El abismo Turquesa CAPITULO 11 #3
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CAPITULO 11 #3

No dijo nada.

Siguió caminando.

Porque en ese momento, subir era lo único que importaba.

El sendero comenzó a estrecharse a medida que ganaban altura. La tierra suelta dio paso a tramos más pedregosos, donde las piedras pequeñas rodaban bajo las botas si no se pisaba con cuidado. Esteban levantó la mano un par de veces para que el grupo avanzara más lento.

—En este tipo de cerros —explicó mientras caminaban— lo peor no es la pendiente, sino confiarse. Una piedra mal pisada y te vas rodando varios metros.

Camila observaba alrededor. A los costados del camino aparecían cactus columnares, altos y silenciosos, algunos con flores pequeñas que parecían fuera de lugar en medio de tanta aridez.

Más abajo, en las quebradas, se veían arbustos de chilca y algarrobo, resistentes, aferrados a la tierra como si supieran que sobrevivir era cuestión de paciencia.

—Miren el suelo —dijo Esteban señalando con el bastón—. ¿Ven esas líneas más claras?

—¿Las huellas? —preguntó uno de los jóvenes.

—No solo huellas. Son senderos antiguos. Los animales siempre eligen el camino más eficiente. Seguirlos suele ser más seguro que inventar rutas nuevas.

Nala y Oso iban algunos metros adelante, olfateando el aire, deteniéndose de vez en cuando como si evaluaran el terreno. Esteban los observó con atención.

—Los perros son buenos indicadores —agregó—. Si se ponen nerviosos de golpe o se niegan a avanzar, algo anda mal: un desprendimiento, un animal o un cambio brusco en el viento.

El grupo avanzó un poco más y el sol comenzó a golpear con fuerza. El paisaje se abrió y, a lo lejos, se distinguían lomas onduladas, cerros suaves cubiertos de pasto seco y algunas rocas grandes que parecían colocadas allí a propósito, como hitos.

Esteban aprovechó una pausa para hablar del agua.

—Aquí es donde muchos se equivocan —dijo, sacando su botella—. No hay que esperar a tener sed. Se toma poco, pero seguido. Un sorbo cada quince o veinte minutos.

—¿Y si se acaba? —preguntó alguien.

—Por eso no se corre, no se acelera sin necesidad. Y se camina a la sombra siempre que se pueda. El cuerpo gasta menos agua si no se sobrecalienta.

Camila miró hacia una quebrada cercana.

—¿Y el río?

—Nunca confíen en un río de cerro —respondió Esteban—. Puede verse limpio, pero más arriba pudo haber pasado un animal muerto o arrastrar minerales. Si no se puede hervir o filtrar, mejor no tocarlo.

El joven de la libreta escuchaba con atención, anotando mentalmente.

Más arriba, comenzaron a aparecer rocas con líquenes verdes y anaranjados, señales claras de que estaban ganando altura. El aire se sentía más liviano, más seco. Cada respiración costaba un poco más, pero también se sentía más limpia.

—Otra cosa importante —continuó Esteban—: nunca pierdan de vista un punto de referencia. Un cerro, una roca grande, una antena, lo que sea.

Señaló una formación rocosa con forma de diente.

—Mientras ese cerro esté ahí, sabemos hacia dónde vamos. Si lo perdemos de vista, paramos. No se sigue caminando sin orientación.

Camila recordó cuántas veces Esteban había dicho algo parecido en expediciones pasadas, cuando todo parecía solo deporte y no supervivencia.

El sendero se dividió en dos más adelante.

Algunos dudaron.

—Izquierda —dijo Esteban sin vacilar—. La derecha baja a una quebrada cerrada. Bonita, pero peligrosa. El gas, si sube, se va a meter primero ahí.

El grupo obedeció sin discutir.

Ya no había espacio para opiniones improvisadas.

A lo lejos, un cóndor cruzó el cielo, enorme, silencioso, aprovechando las corrientes térmicas. Camila lo siguió con la mirada.

—Cuando los cóndores vuelan bajo —dijo Esteban— es porque el clima va a cambiar. Cuando vuelan alto, como ahora, el aire está estable.

—¿Eso es bueno?

—Por ahora, sí.

El camino continuó entre piedras, polvo y sol.

El cansancio era real, pero también lo era la sensación de estar haciendo algo correcto. Cada paso era una lección silenciosa: leer el terreno, escuchar el cuerpo, respetar el cerro.

Camila pensó que, si alguien le hubiera dicho meses atrás que aprender a caminar en la montaña sería la diferencia entre vivir o morir, no lo habría creído. Ahora, cada consejo de Esteban se sentía como una pequeña ancla en medio de un mundo que se desmoronaba.

Siguieron subiendo, atentos a cada señal del paisaje, sabiendo que los cerros no perdonan la ignorancia, pero suelen respetar a quienes saben escuchar.

Camila caminó un par de pasos detrás de Esteban y, con una media sonrisa, le habló en voz baja para que solo él la escuchara.

—Oye… ¿y todo esto lo estás explicando porque de verdad es necesario o porque te gusta hacer clases en cualquier parte?

Esteban giró apenas la cabeza, sin dejar de avanzar.

—Es para tranquilizar a los más jóvenes —respondió con naturalidad—. Cuando la gente entiende lo que hace, deja de entrar en pánico.

—Ah… o sea que ahora eres profesor de cerros en medio del fin del mundo.

—Exactamente —dijo él, serio—. Es el mejor momento para aprender.

Camila negó con la cabeza, divertida pese al cansancio, y apuró el paso para quedar a su lado.

El grupo siguió avanzando, pero el ritmo ya no era el mismo. Las conversaciones se apagaban más rápido, las respiraciones se volvían más profundas, más ruidosas. El sol estaba alto y la pendiente, aunque no extrema, empezaba a pasar la cuenta.

Uno de los hombres se detuvo, apoyando las manos en las rodillas.

—Cinco minutos… solo cinco —pidió entre jadeos.

Nadie se opuso.

Se sentaron sobre piedras planas, algunos directamente en el suelo. Camila repartió lo último de agua que podían compartir sin comprometer las reservas. Esteban sacó la radio pequeña y la encendió, girando el dial lentamente.

La señal entraba y salía, como si alguien jugara con un interruptor invisible.

Estática.

Un fragmento de voz.

Luego silencio otra vez.

—…atención… zonas altas… —se escuchó apenas.

Todos levantaron la cabeza.

Esteban ajustó la antena y, por unos segundos, la voz se volvió más clara.

—…el gas continúa ascendiendo a un ritmo estimado de tres a cinco metros por hora…

Camila apretó los labios.

Era lo que ya sabían, pero escucharlo lo hacía más real.

—…en base a este ritmo, se estima que alcanzará los 1.200 metros de altura en un plazo aproximado de diez a doce días…

Alguien murmuró:

—Eso es Pisco Elqui…

La señal volvió a perderse, pero regresó unos segundos más.

—…si se mantienen las condiciones actuales, las autoridades recomiendan no permanecer en localidades bajo los 1.300 metros…

Esteban apagó la radio cuando la estática se volvió insoportable.

—Nos da margen —dijo—, pero no mucho.

—¿Cuánto? —preguntó Camila.

—Unos días… quizás una semana antes de que esto deje de ser seguro.

El silencio volvió a instalarse.

El cansancio ya no era solo físico; era mental, pesado, acumulado.

La señora del bastón respiraba con dificultad. El joven de la libreta se masajeaba las sienes, con el rostro enrojecido por el esfuerzo. Uno de los niños se sentó en el suelo y dijo simplemente:

—Me duelen las piernas.

Camila se acercó y se agachó frente a él.

—A todos nos duelen —dijo con suavidad—. Pero ya casi llegamos.

Le mostró el valle que se abría más adelante.

Entre los cerros, comenzaban a verse las primeras casas dispersas, pequeñas, blancas, aferradas a la ladera.

—Eso es Pisco —añadió—. ¿Ves? Ya estamos ahí.

El niño asintió, sin mucha energía, pero se puso de pie.

Esteban se levantó también y aplaudió una vez, fuerte.

—Último tramo. Vamos despacio, pero sin detenernos mucho. El cuerpo se enfría rápido cuando se queda quieto.

Reanudaron la marcha.

Cada paso costaba más que el anterior. Las mochilas parecían haber duplicado su peso. El aire era más fino, y algunos comenzaron a sentir un leve mareo.

Camila respiraba profundo, concentrada en no perder el ritmo.

—Nunca pensé que subir cerros se sentiría así —dijo, casi para sí misma.

—No es el cerro —respondió Esteban—. Es todo lo que llevamos encima.

Cuando el grupo alcanzó una curva del camino, el paisaje se abrió por completo. Pisco Elqui estaba allí, extendido bajo el sol, con sus parrones, sus casas bajas, sus cerros guardianes alrededor.

Nadie celebró.

No hubo gritos ni alivio exagerado.

Solo una sensación compartida:

habían llegado… pero el descanso sería breve.

Camila miró a Esteban.

—Profesor —dijo, con una sonrisa cansada—, ¿algún consejo final antes de llegar?

Él la miró, respirando agitado.

—Sí. No creer que este es el final del camino.

Y siguieron avanzando, con las piernas pesadas, el cuerpo exhausto y la certeza de que cada metro ganado era, por ahora, una pequeña victoria.