59. Bastian
Bastian
Llevo media hora dando vueltas con el corazón en la garganta y nervioso como un niño pequeño.
Y no porque el partido sea en cuarenta minutos y me quemen las ganas de volver a la cancha, sino porque tengo una sensación que nunca he sido consciente de haber sentido: es como si todas las cosas de mi vida estuvieran alineándose y saliendo bien.
Aunque eso no quita el ligero resquemor que me produce saber que las personas que deberían haberme querido y protegido nunca lo han hecho, y que son más importantes su reputación o la empresa que los ha hecho millonarios que su propio hijo.
Pero, quitando eso, que es algo con lo que tengo que vivir, siento que todo está saliendo bien.
Quizá soy un egoísta, pero quiero poner la guinda del pastel arreglando las cosas con Bee, pero no llega, y parte de mi esperanza de solucionar las cosas se diluye.
He mirado el móvil unas cien veces, pensando que quizá me había escrito un mensaje. Igual le había surgido algún problema o yo qué sé.
Pero nada.
Escucho la puerta a mis espaldas y giro la cabeza. Me agarro a la barandilla porque tengo la sensación de que, si me suelto, perderé el equilibrio.
—¿Qué haces aquí, colega? —Connor me sonríe a medias y yo finjo que no me destroza que sea él y no ella.
—El gilipollas —suelto, agotado.
Avanza despacio hasta colocarse a mi lado, con las manos en los bolsillos, apoyando su cuerpo contra la barandilla.
—No ha venido, ¿no?
—¿Tú la ves por algún lado? —Connor niega con la cabeza—. Pues eso. —Me crujo los dedos con fuerza.
—Bueno, tío, dale tiempo. Igual sí que viene.
—Ya…, sí. Igual.
Carraspeo y me estiro.
—Tenemos que entrar…
Trago y asiento antes de echar un último vistazo, como si fuera a aparecer de repente.
Como un rayo de sol en mitad de un cielo encapotado.
Connor pasa su brazo por mi hombro y me arrastra al interior.
—Todo saldrá bien, ya verás.
—Vamos a patearles el culo —suelto con media sonrisa.
Cada uno de mis compañeros tiene su propio ritual para llamar a la suerte, y la verdad es que yo nunca he tenido uno, pero hoy es distinto.
Antes de salir ahí fuera, me agacho junto a mi mochila de deporte y saco un trocito de esa bufanda amarilla.
La huelo y se me pone la piel de gallina. La beso y pienso en ella.
Joder. Cualquiera que me vea dirá que soy un cursi.
La guardo de nuevo y avanzo hacia la cancha, con el resto del equipo.
Los gritos y vítores de la gente me revolucionan el pulso.
Mi sonrisa se ensancha cuando veo a mi familia ahí, sonriéndome, con mi camiseta puesta. Creo que es la primera vez que tengo ganas de llorar por algo bonito. Por una emoción que no me desgarre el pecho de pena.
Los saludo y sigo buscándola, pero ella no está.
Nos sentamos en los bancos mientras las animadoras y la mascota del equipo hacen su trabajo.
Connor sale corriendo hacia un lado de las gradas y allí está Adriel, asomada a la barandilla con una sonrisa enorme en la cara, la camiseta de mi amigo y una coleta alta.
Se inclina todo lo que puede y él hace lo mismo hasta que se besan sin importarles si alguien los ve.
Sonrío y vuelvo a lo mío.
Cuando la bocina suena con fuerza, nos levantamos todos y, mientras avanzo hacia donde está mi entrenador, no puedo dejar de pensar en esa hora de sinceridad en la que iba a decirle lo que siento.
Que el trato no había sido más que una excusa para acercarme a una muchacha que me llamaba la atención de una forma que no sé explicar.
Pero no ha venido. Supongo que no fue más que una excusa para librarse de mí y no tener que verme más.
—¿Estás bien? —Connor me agarra del brazo y yo asiento.
—Vamos a ganar —le digo.
La bocina suena.
Que empiece el juego.