó gran parte de la tarde sentado sobre una roca plana, con un cuaderno prestado y un lápiz corto que alguien había rescatado de una mochila escolar.

No escribía por costumbre, sino por necesidad.

A su alrededor, Pisco Elqui seguía funcionando en una especie de pausa frágil: gente caminando lento, ollas humeando, niños jugando sin demasiada energía.

Normalidad forzada, sostenida con esfuerzo.

Camila se le acercó cuando lo vio tan concentrado.

—¿Estás calculando algo? —preguntó, sentándose a su lado.

Esteban levantó la vista y asintió.

—Estoy tratando de entender cuánto tiempo tenemos aquí… si es que ese gas sigue comportándose como hasta ahora.

Marcó con el lápiz una línea imaginaria en la tierra.

—Según lo último que se alcanzó a escuchar por radio, el gas está subiendo entre tres y cinco metros por hora en promedio. No es constante, pero tampoco se ha detenido.

Camila frunció el ceño.

—¿Y eso qué significa para nosotros?

—Pisco Elqui está alrededor de los mil doscientos metros sobre el nivel del mar —respondió—.

Si el gas ya alcanzó zonas de setecientos, ochocientos metros en algunos sectores…

y sigue subiendo a ese ritmo, podríamos tenerlo aquí en…

—hizo un cálculo rápido— diez a quince días. Quizás menos, si vuelve a acelerarse.

Camila sorprendida responde…

—O sea, no es inmediato… pero tampoco lejano.

—Exacto. Estamos en una especie de margen. Un lugar incómodo entre “aún seguros” y “demasiado tarde”.

Se quedaron en silencio unos segundos. El viento bajaba desde los cerros más altos, frío incluso a esa hora del día.

—Si el patrón continúa —continuó Esteban—, quedarse aquí no va a ser suficiente. No para todos, al menos.

Camila lo miró con atención.

—¿Estás pensando en subir más?

Esteban no respondió de inmediato. Señaló con la cabeza hacia las montañas que se alzaban más allá del valle, imponentes, azules y grises a la distancia.

—Más arriba ya no es valle —dijo—. Es alta montaña. Y eso cambia todas las reglas.

Camila conocía ese tono. Era el mismo que usaba cuando hablaba de expediciones serias, de esas donde el error no se perdona.

—¿Qué implicaría? —preguntó.

Esteban respiró hondo.

—Para empezar, el oxígeno. Sobre los dos mil quinientos metros, el cuerpo ya no rinde igual. Aparecen dolores de cabeza, náuseas, confusión. Hay que aclimatar, subir lento, dormir más bajo de lo que se camina. No todos pueden hacerlo.

—¿Y el frío?

—Las temperaturas caen fuerte, incluso de día. En la noche puedes pasar de cinco grados a bajo cero sin aviso. Sin ropa adecuada, el riesgo de hipotermia es real. Y no hablo de incomodidad, hablo de muerte silenciosa.

Camila apretó las manos.

—¿Agua?

Esteban negó con la cabeza.

—Ese es otro problema. Arriba no hay ríos constantes como aquí. Hay vertientes, nieve, a veces nada. Habría que derretir hielo, racionar cada gota. Sin combustible, eso se vuelve casi imposible.

Miró alrededor, al campamento improvisado, a la gente que descansaba creyendo que el cerro los protegería.

—Y luego está el viento —agregó—. En altura no sopla, corta. Te deshidrata sin que lo notes, te quema la piel, te agota. Y si alguien se lesiona… no hay rescate. No hay retorno fácil.

Camila guardó silencio.

—Entonces subir más no es una solución real para todos.

—No —admitió Esteban—. Es una opción extrema. Para pocos. Para quienes tengan el cuerpo, el equipo… y el tiempo.

—¿Y nosotros? —preguntó ella en voz baja.

Esteban la miró largo rato antes de responder.

—Nosotros podríamos hacerlo. No sería fácil, pero podríamos. El problema es decidir cuándo. Subir demasiado pronto es exponerse al frío y al desgaste innecesario. Subir tarde… —no terminó la frase.

Camila pensó en la libreta turquesa, en las frases que hablaban de advertencias, de ajustes, de juicios. No la mencionó. Aún no.

—Entonces estamos esperando —dijo—. Esperando a ver si el gas sigue el patrón… o si lo rompe otra vez.

Esteban asintió.

—Exacto. Por ahora, Pisco Elqui sigue siendo un buen lugar. Compra tiempo. Pero si ese pulso sigue… si el aire empieza a cambiar aquí arriba… —miró hacia el suelo, como si pudiera escuchar algo— no vamos a tener muchas opciones.

A lo lejos, un perro comenzó a ladrar sin razón aparente. Otro lo imitó. El viento trajo consigo ese silencio raro, espeso, que ya se había vuelto familiar.

Camila se estremeció.

—¿Crees que la montaña también tenga un límite?

Esteban tardó en responder.

—Todas las cosas lo tienen —dijo finalmente—. La pregunta es si nosotros vamos a reconocerlo antes de cruzarlo.

Se quedaron sentados allí, mirando las cumbres, conscientes de que la altura ya no era solo refugio, sino una decisión que pronto tendrían que tomar.