El abismo Turquesa Capitulo 12 #2
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Capitulo 12 #2

El cielo comenzó a teñirse de naranjo y violeta.

La gente retomó sus actividades con una energía artificial, como si ignorar el fenómeno pudiera hacerlo desaparecer.

Se encendieron fogatas. Se repartió comida.

Alguien contó un chiste que nadie celebró.

Esa noche, muchos se acostaron temprano.

El cansancio era aplastante. Pero el sueño no llegaba fácil.

Cuando lo hacía, era liviano, fragmentado, lleno de imágenes confusas: agua que no subía desde el mar, sino desde la tierra; cerros que respiraban; un ruido profundo marcando el tiempo.

Camila se dio vuelta una y otra vez antes de cerrar los ojos. Justo antes de dormirse, sintió de nuevo esa presión suave, lejana, como un eco.

No despertó a Esteban.

No gritó.

Ya no era sorpresa.

Era repetición.

Y en esa repetición silenciosa, el mundo parecía estar ajustándose a algo nuevo, mientras ellos, agotados, intentaban fingir que aún vivían una vida normal.

La mañana siguiente comenzó con una discusión baja, casi respetuosa, pero cargada de una tensión que se podía cortar con las manos.

El campamento despertaba lento, arrastrando el cansancio del día anterior y esa sensación extraña que nadie lograba explicar del todo.

El pulso no había vuelto durante la noche, pero su ausencia no tranquilizaba; al contrario, dejaba una inquietud flotando en el aire.

Camila estaba calentando agua cuando escuchó las voces.

—No podemos quedarnos aquí eternamente —decía un hombre de unos cincuenta años, rostro curtido, voz firme—. Ya subimos lo suficiente. El gas no va a llegar hasta acá.

—Eso no lo sabes —respondió otra mujer—. Nadie lo sabe.

El hombre negó con la cabeza.

—Lo que sí sé es que abajo dejé a mi hermano. Vive cerca de Vicuña. No quiso subir. Si sigo esperando, lo voy a perder.

Varias personas se acercaron. Esteban también. Reconoció al hombre: se llamaba Raúl, había caminado con ellos desde Paihuano. Fuerte, decidido, de esos que inspiran confianza… y que a veces toman decisiones demasiado rápido.

—Raúl —dijo Esteban con calma—. Bajar ahora no es buena idea. El gas sigue subiendo. No lo vemos, pero está ahí.

—Eso dicen —respondió él—. Pero también decían que el mar ya había parado. Y aquí estamos.

Camila intervino:

—No es solo el gas. Hay algo raro con el aire. Con el suelo. No es momento de separarse.

Raúl apretó la mandíbula.

—Justamente por eso. Si algo va a pasar, prefiero estar con mi gente. No aquí, esperando a que alguien nos diga qué hacer.

Un silencio incómodo cayó sobre el grupo. Nadie quería decirlo en voz alta, pero todos pensaban lo mismo: cada decisión ahora era una apuesta.

—No voy a bajar hasta la costa —continuó Raúl—. Solo hasta más abajo, a una zona intermedia. Hay una casa vieja, sólida. Con agua de pozo. Ahí puedo esperar y ver qué pasa.

—Las quebradas concentran el gas —dijo Esteban—. Aunque no lo notes al principio.

—No voy a una quebrada —respondió Raúl—. Voy a un lomaje. Sé moverme en cerros tanto como tú.

Camila lo miró con preocupación.

—¿Y si no puedes volver a subir?

—Volveré —dijo él, con una seguridad que parecía más una necesidad que una certeza.

Algunos murmuraron. Otros bajaron la mirada. Nadie quiso acompañarlo, pero tampoco lo detuvieron. El miedo ya no era compartido; empezaba a dividirse.

Raúl se colgó la mochila al hombro y se acercó a su hija adolescente, que había permanecido en silencio.

—Tú te quedas aquí —le dijo—. Con ellos estarás mejor.

La niña abrió la boca para protestar, pero no dijo nada. Solo asintió, con los ojos llenos de lágrimas.

Antes de partir, Raúl miró a Esteban.

—Si en dos días no vuelvo… suban más. No me esperen.

Y sin más, comenzó a descender por el mismo camino que ellos habían subido el día anterior. Su figura se hizo cada vez más pequeña entre los cerros, hasta desaparecer.

El resto del día transcurrió con una normalidad aún más forzada que la anterior.

Se habló poco de Raúl, como si mencionarlo pudiera convertir su decisión en un error evidente.

La gente siguió con sus rutinas: buscar leña, racionar agua, cuidar a los niños.

Camila notó que algunos evitaban mirar hacia abajo, hacia el valle.

El pulso no volvió ese día.

El gas no apareció a simple vista.

Nada ocurrió.

Y eso fue lo peor.

Al caer la noche, la hija de Raúl se sentó cerca de la fogata, abrazando sus rodillas. Camila se acercó y le pasó una manta.

—Tu papá es fuerte —le dijo—. Sabe cuidarse.

La niña asintió, pero no respondió.

Esa noche nadie durmió bien. No por ruidos ni temblores, sino por la espera. Por la idea de que una decisión ya había sido tomada… y que sus consecuencias, aunque invisibles, ya estaban en camino.

Raúl no volvió al día siguiente.

Pero aún no había señales claras de que algo hubiera salido mal.

Todavía.

La confirmación llegó de a poco, como todo últimamente. No con un anuncio claro ni con una voz segura, sino en fragmentos rotos, palabras sueltas que se colaban entre la estática y el silencio.

La radio volvió a encenderse cerca del mediodía. Nadie recordaba haberla apagado. Simplemente comenzó a emitir un zumbido débil, irregular, como si alguien al otro lado dudara antes de hablar. Varias personas se acercaron instintivamente. Esteban también.

—…si alguien… escucha…

La voz era distinta. Más cansada. No era el locutor habitual.

—…transmisión no oficial… estaciones principales fuera de servicio…

Camila se llevó la mano al pecho.

—No es Radio Altura —susurró.

—No —respondió Esteban—. Es otra.

La señal se perdió unos segundos y volvió.

—…confirmamos… esto no coincide con ningún modelo conocido…

Un hombre subió el volumen.

—El gas… no se comporta como un gas convencional…

—No se dispersa… no se diluye…

—Se mantiene… como si siguiera una estructura…

Alguien murmuró:

—¿Estructura?

La voz continuó, entrecortada:

—…mediciones contradictorias… zonas más altas con mayor concentración… zonas bajas sin presencia aparente…

—No responde a viento, presión ni temperatura…

Esteban frunció el ceño.

Eso no tenía sentido.

Nada de eso.

—…equipos en distintos países reportan lo mismo…

—…no sigue reglas…

—No sube como debería…

—Se acumula… y luego avanza…

La radio lanzó un chasquido fuerte. Luego la voz regresó, más baja, casi en un susurro.

—Algunos científicos creen que no es un subproducto…

—Sino una consecuencia…

Esteban apretó los dientes.

—¿Consecuencia de qué? —murmuró, aunque sabía que nadie podía responderle.

La transmisión se volvió inestable.

Solo alcanzaron a escuchar una última frase:

—…el océano no está liberando gas…

—…algo lo está empujando desde abajo…

La radio se apagó.

Nadie habló de inmediato. El silencio que quedó fue más denso que el gas del que hablaban. Una mujer se sentó lentamente en el suelo. Otro hombre se quitó el gorro y se pasó la mano por el pelo, sudado.

—Eso no puede ser —dijo alguien—. Todo tiene explicación científica.

—Sí —respondió otro—. Siempre la tiene.

Pero nadie sonaba convencido.

Camila miró a Esteban.

—Dijeron que el gas no sube como debería…

—Lo sé —respondió él—. Y eso es lo que me preocupa.

Se alejó unos pasos y observó el entorno. El aire seguía igual a simple vista. Claro. Respirable. Pero ahora sabía que eso no significaba nada. Pensó en Raúl, bajando confiado hacia una zona “segura”. Pensó en las quebradas, en los lomajes, en los lugares donde la lógica ya no aplicaba.

—Si no sigue las reglas… —dijo Camila detrás de él—, entonces la altura no garantiza nada.

Esteban cerró los ojos un segundo.

—No. Solo compra tiempo.

Esa tarde, el pulso volvió.

Más corto.

Más cercano.

No hizo vibrar el suelo, pero se sintió en los huesos, como un eco que ya no venía desde lejos. Algunos se llevaron la mano al pecho. Otros miraron hacia abajo, como si esperaran ver la tierra abrirse.

—No es un temblor —dijo alguien, casi resignado.

—No —respondió Esteban—. Y ya no creo que quiera parecerse a uno.

Camila pensó en la libreta turquesa, guardada en el fondo de su mochila. No la sacó. No quiso. Por primera vez, no quería leer más.