CAPITULO 9 #2
—El número preliminar supera más de dos mil personas, aunque podría ser mucho más, considerando la falta de conectividad.
Camila se llevó una mano al pecho.
—Dios…
—Esto… no puede ser coincidencia.
—Los científicos no descartan que la composición del aire cerca del mar haya cambiado de forma drástica.
El corazón de Camila latía rápido.
Esteban apretaba los puños.
La radio seguía:
—En La serena, equipos de rescate reportan que los cuerpos “se desploman como si dejaran de sentir el suelo”.
—En Valparaíso, se escucharon sonidos huecos antes de múltiples desvanecimientos.
—En medios internacionales, los sobrevivientes describen una especie de hormigueo en la piel justo antes de caer inconscientes.
Esteban apagó la radio abruptamente.
El silencio golpeó la habitación.
Camila lo miró, tensa.
—¿Por qué siempre la apagas? —preguntó ella.
—Porque ya escuchamos suficiente.
—No, Esteban déjate de joder… tenemos que saber.
—¿Saber qué? —respondió él, frustrado—. ¿Que el mundo sigue cayéndose a pedazos? ¿Que la gente abajo está muriendo? ¿Que no hay explicación?
Camila tomó aire.
Se acercó y encendió la radio nuevamente, bajando el volumen.
—No se trata de eso —dijo, más tranquila—. Es que… esto no es un fenómeno aislado. Es global.
Ella volvió a mirar la libreta turquesa sobre la mesa.
Esteban siguió su mirada.
—No empieces con eso.
—Esteban… la profecía decía que la tercera alza sería juicio.
—Sí, pero no decía nada de esto.
—Tal vez sí —respondió ella, con la voz temblorosa—. Tal vez no supimos interpretarlo.
Silencio.
Solo el ruido del viento entrando por la ventana
Afuera, la vida parecía seguir su curso.
Los vecinos conversaban.
Los niños jugaban con piedras en la calle.
Una señora barría las hojas secas frente a su casa.
Los perros vagaban despreocupados.
La normalidad seguía, como si nada.
Pero la radio había cambiado algo.
Un ruido pequeño, invisible, se instaló entre cada respiración.
Camila se acercó a la puerta y observó el valle.
—Quizás… —continuó ella— el mar no fue lo peor.
Esteban frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Camila apretó los labios, indecisa.
—Que tal vez… lo que causa esto no es el agua.
Lo miró con los ojos llenos de miedo.
—Tal vez es lo que está debajo.
Esteban no respondió.
La radio volvió a emitir un breve comunicado final:
—Seguiremos informando. Si usted se encuentra en altura, permanezca allí. No se acerque al mar. No descienda. No investigue por su cuenta.
—Lo que está pasando… aún no tiene nombre.
La voz tembló.
Luego, estática.
Camila tomó aire, tratando de calmarse.
Esteban puso una mano en su espalda.
—Vamos a estar bien —dijo él, aunque ni él mismo estaba seguro.
Ella asintió.
Pero mientras el sol subía sobre el valle, ambos sabían que esa noticia —esa muerte silenciosa en las zonas bajas— marcaba el inicio de algo aún más grande.
Algo que el libro no había explicado.
O tal vez…
Algo que sí estaba escrito, pero aún no habían visto.
La noticia se propagó por el valle como un incendio en paja seca.
Primero fueron murmullos.
Luego gritos.
Y en cuestión de minutos, la tranquilidad de la mañana se quebró como cristal bajo una piedra.
Desde la casa, Esteban y Camila escucharon voces alteradas afuera.
Llantos.
Pasos rápidos.
Gritos desesperados que venían desde la plaza.
Camila abrió la puerta.
La imagen la dejó helada.
Una multitud se había reunido frente al edificio del municipio.
Algunos se tomaban la cabeza.
Otros lloraban sin siquiera poder hablar.
Un par de mujeres rezaban en un rincón, boca abajo contra el suelo.
—¡Dicen que la gente abajo se está muriendo! —exclamó un hombre joven, agitando los brazos—. ¡Que se caen muertos!
—¡Que es el aire! ¡O el agua! ¡O algo del mar! —añadió otro.
Esteban y Camila se acercaron, pasando entre los vecinos.
La angustia era tan densa que se podía sentir en la piel.
Un grupo de personas entre 30 y 40 años estaba cargando mochilas y empujando carritos con sus pertenencias.
—¿A dónde van? —preguntó Esteban.
Uno de ellos, con los ojos rojos y la voz temblorosa, respondió sin detenerse:
—¡Más arriba! ¡A Paihuano, a Pisco Elqui o donde sea! ¡Aquí tampoco estamos seguros!
—Aquí estamos a más de setecientos metros… —intentó decir Esteban.
Pero el hombre lo interrumpió:
—¿Y si el mar sube de nuevo? ¿Ah? ¿Y si el aire se contamina? ¡Yo no voy a esperar a que me pase lo mismo!
Al fondo, alguien gritó con desesperación:
—¡EL MAR NOS VIENE A BUSCAR!
El grito se repitió varias veces, amplificado por bocas temblorosas y almas rotas.
—¡El mar viene a buscarnos!
—¡No quiere detenerse!
—¡Tenemos que subir más! ¡Más arriba!
La histeria colectiva había comenzado.
Motores se escucharon encenderse de golpe.
Camionetas y autos cargados hasta el techo aceleraban cuesta arriba, levantando polvo y dejando una estela de ruido.
—¡Apúrense! —gritaba una mujer a sus hijos—. ¡Subamos! ¡Arriba vamos a estar seguros!
—¡No quieran quedarse aquí a morir! —repetía un hombre que corría sin rumbo, con una radio en la mano.
Camila sintió un nudo en el estómago.
Los perros del pueblo ladraban frenéticos, como si sintieran el pánico humano.
—Esteban… —susurró—. Esto es una locura.
—Es miedo —respondió él—. Solo miedo.
Pero incluso él tenía la mandíbula tensa.
La noticia de las muertes había llegado como una segunda ola.
Una ola sin agua, pero igual de devastadora.
Una señora mayor se acercó a Camila, llorando sin consuelo.
—Hija… mi hijo se quedó abajo, en Las Turquesa s… no quiso subir… ¿Tú crees que…? —su voz se quebró.
Camila la abrazó sin pensarlo.
—No sabemos nada con certeza —respondió—. Pero aquí arriba están más seguros. Mucho más seguros.
Esteban intentaba hablar con los hombres que preparaban camionetas.
—¡Calmados! —gritaba él—. ¡No tiene sentido subir más! ¡estamos a setecientos metros estamos fuera de peligro!
—¿Y qué sabe tú? —respondió alguien con rabia—. ¡ ¡NO has visto lo que pasa!
Las ruedas patinaban en la tierra seca.
Las bocinas sonaban sin control.
Niños lloraban agarrados a las manos de sus padres.
Un anciano gritaba:
—¡La Tierra va a tragar lo que queda! ¡Yo lo soñé! ¡No hay que quedarse aquí!
La histeria era como un viento negro:
penetraba sin permiso, se adentraba en la piel, agitaba los corazones.
Esteban apretó el brazo de Camila.
—Tenemos que alejarnos de este caos.
—Y ayudar a quien podamos —respondió ella, con voz firme.
Ambos dieron unos pasos hacia atrás.
Un auto pasó a toda velocidad, casi rozándolos.
Una mujer desde la ventana gritó:
—¡EL MAR YA ESTÁ SUBIENDO EN EL SUR! ¡LO DIJERON EN LA RADIO DE ALLÁ!
No sabían si era cierto.
Pero en el miedo, las fronteras entre verdad y rumor desaparecen.
La calma dentro del caos
Se refugiaron dentro de la casa.
Cerraron la puerta con suavidad.
El ruido afuera siguió rugiendo como una tormenta humana.
—Nunca pensé que veríamos algo así —dijo Camila, temblando.
—El miedo es contagioso —respondió Esteban—. Y ahora todos sienten que el mar… está vivo.
Ella lo miró con ojos abiertos.
—¿Tú lo crees?
—No —dijo él.
Pausa.
—No lo sé.
Camila tomó la libreta turquesa y la presionó contra su pecho.
Esteban se acercó y la ayudó a sentarse.
Afuera, los motores seguían subiendo.
Las voces se alejaban poco a poco.
El pueblo se vaciaba nuevamente… por pánico.
Dentro de la casa, solo quedaban ellos dos, el sonido de su respiración y una pregunta que flotaba en el aire como polvo:
¿Y si el juicio no era el agua, sino lo que venía después?