El abismo Turquesa Capitulo 2
17%

Capitulo 2

E steban era conocido en el Valle del Elqui como profesor de tiro con arco y guía de trekking.

No solo enseñaba a tensar la cuerda y a respirar antes de soltar la flecha, también invitaba a sus alumnos a descubrir la paciencia y el silencio que habitan en la montaña.

Además, ofrecía a visitantes y curiosos la posibilidad de alcanzar las cumbres de cerros y montañas que custodiaban el valle, cada uno con un secreto propio.

Había cerros donde, tras horas de ascenso, encontraba vestigios de los diaguitas: vasijas, puntas de flecha y fragmentos de cerámica que con cuidado entregaba después a los museos locales.

Otros guardaban ecosistemas inesperados, donde corrían caballos de pelaje largo y brillaban animales difíciles de ver en cualquier otro lugar, mientras cóndores planeaban en lo alto como guardianes del aire.

Algunos cerros estaban rodeados de leyendas de miedo.

El más famoso era el Cutún, un lugar donde, según se decía, aparecía una sombra de ojos rojos a los más valientes que osaban explorar sus rincones al caer la noche.

Esteban escuchaba estas historias con respeto, convencido de que la montaña siempre guarda secretos que no deben subestimarse.

Le fascinaba además una tradición curiosa: en varias cumbres había encontrado pequeñas hojas de papel o trozos de cuadernos, donde desconocidos dejaban poesías escritas a mano.

Versos sencillos, a veces profundos, que se quedaban allí, en el punto más alto de cada montaña chilena, como ofrendas al cielo.

El último cerro que subió, sin embargo, fue distinto a todos.

Desde temprano percibió algo extraño: el día comenzó a oscurecer antes de lo habitual, los animales se comportaban de manera errática —los caballos relinchaban sin razón, las aves callaban de golpe—, y en el atardecer había una densidad en el aire que lo hizo estremecerse.

Con la expedición que guiaba, debió descender con extrema cautela, sabiendo que cualquier error podía ser fatal en aquel ambiente hostil y desconocido.

Esa noche, al regresar a su hogar, Esteban sabía que alguien especial iba a volver de su viaje: Camila, su novia.

La habían conocido años atrás durante una expedición del proyecto Cumbres de Cóndores, una iniciativa que reunía a amantes de la montaña y la naturaleza para ascender cumbres seleccionadas en fechas determinadas.

Camila formaba parte del grupo de subidores de montañas y, desde el primer encuentro en el Cerro Tórtola, en la IV Región de Chile, congeniaron de inmediato.

Durante aquella primera subida junta, compartieron silencios llenos de respeto por el paisaje, risas que se escapaban entre las rocas y confidencias al compás de la respiración que exigía la altura.

Entre curvas y pendientes, descubrieron no solo la fuerza de la montaña, sino también una conexión que ninguno había sentido antes.

Sin embargo, no todo fue simple. Al descender aquel cerro, se toparon con una escena que los marcó para siempre: un hombre de nacionalidad japonesa yacía inmóvil, víctima de las terribles condiciones de la montaña.

La visión los dejó mudos, recordándoles que la naturaleza es hermosa, pero implacable.

Con el tiempo, la cercanía entre ellos creció.

Para su sorpresa, descubrieron que vivían en localidades cercanas, lo que facilitó encuentros fuera de las expediciones.

Aquellos paseos y ascensos compartidos los acercaron cada vez más, hasta que finalmente decidieron caminar juntos la vida como pareja, llevando consigo la pasión por las alturas y el respeto por cada cima que conquistaban.

Esteban se movía con calma por su cocina, mientras el aroma dulce y terroso de la sopa de zapallo llenaba el hogar.

Tenía una huerta abundante, con más zapallos de los que podía contar, y cada uno parecía llevar consigo el sol y la tierra del Valle del Elqui.

Mientras pelaba y cortaba los vegetales, pensaba en cómo aquel ritual sencillo lo anclaba a la cotidianidad después de jornadas agotadoras en la montaña.

El calor del fogón y el sonido del hervor le ofrecían un espacio para organizar su mente: al día siguiente tendría que exponer en La Serena sobre su ascenso al Ojos del Salado, el volcán más alto del mundo.

La idea de hablar ante un auditorio lleno lo emocionaba y a la vez lo inquietaba; no era solo una exposición de logros físicos, sino una oportunidad de transmitir la conexión íntima que sentía con la montaña y sus secretos.

Mientras removía la sopa, repasaba mentalmente los puntos clave de su charla: la logística de la expedición, la adaptación a la altura extrema, los instantes en que cada paso era un desafío, y los silencios que solo se perciben a más de seis mil ochocientos metros sobre el nivel del mar.

También pensaba en Camila, que llegaría esa noche y con quien compartiría detalles y recuerdos de cada cumbre.

Su presencia siempre lo llenaba de calma, incluso cuando la montaña se mostraba impredecible y exigente.

Con la sopa lista, sirvió un plato humeante y se dejó caer en su sillón favorito, mirando las luces del valle que comenzaban a titilar.

Por un momento, todo parecía tranquilo, pero el recuerdo de la última subida, esa oscuridad temprana y el comportamiento extraño de los animales, seguía rondando su mente.

Esa noche, mientras el aroma de la sopa de zapallo aún flotaba en la cocina, sonó el timbre. Esteban se levantó y abrió la puerta: allí estaba Camila, con su mochila colgada del hombro y una sonrisa que iluminaba la entrada.

—¡Hola! —saludó ella, con entusiasmo—. que bien la pase donde mi abuela, pero te extrañe mucho

Esteban asintió, conteniendo una emoción que no esperaba; hacía dos semanas que no se veían.

Tomó la mochila de Camila, más pesada de lo habitual; su abuela siempre insistía en darle jugos y galletas para que se los llevara a casa.

Mientras dejaban la mochila, comenzaron a ponerse al día sobre todo lo que habían hecho durante esas semanas.

Entre risas y anécdotas, también regalonearon a sus perros, Nala y Oso, guardianes de la casa, que ladraban con entusiasmo, pero se dejaban acariciar de vez en cuando.

Cuando Camila empezó a sacar sus cosas antes de acostarse, recordó la libreta turquesa que había visto en la casa de su abuela en El Salvador. La buscó y, con un gesto tímido y bajando un poco la voz, se la entregó a Esteban.

—Al momento de estar con mi abuela, encontré esto —dijo—. Me llamó mucho la atención. Es una especie de libreta de profecías que tenía cuando era pequeña; su amiga le dictaba cosas y ella las anotaba. La estuve revisando… y es realmente extraña. Muy intrigante.

Esteban frunció levemente el ceño, aunque no le dio demasiada importancia.

Tomó la libreta y hojeó las páginas: las palabras estaban escritas a mano, con fechas y eventos que a veces parecían cumplirse y otras no.

El orden era desconcertante: algunas profecías al final ya se habían concretado, mientras que otras, que aparecían al principio, aún carecían de sentido.

Era como si el tiempo en esas páginas siguiera su propia lógica, imposible de descifrar.

—Vaya… —dijo finalmente Esteban, intentando sonar casual—. Curiosa profecía…

Leía:

En la hora velada, el mar dejará de ser un espejo y se tornará en juez.

Sus aguas, que guardan memorias más antiguas que el hombre, comenzarán a reclamar lo perdido.

Tres veces llamará con su bramido profundo, y pocos entenderán su advertencia.

Los que lo ignoren verán cómo la línea entre orilla y abismo se desvanece como humo en el viento.

Y cuando la cuarta llamada despierte, ni montañas ni ciudades estarán a salvo, pues el mar no regresa jamás con las manos vacías.

"Cuando el cielo este naranja esto habrá llegado a su fin.

—Dice que ocurrirá mañana

¿Cómo puede saber que será mañana? Las fechas no aparecen…—murmuró Camila, atónita—.

—No lo sé, estaba bromeando —dijo Esteban, tratando de aliviar la tensión—. Esto es bastante interesante, prometo verlo con más calma después.

A Camila le pareció lo mejor. Sentir que no era necesario obsesionarse con la libreta le alivió un poco la preocupación que le causaba.

Esa noche, para despejarse, se recostaron juntos y vieron una película de Misión Imposible, donde Tom Cruise estaba en su primera misión y estaba haciendo una transición flameante entre un helicóptero y un tren. Ese fin de semana pasó sin grandes novedades.

La noche del domingo al dormirse, ambos sintieron algo extraño: como si sus camas se movieran suavemente, como flotando sobre agua. Fue un movimiento leve, apenas un par de minutos, pero suficiente para que Camila lo recordara con cierta inquietud al despertar.

Cuando abrieron los ojos, todo parecía más oscuro de lo normal.

Nadie dijo nada al principio. Miraron la hora y se dieron cuenta de que era muy tarde, pero la penumbra persistía.

Las luces exteriores, que normalmente se encendían por la mañana en la calle, permanecían apagadas. No había corriente eléctrica.

Esteban sintió un escalofrío. Tenía que dar una charla en La Serena y ahora no solo debía esperar más para subir a su locomoción, sino también lidiar con la ausencia de electricidad.

Se vistió a tientas, se lavó con agua fría del calefón eléctrico, y le dio un rápido beso de despedida a Camila antes de salir en busca de locomoción colectiva.

Para su sorpresa, no había ningún transporte funcionando. Los autos que veía desde lejos subiendo por la carretera principal eran muchos, pero ninguno bajaba. Esperó un largo rato, con el corazón latiendo más rápido, pero nada cambió.