CAPITULO 11 #2
Los niños del grupo correteaban cerca, mientras las familias se acomodaban como podían entre carpas improvisadas, mantas tendidas en el suelo y fogatas que se encendían tímidamente al caer la noche.
El calor del día desaparecía rápido en Paihuano: en cuanto el sol se escondía detrás de los cerros, el frío descendía como un manto silencioso.
Esteban encendió una fogata pequeña con ramas secas.
El fuego iluminó los rostros cansados, pero al mismo tiempo les dio algo que hacía días no sentían: seguridad, aunque fuese momentánea.
—Parece mentira… —murmuró Camila mirando las llamas—. Hace unas semanas estábamos haciendo sopa de zapallo, sin imaginar nada de esto.
—El mundo cambió rápido —respondió Esteban—. Más rápido de lo que podíamos entender.
A lo lejos, se escuchaban voces alteradas.
Un grupo de personas discutía acaloradamente.
—¡Tenemos que seguir subiendo, ahora! ¡Esta misma noche! —gritaba un hombre.
—¡No esperemos que el gas llegue hasta aquí!
—¡No me pienso quedar para averiguar cuánto va a subir!
El ruido de mochilas arrastrándose y pasos apresurados llenó el aire.
Varios habían decidido continuar hacia Pisco Elqui durante la noche, sin descanso.
—Están desesperados —comentó Mauricio, que se acercó a la fogata—.
—No los culpo —respondió Esteban—. Pero avanzar de noche es peligroso. No conocen los caminos, podrían perderse o caer en alguna quebrada.
Mauricio asintió, mirando las estrellas.
—El miedo hace que uno deje de pensar.
Camila repartió un poco de pan duro que había guardado.
El frío empezaba a meterse entre los huesos.
Mientras hablaban, un joven se acercó al grupo, cargando una libreta llena de anotaciones. Era delgado, con anteojos redondos y una expresión inquieta, pero sus ojos brillaban con inteligencia. Camila lo había visto ayudando a varias personas más temprano.
—¿Puedo sentarme con ustedes? —preguntó.
—Claro —respondió Esteban, haciéndole un espacio cerca del fuego.
El joven se acomodó y clavó la mirada en las llamas por unos segundos antes de hablar.
—No sé si entienden lo que está pasando realmente —dijo en voz baja—, pero creo que no es solo el gas.
Camila lo miró con atención.
—¿A qué te refieres?
El joven abrió su libreta y mostró varios dibujos y diagramas: formas del relieve costero, esquemas del océano, líneas mostrando capas geológicas.
—Soy estudiante de geofísica —explicó—. Solo me faltaba un año para terminar. Y… creo que lo que estamos viendo no es natural. No completamente.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Quieres decir que alguien provocó esto?
El joven negó.
—No creo que sea “alguien”… pero tampoco es algo que simplemente ocurre. Los océanos no suben siete metros en semanas, ni liberan gas de esta magnitud sin un detonante colosal.
Esteban cruzó los brazos.
—Entonces… ¿qué hipótesis tienes?
El joven respiró hondo.
—La primera es tectónica: algo gigantesco ocurrió en las profundidades del océano. No un terremoto común… sino un desplazamiento del fondo marino. Ya sea una megafalla o un levantamiento súbito de la corteza terrestre.
Camila abrió los ojos.
—Eso podría levantar masas de agua…
—Exacto —continuó él—. Y liberar gas atrapado por miles de años. El problema es que… —hizo una pausa, mirando el cielo— esto no está ocurriendo solo en un punto del planeta. Los reportes indican que el gas se libera en TODAS las costas.
El fuego crujió.
Nadie habló.
—La segunda hipótesis —prosiguió— es aún más extraña.
Se inclinó hacia ellos, reduciendo la voz.
—Algo está pasando bajo el océano. Algo uniforme. Simétrico. Como si una masa gigantesca se estuviera moviendo lentamente desde las profundidades.
Mauricio tembló.
—¿Un volcán submarino?
—No uno —respondió el joven—. Muchos. O una estructura enorme… que aún no comprendemos.
Camila tragó saliva.
—¿Y la tercera hipótesis?
El joven cerró la libreta.
—Que el océano está “reajustándose”. Como si el planeta estuviera compensando algo que no sabemos. Como si… —miró a Camila— algo abajo hubiera despertado.
El silencio se apoderó del grupo.
Esteban miró hacia los cerros oscuros.
El viento soplaba frío, trayendo consigo un eco lejano, casi imperceptible.
Un sonido hueco.
Una vibración débil que venía desde el oeste.
—¿Escucharon eso? —susurró Camila.
—Sí —dijo el joven, con la mirada perdida—. Ese sonido… se está repitiendo cada vez más en todo el mundo.
Las personas que querían subir durante la noche ya estaban desapareciendo por el camino que sube hacia Horcón y luego a Pisco Elqui, sus linternas moviéndose como luciérnagas nerviosas.
Esteban agregó unas ramas más a la fogata.
—Nosotros saldremos al amanecer. No pienso arriesgarlos en la oscuridad.
Camila asintió y se apoyó en su hombro.
—Mañana será un día largo.
Nala y Oso se acostaron a los pies de ambos, temblando levemente por el frío o quizás por lo que sentían en el ambiente.
Y mientras la fogata crepitaba y Paihuano parecía contener el aliento, el grupo comprendió que no solo estaban escapando del gas.
Estaban escapando de algo más profundo.
Algo que el mar había estado ocultando durante miles de años.
La madrugada llegó antes de lo que esperaban.
No fue el canto de un gallo ni un reloj lo que los despertó, sino el frío. Un frío seco que se colaba entre la ropa y hacía crujir la tierra bajo los pies. El cielo aún estaba oscuro, pero en el horizonte comenzaba a dibujarse una línea pálida, casi gris, anunciando un nuevo día.
Esteban abrió los ojos y lo primero que hizo fue escuchar.
No había gritos.
No había motores.
Solo el murmullo lejano del río y el chisporroteo de algunas fogatas que aún resistían la noche.
Camila se incorporó lentamente, frotándose las manos.
—Ya es hora… —susurró.
Alrededor de ellos, otras personas también comenzaban a moverse en silencio.
Nadie hablaba fuerte. Era como si todos entendieran que ese momento requería respeto, concentración.
Las familias que habían decidido subir de noche ya no estaban.
En su lugar quedaban espacios vacíos, mantas olvidadas, huellas desordenadas que se perdían cuesta arriba.
Esteban se puso de pie y miró hacia la ruta.
—Desde aquí hasta Pisco Elqui… —dijo en voz baja— caminando tranquilos, deberían ser unas cuatro horas. Tal vez cinco con niños.
Camila asintió.
—Si todo sale bien, llegamos antes del mediodía.
La carretera estaba bloqueada varios kilómetros más abajo por derrumbes menores, rocas sueltas y vehículos abandonados sin combustible. Lo poco que alguna vez fue tránsito ahora era solo un camino de polvo y silencio. El mundo se estaba moviendo a pie.
Esteban que sabía de caminos, opto por continuar por senderos y atajos que el bien conocía para llegar lo antes posible al siguiente destino que era pisco Elqui.
Nala y Oso se levantaron de inmediato, como si supieran que era momento de partir. Sacudieron el polvo de sus lomos y se adelantaron unos pasos, atentos, vigilantes.
Un pequeño grupo se reunió espontáneamente alrededor de Esteban y Camila. Mauricio estaba allí, la señora del bastón, dos familias con niños y el joven de la libreta, que ahora llevaba su cuaderno bien sujeto dentro de la chaqueta.
—Si alguien no se siente capaz de subir, este es el momento de decirlo —dijo Esteban con calma—. No es una caminata fácil.
Nadie respondió.
Algunos bajaron la mirada.
Otros ajustaron sus mochilas con más fuerza.
Camila repartió un poco de pan antes de partir.
—Coman ahora. Después, en subida, cuesta más.
Comenzaron a caminar cuando el cielo apenas clareaba. Las primeras luces del día revelaron los cerros teñidos de tonos azules y violetas. El valle, visto desde allí, parecía tranquilo, casi hermoso. Nadie diría que el mundo estaba colapsando.
Durante la primera hora, avanzaron en silencio. Cada uno concentrado en su respiración, en el ritmo de sus pasos. El sonido de las mochilas, el crujir de la gravilla bajo las zapatillas, los jadeos suaves de los perros marcaban el compás.
Un niño rompió el silencio.
—¿Allá arriba también hay gas?
Su madre se detuvo, sin saber qué decir.
Fue el joven quien respondió, con cuidado:
—No lo sabemos. Pero mientras más alto estemos, más tiempo tendremos para reaccionar.
El niño pareció conforme. Siguió caminando.
Cuando el sol finalmente apareció entre los cerros, el calor comenzó a sentirse en la espalda. Camila se quitó una capa de ropa y miró hacia atrás. Desde esa altura, Paihuano ya parecía pequeño, como un recuerdo reciente.
—¿Lo hueles? —preguntó en voz baja.
Esteban aspiró con atención.
Había algo en el aire. Muy leve. Un matiz extraño, metálico, salino.
—Sí… —respondió—. Pero todavía está lejos.
El joven caminaba cerca de ellos, observando el terreno, el cielo, el comportamiento del viento.
—El gas es más pesado que el aire —comentó—. Se acumula en zonas bajas primero. Las quebradas profundas serán trampas. Tenemos que evitarlas.
Esteban asintió.
—Entonces seguimos por los lomajes.
A media subida, se cruzaron con personas que bajaban apresuradas desde más arriba. Sus rostros estaban desencajados.
—¡No se queden cerca en Pisco! —gritó uno—. ¡Dicen que el gas ya pasó los 200 metros en el sur!
—¿Lo viste? —preguntó Camila.
—No, por supuesto que no… pero lo dijeron en otra radio.
El grupo no se detuvo. Ya habían aprendido que el miedo viajaba más rápido que la verdad.
El camino se volvió más empinado. Las conversaciones se apagaron. Solo quedaban la respiración, el sudor, el esfuerzo compartido. La señora del bastón empezó a quedarse atrás, y sin decir nada, Esteban tomó parte de su carga. El joven se puso al otro lado para ayudarla a subir los tramos más duros.
—No pensé que el fin del mundo me pillaría subiendo cerros —bromeó la mujer entre jadeos.
Camila sonrió.
—Al menos no nos pilló sentados.
Cuando ya podían ver las primeras casas dispersas de Pisco Elqui, el sol estaba alto. El cansancio pesaba, pero también una extraña sensación de logro. Habían ganado altura. Habían ganado tiempo.
Camila se detuvo un segundo y miró hacia el oeste. El horizonte estaba cubierto por una bruma lejana, apenas perceptible, como una sombra que avanzaba lentamente.