58. Beatrice
Beatrice
Con el corazón aún lleno de emociones por el día de ayer, avanzo hacia la cocina con Bloom entre mis brazos y me quedo quieta al ver a mi padre haciendo la comida.
—¿Papá?
Se gira de golpe, con un delantal mal puesto y el pelo desordenado.
—Hola, Bee.
—¿Qué haces?
—Eh. Bueno. Intentaba… darte una sorpresa.
Lo miro atónita, porque desentona muchísimo en ese ambiente.
Una parte de mí siente cierta ternura al verlo tan perdido entre los fogones de la cocina y, después de dejar a Bloom en el suelo, me acerco a él.
—Déjalo, anda. Al final vas a quemar la cocina.
—No, Bee. Déjame a mí. Te mereces que haga esto por ti. Aunque sea una minucia.
—Papá… —Me siento la peor persona del mundo—. No digas eso…
Sus hombros tiemblan y se apoya en la mesa. Baja la cabeza y el suspiro que suelta se me cuela debajo de la piel.
—Siempre he sabido que era un padre de mierda, pero nunca he tenido el suficiente valor para afrontarlo, porque… no sabía cómo hacerlo.
—No digas eso.
Me mira y la tristeza que veo en sus ojos me parte el alma, porque, aunque haya estado mucho tiempo pensando que mi padre nunca me ha querido lo suficiente, y que podría haber sido mejor, no puedo evitar sentirme una persona nefasta cuando sus palabras salen de su boca.
Supongo que es la primera vez que lo veo así de vulnerable, y no sé muy bien qué hacer.
—Llevo todos estos días pensando en lo que me dijiste, Bee, y estoy de acuerdo en todo. He meditado cómo se sentiría tu madre al respecto… Si ella supiera lo mal que lo he hecho…
Me acerco del todo a él y le coloco la mano sobre el hombro.
—Pero ella ya no está —digo con un hilo de voz.
—Y yo debería haber estado a la altura.
Supongo que sabe perfectamente lo que mi madre significaba para mí. Lo que era en nuestra casa y en mi vida, y el vacío que dejó al marcharse.
Un boquete en mi alma y en nuestra casa que mi padre no se encargó de rellenar. Simplemente, cerró con más fuerza la puerta de su taller y se encerró aún más en sí mismo.
—Sé que es tarde, pero lo siento —admite con la voz temblorosa y los ojos encharcados—. Si me dejas…, puedo tratar de hacerlo mejor a partir de ahora.
—Yo… solo quiero que estés. Igual que estaba ella.
No puedo decir nada más porque la emoción me embarga, supongo.
—Estoy muy orgulloso de ti, Beatrice. Tienes la misma alma que tu madre… —Sus ojos se ponen vidriosos a la vez que los míos—. Ella estaría orgullosa de ti.
Trato de gestionar el nudo de emociones que se me atasca en la garganta y me impiden decir absolutamente nada.
Me limpio las lágrimas con la manga del jersey.
—¿Y tú?
—¿Yo? Claro. Eres la hija que todo padre querría tener. —Me dedica una sonrisa—. Cuando te vayas a la universidad, esto se va a quedar muy vacío…
Se me atascan las palabras, porque, ya que estamos abriendo la caja de Pandora, pues la abrimos al completo.
—No sé si quiero ir a la universidad.
Mi padre pestañea un par de veces y, sin decir nada, se seca las lágrimas de la misma forma que yo.
—Ah. Yo pensaba que…, bueno, pues… ¿Y qué vas a hacer?
—¿No te molesta? —pregunto, confundida.
—¿Molestarme? ¿Por qué debería hacerlo?
—Bueno…, siempre has querido que sea excelente y que vaya a una buena universidad.
Niega con la cabeza.
—Yo quería eso porque pensaba que era lo que tú querías hacer. Pero a mí me da igual, Bee. Como si quieres dedicarte a pintar cuadros. Mientras a ti te haga feliz, me vale.
Qué pena que me haya pasado tantos años de mi vida dando por hecho que el caso que me hacía mi padre era cuando sacaba dieces, y resulta que eso le daba igual, él vivía en su propio mundo independientemente de mis notas.
—Pintar cuadros es una buena manera de ganarse la vida. —Agarro un delantal que cuelga del interior de uno de los armarios de la cocina y me lo pongo—. Esto del musical me ha hecho ver que tengo habilidades para las manualidades.
Nos reímos juntos mientras lo ayudo a preparar la comida.
—Puedes hacer lo que tú quieras, Bee. No lo dudes.
—Gracias, papá —susurro con timidez por la belleza de sus palabras.
—Gracias a ti por no odiarme.