CAPITULO 11
L a decisión estaba tomada.
No había más tiempo para debatir, ni para esperar señales divinas o científicas. El gas avanzaba desde la costa como una marea invisible, lenta pero imparable y Vicuña, aunque alta, no sería refugio por mucho tiempo.
Camila y Esteban comenzaron a moverse dentro de la casa con rapidez. El miedo ya no era un nudo paralizante: ahora era un motor, un empujón que los obligaba a actuar.
Esteban abrió el clóset y sacó dos mochilas grandes de trekking.
—No podemos llevar mucho —dijo—. Cada kilo demás nos va a matar en la subida.
Camila revisó la cocina y empezó a separar lo indispensable:
Harina.
Sal.
Tres kilos de zapallo ya picado.
Agua en botellas.
Té de matico.
Pan duro, que podía durar días.
Metió todo en bolsas pequeñas.
Cada objeto tenía un propósito.
Cada paso, un cálculo.
—Esto es lo que tenemos —dijo ella—. Si llevamos más, no avanzaremos.
Esteban asintió.
—Está bien. Comeremos poco, pero avanzaremos rápido.
Luego, él tomó una pequeña caja metálica.
—Fósforos, piedrita de chispa, alambre, navaja multiuso, linterna y baterías.
Camila puso la libreta turquesa dentro de la mochila.
Esteban la miró en silencio, pero no dijo nada.
Ella tampoco.
Ambos sabían que ese cuaderno, aunque inquietante, podía ser la única guía de lo que venía.
Nala y Oso olían el ambiente con ansiedad.
Parecían entender que se acercaba una mudanza de vida o muerte.
Camila se agachó y los abrazó fuerte.
—Ustedes vienen con nosotros —susurró—. Pase lo que pase.
Esteban preparó pequeñas porciones de comida para ellos, envueltas en telas.
—Van a necesitar energía para la subida —dijo.
Cuando salieron a la calle, el panorama era caótico.
Las cinco horas posteriores a la noticia habían transformado a Vicuña en un pueblo fantasma en proceso de fuga.
Grupos de familias caminaban hacia la cordillera, hacia Paihuano, cargando mochilas, carritos, lo que fuera.
Algunas lloraban, otras solo avanzaban en silencio, decididas a no mirar atrás.
—¡Esteban! ¡Camila! —gritó Mauricio, el vecino, con una mochila enorme—. ¿Están listos?
—Estamos empacando —respondió Esteban—. ¿Tú también?
—Todos —dijo Mauricio, señalando a la gente—. El gas va a llegar acá en unos días. No pienso esperarlo.
Una señora mayor se acercó, apoyada en un bastón.
—¿Ustedes creen que realmente subirá tanto? —preguntó con miedo.
Camila la tomó de la mano.
—No podemos arriesgarnos. Venga con nosotros.
La mujer negó.
—Mis piernas no dan para subir cerros…
—Yo la ayudo —dijo Esteban, firme.
La señora sonrió entre lágrimas.
Detrás de ellos, los niños jugaban a modo de despedida, como si no entendieran del todo lo que ocurría.
Un hombre intentaba subir su motocicleta a una camioneta, mientras su esposa gritaba que se apurara.
Todo era un caos ordenado por la supervivencia.
Esteban extendió el mapa sobre el capó de un auto abandonado.
La vela, protegida dentro de un vaso, iluminaba el papel tembloroso.
—Hay que subir a Paihuano primero —explicó—. Desde allí, seguir hacia Pisco Elqui.
—¿Y después? —preguntó Mauricio.
—Más arriba. Todo lo que podamos.
Camila señaló con el dedo una zona remota.
—Aquí. Alturas cercanas a los mil quinientos metros. Hay refugios de antiguos senderistas.
Esteban asintió.
—Es lo mejor que tenemos.
La gente alrededor escuchaba.
Unas diez, tal vez quince personas, se agruparon esperando instrucciones.
Camila sintió un peso en el pecho.
Ella no quería ser líder.
Pero la gente no tenía a quién seguir.
Esteban tomó aire.
—Salimos al amanecer. Nos moveremos en grupo. Nadie se queda atrás.
La comunidad asintió.
Algunos lloraron.
Otros apretaron los dientes.
El rumor en el viento —ese sonido hueco, bajo, persistente— seguía allí.
Más fuerte cada hora.
Como si el océano respirara cerca de sus oídos.
Camila y Esteban regresaron a casa para descansar unas horas antes de partir.
Las mochilas estaban listas.
La vela iluminaba la mesa con luz suave.
Esteban se pasó una mano por el cabello, agotado.
—¿Crees que llegaremos a tiempo?
Camila miró por la ventana hacia el oeste.
El horizonte tenía un tono rojizo, como si el mar reflejara un sol que nadie podía ver.
—Vamos a intentarlo… —respondió ella—. No podemos hacer otra cosa.
Él se sentó a su lado y le tomó la mano.
Por un momento, solo respiraron juntos.
Los perros se recostaron a sus pies, tranquilos pese al caos.
—Mañana —dijo Esteban finalmente— empieza la parte difícil.
Camila apretó su mano.
—Es lo que nos toca —susurró.
Y aunque intentaban dormir, sabían que en pocas horas comenzaría la marcha más importante de sus vidas:
la huida hacia las alturas, la única dirección donde aún había esperanza.
El amanecer llegó sin cantos de aves, sin motores, sin voces.
Solo un silencio extraño que parecía observarlos desde las montañas.
Camila abrió la puerta y el aire fresco entró de golpe.
El cielo estaba despejado, un azul profundo que contrastaba con el caos del mundo.
A veces, los días más terribles tenían los amaneceres más hermosos.
Esteban ajustó las correas de su mochila. Nala y Oso estaban inquietos, moviendo la cola como si entendieran que era día de viaje.
—Tenemos que avanzar temprano —dijo Esteban—. Si caminamos a buen paso, deberíamos llegar a Paihuano en tres horas y media.
—Eso es si no paramos —respondió Camila, calculando mentalmente.
—Sí… con el grupo, serán unas cinco.
Afuera, unas quince personas ya esperaban. Mauricio lideraba a dos familias con niños pequeños. Una señora mayor avanzaba apoyada en un bastón, sonriente a pesar del miedo.
—Buenos días —saludó Camila con una sonrisa cansada.
—Buenos no son, pero hay que caminar igual —respondió un hombre joven cargando a su hija.
Empezaron a avanzar por la ruta hacia Paihuano. El sol apenas tocaba las primeras lomas mientras los pies de todos levantaban un polvo suave. Para los niños, aquello parecía un paseo siniestramente largo.
—¿Vamos a acampar?
—¿Hay helados arriba?
—¿El mar nos va a seguir?
Las madres callaban. Los padres miraban el horizonte sin responder. Para distraerlos, Camila comenzó a contarles historias sobre las constelaciones del valle.
—Allá está Orión… y más allá la Cruz del Sur…
Los niños escuchaban fascinados, y por unos minutos, el miedo se detenía.
Esteban caminaba junto a la señora mayor.
—Si se cansa, me avisa.
—Ay hijo, yo he subido cerros antes que tú nacieras —respondió ella, con humor—. El gas no me va a detener.
Pero su respiración decía otra cosa.
Mauricio revisaba constantemente hacia atrás, como esperando ver la niebla del gas ascendiendo por el valle. No se veía nada, pero el ambiente tenía una presión rara, un silencio húmedo y un olor que no era ni tierra ni mar.
A las dos horas, se detuvieron bajo un algarrobo. Camila repartió pan duro y un poco de té frío. Mientras todos descansaban, un joven encendió una radio pequeña. La señal era débil, pero suficiente para escuchar al locutor.
—Radio Altura Continental… informando a quienes estén en zonas elevadas…
Todos se acercaron.
—El gas ha alcanzado los ciento cincuenta metros de altura en la costa de Chile…
Camila sintió la misma presión en el pecho que la noche anterior.
150 metros.
Todavía faltaba para el valle, pero avanzaba. Siempre avanzaba.
La voz continuó:
—En Perú, Ecuador y Colombia, ciudades completas han sido cubiertas por el gas. Las zonas costeras parecen… vacías.
Los niños dejaron de comer. Camila los tranquilizó con palabras suaves, aunque ella misma estaba temblando.
—A continuación, relato noticias internacionales…Asia vive una catástrofe. Japón evacuó casi toda su población a las montañas. Indonesia abandonó varias islas bajas.
—Estados Unidos declaró “Estado de Océano Hostil”. Europa observa una nube tóxica desplazándose desde sus costas.
Mauricio murmuró:
—El mundo entero está cayendo…
La radio cerró con la frase:
—Si está escuchando esto desde altura, no descienda. Él no se está deteniendo… El océano sigue exhalando.
El joven apagó el aparato, para ahorrar baterías. Nadie habló por un momento.
Reanudaron la marcha bajo un sol que empezaba a pegar fuerte. Camila se cubrió con un pañuelo. Esteban ajustó la mochila de un niño pequeño y le dio ánimo:
—Vamos, falta poco.
Cuando estaban a una hora de Paihuano, vieron gente bajando desde el pueblo: familias con carritos, bicicletas, animales cargados. Una mujer gritó:
—¡No se detengan! ¡La gente está subiendo más arriba! ¡Pisco Elqui está recibiendo personas!
—¿El gas? —preguntó Esteban.
—Dicen que en el sur ya llegó a los docientos metros…
Esteban apretó los dientes. Camila le tomó la mano. Nada más podía decirse.
Después de cinco horas agotadoras, por fin llegaron a Paihuano. El pueblo estaba irreconocible: lleno de carpas, fogatas, gente llorando, otras compartiendo agua y pan, rescatistas improvisados, niños perdidos buscando a sus padres. Parecía un éxodo bíblico.
Pero en medio del caos había humanidad.
Manos ayudaban a manos.
Desconocidos compartían comida.
Alguien tocaba una guitarra suavemente, quizás para no enloquecer.
Camila observó todo con ojos brillantes.
—Llegamos —susurró.
Esteban asintió, pero no con alivio:
—Sí… pero no podemos quedarnos aquí.
Ambos sabían que Paihuano era solo una escala.
El gas seguía subiendo.
Y sus horas de ventaja estaban contadas.
Aun así, por un instante, permitieron que los niños se sentaran, que los perros bebieran agua, que la señora mayor descansara bajo un parrón.
Solo un instante para recordar que aún eran humanos, no solo sobrevivientes.
Luego, el miedo volvería a empujarlos hacia las alturas.
Cuando finalmente encontraron un pequeño espacio libre cerca del río, Esteban dejó caer su mochila con un suspiro profundo. Camila se sentó en una roca cercana y estiró las piernas, adoloridas por la caminata. Ambos estaban agotados, pero vivos. Eso era suficiente, al menos por ahora.