El 7 de River Valley 57. Bastian
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57. Bastian

Bastian

Creo que jamás había recibido tantas palabras bonitas ni halagos por parte de gente cercana y profesores.

He de admitir que no me he sentido tan extraño como esperaba, porque parte de mi atención estaba en Bee.

En lo guapa que lucía y en lo muchísimo que quería estar con ella, y hablar de una vez las cosas.

Quería compartir con ella que tengo una familia. Una de verdad.

—Bee.

La llamo porque no quiero que se esconda de mí, y es que llevo buscándola desde que terminamos el musical.

O desde que el musical terminó conmigo.

Verla vestida de amarillo y bailar pegados me ha hecho papilla el cerebro.

En cuanto acabó la función, ella se fue corriendo adonde sus amigas y se lanzó a los brazos de su padre, y, aunque me habría encantado cogerla en volandas y llevármela lejos, mi entrenador me pilló por banda y no me soltó.

—Mañana te quiero ver con la equipación, Wolf. Tenemos un partido que ganar.

Y se marchó, dejándome una sensación de lo más extraña.

Ahora que la gente está empezando a dispersarse, no puedo dejar que se me escape.

—¿Vienes a casa o te quedas? —pregunta Luis, colocando la mano sobre el hombro de Chapi.

—Me quedo un rato —respondo, buscándola.

—No llegues muy tarde… Tienes que estar fresco para el partido de mañana, principito.

Lo hago añicos con la mirada.

—Qué gracioso eres, ¿no?

Don y Luis se carcajean con fuerza.

—¿No has pensado en dedicarte al arte dramático en vez de al baloncesto?

Niego con la cabeza y trato de ignorarlos, porque tienen la gracia en el culo.

—Gracias por venir, colega —revuelvo el pelo de Chapi con cariño.

Se encoge de hombros y me sonríe.

—Necesitabas mi apoyo…

Nos reímos a la vez y me muerdo los labios. Lo miro de nuevo y me sorprende que no deje de mirarme.

—¿Qué pasa?

—Tu sonrisa… Ahora parece de verdad. Como si no te costara hacerlo.

Echo el aire y mis ojos la buscan frenéticos de forma inconsciente.

—Habrá tenido una buena maestra —suelta mi tío Luis.

—Oye, me tengo que ir. Nos vemos luego, ¿vale?

—Venga, anda, vete. No queremos que se te escape.

Los miro, y ambos me están observando con una sonrisilla y los ojos entrecerrados. Echo a correr, tratando de esquivar a la gente que sigue amontonada en el hall .

Estiro el brazo y la agarro de la muñeca.

—Bee.

Me mira, sorprendida.

—Bastian… —susurra, y yo tengo que mantenerme firme para no deshacerme por la forma en que dice mi nombre.

Echo un vistazo a sus amigas, que nos contemplan con una sonrisa radiante, menos la que parece un perro de presa. Bee las mira de reojo y yo tiro un poco de ella para tener algo de intimidad.

Y para tenerla cerca.

Alza la cabeza y yo la inclino.

—¿Te vas? —pregunto ansioso.

—Sí…, íbamos a… —Se repasa con la lengua los labios, que aún están pintados de un rosa cereza. Labios que he vuelto a besar porque lo exigía el guion, y en los que parece que vivo anclado—. Bueno, a cenar.

—Ah. Ya.

Ella ladea la cabeza y hace que su pelo caiga en cascada por sus hombros.

—¿Qué querías…?

—Una hora sincera. —Abre los ojos de golpe y, joder, qué bonitos los tiene. Sin las gafas parecen incluso más grandes y brillantes—. ¿Se te ha olvidado o qué?

—No pensaba que… Ay, Bastian. —Se rasca la frente—. Pensaba que eso era parte de…

—¿De qué? ¿De la actuación? Bee…, por Dios. —Pongo cara de resignación sin dejar de agarrar su muñeca con suavidad—. Eso no estaba planeado, y lo sabes.

—Bastian…

Empieza a negar con la cabeza y mi corazón aporrea con fuerza contra mis costillas porque sé lo que va a decir y no quiero escucharlo.

Hoy no.

—Mañana antes del partido.

Pestañea y me quedo clavado en sus ojos como un gili­pollas.

—No voy a ir al partido, Bastian.

Exhalo, desesperado, porque siento algo en el pecho que me arde.

—Por favor, Bee —suplico, y yo nunca hago eso, joder—. Una hora, y luego si quieres no me vuelvas a hablar en la vida. Pero dame eso.

—¡Bee! ¡Nos tenemos que ir! —grita una de sus amigas, y yo me cago en todos los santos en voz baja.

—Me tengo que ir…

—Bee… —suplico.

—Una hora —suelta junto con un suspiro—. No más.

Asiento sin poder esconder la sonrisa que tira de la comisura de mis labios y veo cómo se va con sus amigas.

Connor se coloca a mi lado y me aprieta el hombro con fuerza.

—¿Cómo estás?

—Mejor —digo sin apartar los ojos de ella.

—¿Se lo has dicho?

Niego con la cabeza.

—Mañana.