El 7 de River Valley 60. Bastian
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60. Bastian

Bastian

—No dejéis que el marcador os limite, ¿entendido? ¡Somos los mejores!

Los gritos de ánimo de nuestro entrenador nos dan un poco de esperanza. Solo tres puntos y la victoria es nuestra.

Alzo los ojos hacia el marcador y cojo fuerzas.

Cuarenta segundos y todo habrá terminado.

Mi atención se desvía ligeramente hacia las gradas y veo a Chapi, que me mira con los ojos brillantes. Agita la mano para saludarme. Le guiño el ojo al mismo tiempo que me llevo la mano al pelo y trato de quitarme el sudor que me recorre la frente.

Y la busco de nuevo, por instinto.

Mi estómago se da la vuelta de golpe. Se me seca la boca y mi corazón empieza a correr desbocado. Como si no hubiera más de trescientas personas en las gradas, clavo mis ojos en ese punto concreto con la esperanza de que sea ella.

Y entonces, como sacada de un libro de esos que lee, la veo.

Está sentada con sus amigas, con una media coleta alta y el resto de su melena cayendo por sus hombros. Sonrío como un imbécil cuando veo que lleva puesta la camiseta de nuestro equipo.

¿Llevará la mía?

Atado a la cintura, parece llevar su cárdigan de color amarillo, y yo no puedo evitar soltar una risita, porque estoy seguro de que se está muriendo de frío, a pesar de llevar una camiseta de manga larga debajo y unos vaqueros ajustados.

Recobro las fuerzas y me alzo, y olvido por completo que mi entrenador sigue dándonos indicaciones para ganar. En cuanto Bee entra en mi campo de visión, se me olvida por completo mi objetivo de ganar.

Llevo pensando en ella más tiempo del que es recomendable. ¿Qué quieres que haga si la veo en las gradas? Pues perder la cabeza.

Me llevo la mano al pelo empapado en sudor y aprieto, porque lo único que quiero es echar a correr hacia ella. O gritarle para que me mire.

—¡Wolf! —Pero no puedo despegar los ojos de ella. De cómo habla animadamente con sus amigas y de lo bien que le queda la camiseta—. ¡Wolf! ¡Ven aquí, cojones!

Me muerdo los labios y me giro hacia mi equipo.

—¡A lo que tenemos que estar, eh! —grita con rabia.

La bocina suena. El silencio del público no hace más que incrementar ese momento de tensión en toda la cancha. Los jadeos de mis compañeros. El balón botando entre las manos de McKay y el chirrido de las playeras contra el suelo encerado.

Corro hacia el lado contrario de la cancha con la esperanza de que sigan la jugada y poder meter un triple de la forma que sea. Me da igual cómo.

A McKay lo empujan con fuerza y lo obligan a lanzar el balón a lo loco antes de que se lo quiten. Mi corazón se detiene de golpe. Kevin lo agarra y echa a correr hasta mitad de la pista, se para en seco y me mira antes de tirarme el balón.

Esa no era la puñetera jugada, joder.

—¡No hay tiempo! —grita Connor—. ¡Últimos cinco segundos!

Trato de mantener la calma, no es fácil hacerlo cuando por el rabillo del ojo veo como todo el mundo se ha levantado de las gradas y están con las manos en la boca, gritando para animar a unos y a otros.

Salto para recibir el balón y, cuando lo agarro entre mis manos y toco el suelo con los pies, hago un amago para distraer al contrario. Giro sobre mí mismo y salto, lanzando el balón al aro.

A todo o nada.

El balón entra sin rozar el aro justo cuando suena la bocina y toda la cancha estalla.

Hemos ganado.

Me llevo las manos a la cara y caigo al suelo de rodillas. No puedo contener las lágrimas por todas estas semanas de miedos y dudas. De mis propias inseguridades.

—¡Hemos ganado! —chillan todos.

Y, sin esperármelo, me agarran y me alzan en volandas.

Cuando miro de nuevo a las gradas, veo que Bee está levantada, y no sé si es porque todos estaban así o porque se quiere ir.

Mi corazón se frena de golpe.

—¡Bajadme! —exijo a voces, pero ninguno de mis compañeros me hace ni caso, y grito más fuerte—. ¡Que me bajéis, hostias!

En cuanto mis pies tocan el suelo, salgo corriendo hacia las gradas sin pensar en nada. Salto la valla sin dificultad y subo las gradas sin apartar los ojos de ella y de todos los movimientos que hace.

En cuestión de unas zancadas estoy en la entrada de su fila, y ella, que en todo este tiempo ha ido observando sus propios pies, como si no quisiera mirar por si se encontraba conmigo, se choca contra mi pecho.

Sorpresa, abejita.

Levanta la cabeza y tiemblo como una hoja cuando sus ojos se cruzan con los míos. Trago saliva con dificultad porque me moría de ganas de ver esa cara.

—Yo… —titubea, colocándose uno de los mechones sueltos de esa coleta tan sexy detrás de su diminuta oreja—. Enhorabuena.

Sonrío de lado y me inclino un poco hacia ella.

—Qué guapa estás, Bee —susurro con el aliento entrecortado y la miro con cariño de arriba abajo—. ¿Es la mía?

—¡Sí! —grita Adriel por detrás, y no soy capaz de aguantarme la risa cuando veo cómo las mejillas de Bee se ponen coloradas.

—Bien hecho, Adri —le guiño el ojo, y vuelvo mi atención a la chica que lleva mi camiseta—. Bee.

Me mira con los ojos brillantes y respira.

—Yo…

—Te he estado esperando… —jadeo, casi sin aliento y sin despegar mis ojos de los suyos.

—Lo siento, es que…

Se lame los labios nerviosa, y ese es el detonante para que deje de hacer el gilipollas y acabe con esa tontería.

—Lo importante es que estás aquí y no voy a dejar que te vayas otra vez.

Agarro su cara entre mis manos y la beso con desesperación, deseando que todo lo que siento se afiance entre nosotros de una vez.

Y ella reacciona de la mejor forma posible; colocando sus manos sobre mis antebrazos.

Por la forma en la que sus labios presionan los míos, intuyo que se ha puesto de puntillas, cosa que me parece lo más adorable del mundo.

Besarla sabe mejor que haber obtenido la victoria.

Su boca se abre a la vez que mi lengua busca la suya para bailar juntas. Los gritos de fondo llenan el estadio casi más que cuando hemos ganado, pero eso no hace que deje de besarla.

Sus dedos se clavan sobre mi piel sudada, y yo recorro cada rincón de su boca con una intensidad que quizá no debería mostrarse en público, y menos delante de nuestras familias.

Apoyo mi frente contra la suya.

—Sal conmigo —digo con la voz ronca y los ojos entrecerrados.

—¿Qué? —jadea.

Suelto una risita a la vez que me humedezco los labios.

—Una cita.

Sus mejillas arden cuando se da cuenta de la cantidad de gente que nos está mirando, pero nada de eso me frena para seguir hablando.

—Una de verdad. —La contemplo, loco por ella.

—¿Ahora?

—Ahora —asiento con una sonrisa.

Atrapo mi labio inferior con los dientes, esperando descubrir algo en ella que me deje ver que tiene las mismas ganas que yo de irse de aquí.

—Pero… —Me mira nerviosa—. ¿Y la fiesta?

Niego con la cabeza y gruño desesperado.

—La fiesta me la suda, Bee. —Me lamo los labios como forma de autorregular los pinchazos que siento en el estómago y lo rápido que me va el corazón—. Vámonos. —Entrelazo su mano con la mía y tiro un poco de ella.

Bee echa un vistazo a sus amigas, que la miran con una sonrisa en la cara y asienten.

Tener la bendición de su grupo me alivia un poco.

Sus ojos vuelven a mí, y mi corazón revienta cuando asiente con timidez, porque no lo dudo ni un segundo. Paso el brazo por la doblez de sus rodillas y la alzo llevándomela en volandas con los ojos de todos puestos sobre nosotros.

—¡Bastian! ¡Hay que recoger el trofeo! —gritan desde la cancha.

Me giro hacia ellos.

—¡Ya tengo el mío!