El abismo Turquesa CAPITULO 9
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CAPITULO 9

L a noche caía sobre el valle con un silencio casi absoluto.

Las fogatas se encendían temprano porque, sin electricidad desde hacía semanas, el pueblo había vuelto a una vida más primitiva: cocinar con leña, calentar agua en ollas ennegrecidas, dormir temprano, despertar con el sol.

La casa de Esteban y Camila estaba iluminada por dos velas y el brillo anaranjado del fogón.

El aire olía a humo, pan tostado y tierra fría.

Esteban se sentó en la mesa con un suspiro largo, frotándose la frente.

—Camila… esto ya es insostenible —dijo, con un tono que mezclaba cansancio y resignación—. Sin corriente llevamos… ¿cuántas semanas? ¿dos? ¿tres?

—Casi cuatro —respondió ella, sirviendo agua caliente en dos tazas desparejadas—. Aunque yo ya perdí la cuenta.

El ruido del viento atravesaba las paredes, trayendo polvo y un olor salobre que todavía resultaba extraño en el interior del valle.

Nala y Oso dormían a los pies de la mesa, agotados.

Esteban tomó su taza y sopló el vapor.

—La comida empieza a escasear. Los huertos están dando menos con este clima tan raro. Y sin electricidad… ni refrigeración… ni noticias claras…

Se detuvo un momento.

—Estamos viviendo a puro instinto.

Camila se sentó frente a él, con la libreta turquesa sobre las piernas, cerrada.

Miró la tapa gastada sin abrirla.

—Aun así… —dijo ella, casi en un susurro— la preocupación debería estar bajando.

Esteban frunció el ceño.

—¿Por qué?

Camila apoyó la mano sobre la libreta.

—Porque la profecía hablaba de tres alzas del mar. Y ya las tuvimos.

—Advertencia, ajuste y… juicio —completó Esteban, recordando las palabras.

—Sí.

Ella respiró hondo.

—Se supone que esto… ya está terminando.

Esteban se echó hacia atrás, mirando el techo ennegrecido por el humo de las velas.

—Entonces… ¿queda el cuarto evento? —preguntó con una mezcla de preocupación y duda—.

Camila se encogió de hombros.

—No lo sé. Pero si el libro decía la verdad… en teoría debería haber otra alza, una de carácter bíblica…

—Estamos a más de setecientos metros sobre el nivel del mar —agregó él—. Incluso si hubiese un alza correspondiente al cuarto evento … aquí estamos seguros.

Eso era cierto.

Vicuña estaba tan arriba que ni en los peores escenarios —ni siquiera en los cálculos más absurdos de maremotos o derretimientos polares— el mar podría llegar hasta allí.

Y la gente también lo sabía.

Por eso, en esos días, la desesperación inicial había cedido.

El valle ya no estaba lleno de gritos ni autos huyendo.

Ahora había conversaciones suaves, fogatas compartidas, ollas comunes y susurros que hablaban de reconstruir, no de escapar.

—Aunque… —dijo Esteban, mirando la ventana oscura—

—¿Aunque qué?

—Aunque la naturaleza no suele seguir reglas… ni libros.

Camila sonrió con tristeza.

—Ni siquiera las profecías.

Pasaron unos minutos en silencio.

Solo el chisporroteo del fogón llenaba el aire.

Esteban tomó un pedazo de pan y lo rompió en dos.

—¿Sabes qué es lo raro?

—¿Qué?

—Que la preocupación bajó… sí. Pero yo siento como si… como si algo faltara.

Camila levantó la mirada.

—Yo también.

Él la observó con atención.

—¿Es por la libreta?

Camila acarició el lomo del cuaderno turquesa.

—No es solo eso —respondió—. Es… todo. El silencio. El olor a mar que viene desde tan lejos. Los animales inquietos. Ese sonido hueco que dicen haber escuchado los rescatistas…

Se estremeció.

—El juicio fue el agua… pero la libreta nunca dijo que el juicio terminaría ahí.

Esteban se quedó quieto.

El viento golpeó la ventana con más fuerza, y por un instante la casa pareció crujir.

—Tal vez —dijo él, lentamente— el juicio no era para destruir.

—¿Entonces para qué?

Esteban clavó los ojos en la oscuridad.

—Para anunciar algo.

Camila sostuvo la mirada de él unos segundos.

Su voz salió apenas como un susurro:

—¿Algo que viene?

—Algo —repitió él— que todavía no hemos visto.

Cerca de la medianoche, mientras guardaban las tazas y apagaban el fogón, un murmullo lejano recorrió el valle.

No era el viento.

No era un avión.

No era un trueno.

Era algo hueco.

Profundo.

Un eco que venía desde muy lejos… o desde muy abajo.

Camila cerró los ojos.

Esteban se quedó inmóvil.

La libreta turquesa, sobre la mesa, vibró apenas.

—No… —susurró Camila, con el corazón encogido—. Esteban tragó saliva.

—Quizás no sea el mar.

—Entonces… ¿qué es?

Él no respondió.

Nadie lo hizo.

El valle entero había escuchado el sonido…

El amanecer llegó más cálido de lo esperado, a pesar de la amenaza de una cuarta alza.

El aire tenía ese olor típico del valle después de una noche fresca: tierra húmeda, flores de duraznero y leña recién encendida.

Por primera vez desde las alzas del mar, el ambiente se sentía…

casi normal. Camila salió al patio con una manta sobre los hombros y se encontró a Esteban agachado, revisando las plantas del huerto.

—¿Otra vez hablando con las acelgas? —preguntó ella, sonriendo.

—Si no les hablo, no crecen —respondió Esteban con tono serio, como si fuera un hecho científico indiscutible.

Camila rio por primera vez en días.

Esa risa suave rompió algo en el aire, como si la casa volviera a ser hogar y no refugio.

Nala se acercó moviendo la cola, y Oso se revolcó en la tierra como un cachorro. Los perros, ajenos al apocalipsis, parecían disfrutar la simpleza del sol.

Camila se agachó y tomó una hoja de albahaca.

—¿Hacemos pan amasado para la gente del refugio?

—Si queda harina, sí —respondió Esteban—. Y si no, hacemos sopa de zapallo.

—¿Otra vez sopa de zapallo?

—El zapallo es vida —dijo él, solemne.

Ella negó con la cabeza entre risas.

—Un día vas a convertirte en zapallo.

Ambos rieron juntos, una risa corta pero sincera, y ese sonido —tan simple y cotidiano— fue más sanador que cualquier palabra de esperanza.

Mientras amasaban el pan, Camila comentó:

—El estanque del agua está bajando más rápido.

—Sí. Varios vecinos están usando la acequia para lavar ropa.

—¿Y si hacemos turnos?

—Eso… o cobramos entrada para la ducha solar —respondió Esteban, levantando una ceja con humor.

Camila le dio un golpe suave con el cucharón.

—No seas pesado.

—Es broma —rio él—. Aunque… podríamos hacer talleres.

—¿De qué?

—De supervivencia.

Camila sonrió ampliamente.

—¿Y tú qué vas a enseñar? ¿Cómo hablar con acelgas?

—Exactamente.

Ese pequeño intercambio doméstico llenó la casa de vida.

Por un momento, el mundo no estaba hundiéndose ni cambiando de forma:

Eran solo ellos dos, la masa para el pan y el sonido de los perros jugando afuera.

A media mañana, caminaron juntos hacia la plaza con una olla grande de pan recién horneado.

El vapor escapaba entre las tapas, impregnando el aire con olor a casa.

Varias familias se habían reunido allí.

Algunos reparaban bicicletas, otros lavaban ropa en baldes, y un grupo de niños jugaba a perseguirse entre los árboles como si nada hubiera pasado en el mundo.

Una señora mayor los saludó con cariño:

—¡Mis niños! ¿Hoy también trajeron pancito?

—Hoy sí, señora Irma —respondió Camila—. Pero mañana prometo variar el menú.

—Mientras no me den más zapallo, yo feliz —bromeó la mujer.

Esteban levantó las manos, ofendido:

—¡El zapallo es noble, señora Irma!

—Y aburrido —respondió ella.

Las risas estallaron entre todos.

En un rincón, dos jóvenes armaban una pequeña radio con cables rescatados de autos dañados. Un señor acomodaba sillas para una improvisada reunión comunitaria.

Al volver a casa, Camila se sentó en la puerta con una taza de té.

—¿Sabes? —dijo—. A veces siento culpa por acostumbrarme.

Esteban se sentó a su lado.

—No es culpa. Es supervivencia.

Camila apoyó la cabeza en su hombro.

—Igual… extraño lo de antes.

—Yo también.

—La electricidad… la ducha caliente…

—La tele.

—Sí…

—Mi PlayStation —agregó él con tristeza exagerada.

Camila soltó una carcajada.

—¡No eres serio!

—Es verdad. Perdí un progreso de 20 horas.

—Esteban, el mar subió tres veces. El mundo cambió.

—Por eso mismo —dijo él—, al menos déjame llorar por mi Play.

Ella lo miró con ternura.

Y por primera vez en semanas, lo besó sin miedo, sin prisa, sin pensar en lo que podría venir después.

Ese beso tenía el sabor de un mundo en ruinas, sí,

pero también el de un mundo que aún quería seguir viviendo.

Amaneció con una brisa suave que movía las hojas de los durazneros.

El aire estaba fresco, casi agradable.

Camila salió al patio a estirar los brazos, mientras Esteban daba vueltas a la compostera y los perros corrían de un lado a otro, felices por la simple luz del sol.

Por un instante, la vida parecía sencilla de nuevo.

Esteban puso la radio sobre una mesa, como hacía cada mañana.

Era casi un ritual: revisar noticias buscando señales en la radio y enterarse de lo que pasaba fuera del valle.

La radio crepitó.

Camila le pasó una batería de repuesto que habían guardado para emergencias.

—A ver qué dicen hoy… —murmuró Esteban, ajustando el dial.

La señal entró con ruido, pero la voz del locutor se escuchaba más clara que de costumbre, aunque algo en su tono anticipaba que algo no estaba bien.

—A todas las zonas altas que aún tienen acceso a radios portátiles… esta es una actualización internacional urgente.

Esteban y Camila intercambiaron miradas.

El perro Oso dejó de mover la cola y se quedó quieto, algo que no hacía a menudo.

—Durante la madrugada, equipos de rescate y autoridades de varios países informaron un fenómeno preocupante.

Pausa.

—Personas que permanecieron en zonas bajas, o demasiado cerca de los antiguos bordes costeros, están muriendo de forma repentina.

Camila sintió un escalofrío.

Esteban se incorporó en la silla, apretando los labios.

La radio siguió:

—No hay un patrón claro. No hay signos de ahogamiento ni traumas. Simplemente… caen. Como si se desvanecieran.

Esteban frunció el ceño.

—Eso suena a…

—No digas nada —lo interrumpió Camila—, solo escucha.

El locutor continuó, ahora leyendo más rápido:

—Países afectados: Chile, Perú, Japón, Australia, Indonesia, Estados Unidos, Rusia, Nueva Zelanda, Filipinas… prácticamente todas las naciones con bordes costeros han reportado casos.