Capítulo I #3
En la hora velada, el mar dejará de ser un espejo y se tornará en juez.
Sus aguas, que guardan memorias más antiguas que el hombre, comenzarán a reclamar lo perdido.
Tres veces llamará con su bramido profundo, y pocos entenderán su advertencia.
Los que lo ignoren verán cómo la línea entre orilla y abismo se desvanece como humo en el viento.
Y cuando la cuarta llamada despierte, ni montañas ni ciudades estarán a salvo, pues el mar no regresa jamás con las manos vacías.
"Cuando el cielo este naranja esto habrá llegado a su fin.
La joven intentó relacionarlo con algo que conociera, pero nada le venía a la mente. Eran visiones rotas, incompletas, como fragmentos de un sueño que se escapa al despertar.
Se saltó varias páginas en las que solo aparecían símbolos, trazos de dibujos extraños y fechas incompletas. Hasta que, casi al final, encontró la profecía que le provocó un escalofrío imposible de ignorar.
"La noche traerá el enemigo. No llegará con armas, ni con fuego, ni con agua. Será un susurro invisible que tocará la mente de los hombres. Dormirán y no volverán a abrir los ojos. El mundo se rendirá al sueño eterno, y entonces el fin habrá comenzado."
Camila sintió cómo su corazón se detenía un instante. Aquellas palabras no eran como las demás: no hablaban de un desastre natural, ni de una guerra, ni de un accidente. Era algo distinto, algo que se filtraba en lo más profundo del ser humano: el sueño.
Su respiración se agitó. Esas frases eran tan cercanas, tan amenazantes, que cerró la libreta de golpe. Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando la tapa turquesa cubierta de polvo, como si pudiera contener lo que estaba escrito en su interior.
Esa última profecía no hablaba de un hecho ya ocurrido. Era algo que aún estaba por venir. Algo que quizás ya había comenzado a desplegarse en silencio.
Camila comprendió, con un miedo inexplicable, que la libreta no solo contenía recuerdos del pasado… también era un mapa del futuro, y ese futuro parecía cada vez más oscuro
Camila respiró hondo y cerró la libreta con calma, obligándose a mantener la compostura.
Se repitió a sí misma que no debía dejarse llevar por el miedo: al fin y al cabo, eran solo palabras escritas hace décadas, casualidades extravagantes, coincidencias extrañas que su mente estaba interpretando a la luz de lo que ya sabía. Nada más.
Aun así, la inquietud la acompañaba como una sombra. Decidió dejar el cuaderno en la mesa del comedor y fue a buscar a su abuela.
Encontró a su abuela María sentada junto a la ventana, contemplando el horizonte desértico donde el sol se hundía detrás de los cerros, tiñendo el cielo de rojo. Camila se acercó con cautela, llevando la libreta en sus manos.
—Abuela… —dijo en voz baja—. Encontré esto en tus cosas. ¿Sabes qué es?
María giró lentamente la mirada hacia el cuaderno, y una expresión de desconcierto surcó su rostro. Lo tomó entre sus manos, lo observó como quien se encuentra con un recuerdo que no sabe si le pertenece, y luego sonrió con cierta tristeza.
—Cuando era chica… —comenzó a decir con voz quebrada—, escribía mucho. Mi mejor amiga y yo anotábamos cosas raras, sueños, historias inventadas. Creo que era nuestra manera de jugar. Pero la verdad, hija… apenas lo recuerdo.
Camila la observó con atención. Podía notar en su mirada un esfuerzo por reconstruir memorias que parecían difuminarse con el tiempo.
—He tenido problemas con la memoria estos últimos años —confesó María con resignación—. El médico dice que es parte de una enfermedad que avanza despacio algo de neuro dege no sé cuánto… A veces olvido cosas, nombres, hasta lugares donde he estado. Y de esa época… casi nada queda claro.
Guardó silencio, acariciando la tapa turquesa con los dedos como si buscara en ella un rastro de su niñez perdida.
—Quizás todo lo que escribimos fueron inventos —dijo finalmente—. Ya sabes cómo son los niños… imaginación desbordante.
Camila sonrió con ternura, pero en su interior las palabras de su abuela no hicieron más que aumentar sus dudas. Esa libreta no tenía nada de juego infantil: sus páginas hablaban de catástrofes, de tragedias demasiado reales para ser solo fantasía.
Durante las dos semanas siguientes, Camila intentó distraerse con la rutina del pueblo: caminaba por las calles polvorientas, ayudaba a su abuela en los quehaceres, se detenía a escuchar las historias de los viejos mineros que aún quedaban en El Salvador.
Pero, por más que lo intentaba, no lograba apartar de su mente las frases enigmáticas de la libreta turquesa.
Las noches eran las peores. Se despertaba sobresaltada, recordando las palabras sobre el “enemigo nocturno”, aquel susurro que condenaba al mundo al sueño.
El día de su regreso a Vicuña, Camila empacó sus pertenencias con cuidado. Antes de cerrar la mochila, dudó unos segundos frente a la libreta turquesa. Podría dejarla allí, olvidada como lo había estado por años. Pero algo en su interior, una mezcla de miedo y fascinación, la impulsó a tomarla.
La guardó entre su ropa, asegurándose de que nadie la viera.
Mientras el bus se alejaba del pequeño pueblo minero, Camila miró por la ventana los cerros rojizos del desierto, despidiéndose en silencio de su abuela y de aquel paisaje detenido en el tiempo.
Sin embargo, llevaba consigo algo mucho más poderoso que cualquier recuerdo: el secreto de la libreta turquesa, y la sospecha de que aquellas palabras, más que un eco del pasado, podían ser un aviso para el futuro.