CAPITULO 10
H abían pasado exactamente cinco horas desde la histeria en Vicuña.
Cinco horas de motores sonando sin descanso, de gritos, de familias huyendo hacia las montañas como si el cielo fuera a partirse en dos.
Pero ahora el pueblo estaba casi silencioso.
Solo quedaban unas cuantas personas que, como Esteban y Camila, sabían que subir más no garantizaba nada… al menos no sin información.
La radio —esa pequeña caja rectangular que parecía sostener el mundo entero— volvió a sonar.
El locutor, la única voz confiable que seguía transmitiendo gracias a una estación solar aislada en plena cordillera, hablaba sin pausa.
Su voz estaba ronca, gastada, pero seguía en pie.
—A todas las zonas altas que aún mantienen conexión… aquí Radio Altura Continental. Seguimos transmitiendo desde los dos mil trecientos metros de altura. Somos, por ahora, una de las pocas señales activas…
Camila se sentó junto a la radio con el corazón latiendo rápido.
Esteban, de pie, cruzó los brazos y cerró los ojos para escuchar mejor.
La voz del locutor cambió de tono.
Se volvió más grave, más pesada.
—Tenemos información urgente. Muy urgente. La ONU acaba de declarar Emergencia Global de Nivel uno. Esto no se había utilizado jamás. Ni en guerras, ni en tsunamis, ni en pandemias.
Camila apretó los labios.
Ese nivel de alarma no existía antes.
Era nuevo.
Era absoluto.
—Se pide a toda la población del planeta que se ubique en zonas altas de inmediato. Repetimos: zonas altas y mantener distancia absoluta de cualquier borde costero.
Camila miró por la ventana.
Vicuña al parecer estaba segura.
Más que segura: estaba protegida por la altura natural del valle.
Pero lo que vino después hizo que su sangre se helara.
—Nuevos reportes indican que el mar está desprendiendo un gas tóxico… altamente letal… que afecta exclusivamente a las zonas bajas.
Un silencio cayó sobre la casa.
Incluso los perros dejaron de moverse.
El locutor siguió:
—Las autoridades creen que este gas proviene de las profundidades oceánicas. Podría ser una mezcla de sulfuro de hidrógeno, metano, y otros compuestos que jamás habían emergido a la superficie en esta concentración.
Esteban abrió los ojos.
—Gas tóxico… ¿del mar?
Camila negó lentamente.
—No puede ser…
—Sí puede —respondió él, con voz quebrada—. Si el océano se movió… también cambió lo que hay adentro.
La radio volvió a hablar:
—El gas es letal en cuestión de minutos. Provoca desorientación, pérdida de conciencia… y una muerte rápida. Los síntomas concuerdan con lo reportado por rescatistas hace horas.
Camila sintió nauseas.
Todo encajaba.
—Lo más grave —continuó el locutor, respirando con dificultad— es que, debido a la gigantesca cantidad del gas emanando del océano, éste ha comenzado a ascender por las costas, lentamente, subiendo como una niebla venenosa hacia las zonas altas.
Esteban dio un paso hacia la radio.
—¿Qué tan rápido? —susurró.
Como si el locutor hubiera escuchado su pensamiento, respondió:
—Las últimas mediciones indican que el gas avanza entre tres y cinco metros de altura por hora, dependiendo del país. En algunos sectores más fríos, incluso más rápido.
—¡Eso es muchísimo! —dijo Camila llevándose la mano a la boca.
—Es como una marea… —agregó Esteban—. Una marea… pero en el aire.
El locutor prosiguió:
—Los especialistas dicen que el gas es más denso que el aire normal, por lo que subirá hasta alcanzar un punto de estabilidad. Se desconoce cuál será ese punto.
—Repito: nadie sabe hasta dónde llegará.
Camila sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Vicuña estaba a unos setecientos metros.
Si el gas seguía subiendo…
No quiso terminar el pensamiento.
La radio seguía, implacable:
—Las autoridades internacionales piden que aquellos que ya están en alturas no se muevan, no desciendan, no se acerquen a quebradas profundas, no busquen refugio cerrado sin ventilación, y mantengan vigilancia constante.
Pausa.
Un trago seco.
—La verdad, queridos oyentes… es que no sabemos si esto se detendrá.
Camila se llevó las manos al rostro.
Esteban la abrazó por los hombros.
El locutor terminó con una frase que heló el alma de todos:
—El océano… está respirando. Y lo que exhala… es muerte.
La señal se mantuvo abierta, pero no hubo más palabras.
Solo el viento golpeando el micrófono.
Afuera, algunas familias que aún quedaban en Vicuña comenzaron a gritar nuevamente.
Alguien gritó:
—¡EL GAS VIENE!
—¡EL MAR NO SE DETIENE!
—¡TENEMOS QUE SUBIR MÁS ARRIBA!
Motores otra vez.
Llantos.
Desesperación.
Pero dentro de la casa, entre el miedo y la lucidez, Esteban susurró:
—Camila…
—¿Sí?
—Tenemos tiempo. Todavía tenemos tiempo.
—¿Para qué?
Esteban la miró con una mezcla de miedo y esperanza.
Después del último mensaje del locutor, la radio quedó en silencio.
Ni estática.
Ni interferencia.
Solo un silencio tan profundo que parecía tragarse el aire dentro de la casa.
Esteban intentó ajustar el dial varias veces, pero la radio seguía muda.
Camila se mordió el labio inferior, nerviosa.
—Quizás la estación se apagó —dijo ella, intentando sonar tranquila.
—O quizás… —Esteban dejó la frase en el aire.
Nala y Oso se acurrucaron junto a la puerta, inquietos.
Los animales lo sentían todo antes que los humanos.
Afuera, el pueblo estaba otra vez en caos.
Gritos, pasos apresurados, motores acelerando.
Familias enteras cargando mochilas y sacos de dormir.
Una mujer lloraba abrazando a sus tres hijos.
Pero en la casa de Esteban y Camila, el silencio era distinto.
Era un silencio que exigía pensar.
Camila respiró hondo.
—Esteban… ¿dijo tres a cinco metros por hora?
—Sí —respondió él, sin apartar la vista de la radio apagada.
Ella caminó hacia la ventana y miró el cielo gris.
—Si sube a cinco metros por hora… ¿cuánto tardaría en llegar a Vicuña?
Esteban se quedó quieto.
Luego, lentamente, se levantó.
—Creo que es momento de hacer cálculos —dijo, con un tono serio que Camila rara vez escuchaba en él.
Fue a un cajón y sacó un viejo mapa de la región.
Lo extendió sobre la mesa.
Camila encendió una vela.
La luz iluminó los pliegues del papel como si estuviera leyendo una reliquia antigua.
—Vicuña está… —esteban movió el dedo— aquí. Aproximadamente a 709 metros sobre el nivel del mar.
—¿Y el gas?
—Está empezando desde cero… desde la costa —respondió—. Pero no sabemos si ya subió unos metros desde que avisaron.
Camila asintió lentamente.
—Usa el peor escenario: cinco metros por hora.
Esteban tomó un lápiz, hizo cálculos en el margen del mapa, murmurando cifras:
—Si sube a cinco metros por hora…
—Y tenemos setecientos metros de margen…
Camila lo miraba sin parpadear.
Cada número era como una cuenta regresiva.
—Cinco metros por hora… —repitió él— significa que en un día llega a ciento veinte metros.
—En dos días… doscientos cuarenta…
—En tres días… trecientos sesenta…
—En cuatro días… cuatrocientos ochenta…
—En cinco días… seiscientos…
Camila tragó saliva.
—¿Seis días?
—Seis días y algo más —respondió Esteban—. Quizás una semana completa… si no sube más rápido.
Camila apoyó las manos en la mesa.
—Eso no es nada de tiempo.
—Lo sé.
El viento golpeó la ventana, trayendo un olor tenue a tierra húmeda… y algo más.
Algo similar al mar.
A sal.
Ella lo notó.
Él también.
—Esteban…
—Sí —respondió sin dejarla terminar—. Tenemos que irnos.
—Hoy.
—Ahora.
Esteban volvió al mapa.
Movió la vela para ver mejor las curvas de nivel.
El papel temblaba ligeramente por su propia respiración.
—Aquí —señaló— Paihuano… mil metros.
—Y más arriba…
—Pisco Elqui, alrededor de mil doscientos
—Y las quebradas cerca del cerro Negro… mil cuatrocientos.
—Y más arriba, la ruta al paso de Agua Negra.
Camila se acercó a él.
—¿Esa zona es segura?
—Es lo más alto antes de entrar directamente a la cordillera.
Ella asintió.
Sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y determinación.
—¿Cuánto nos tomaría llegar?
En auto no podemos, está saturado.
—A pie… con carga… dos días al menos —respondió él—. Menos si avanzamos solo con lo esencial.
Camila se quedó callada unos segundos.
—Entonces no podemos llevar mucho.
—Nada que no podamos cargar —dijo Esteban—.
—Y debemos salir antes de que el gas llegue a 300 metros de altura.
La vela parpadeó.
Un sonido distante —una mezcla entre viento y un rumor extraño— atravesó el valle desde el oeste.
Esteban y Camila se quedaron quietos.
No era viento.
No era un avión.
Era un murmullo profundo, repetitivo, como un eco que ascendía desde el fondo de la tierra.
Nala empezó a gemir.
Oso se escondió bajo la mesa.
—Ya está subiendo —susurró Camila.
Esteban cerró el mapa lentamente.
—Entonces empacamos hoy. Y al amanecer…
—Nos vamos.
No lo dijeron, pero ambos sabían la verdad:
El valle, tan seguro por semanas, ya no lo sería por mucho tiempo.
Tenían días.
Tal vez menos.
Y el gas no negociaría con nadie.