56. Bee
Bee
—¿Estás lista?
—No.
Con el corazón a mil por hora, solo tengo ganas de echar a correr y no parar hasta llegar a un estado nuevo. Donde nadie me conozca.
Trago saliva e intento controlar mi pulso, pero el murmullo que escucho al otro lado del escenario no ayuda en absoluto. Como tampoco ayudó nada a aliviar la tensión el haber estado ensayando con Bastian hasta las doce de la noche. Ni sus miradas. Ni su cercanía. Ni que me acompañara a casa.
Tampoco su mensaje en mi teléfono móvil a las tantas de la mañana en el que me decía que sí o sí íbamos a hablar. Quisiera o no.
—Venga, Bee. —Adri me acaricia el brazo—. Lo vas a hacer genial. Tenéis una química bestial.
Trago saliva y le regalo una media sonrisa, porque de verdad que no sé cómo tomarme eso. Respiro hondo y, antes de salir, echo un vistazo a Bastian, que está al fondo, dando vueltas sobre sí mismo, con la cabeza gacha, y, como si sintiera mis ojos sobre mí, alza la cabeza y me mira.
Es curioso, porque ahora mismo sus ojos no tienen nada que ver con los de hace unos días. Ahora parecen esperanzados, llenos de vida.
Asiente con suavidad, alzándose en toda su altura.
Y movida por un impulso, salgo al escenario, porque creo que prefiero estar ante un público inmenso que soportar la forma en la que él me mira.
El silencio sepulcral hace que solo escuche los latidos erráticos de mi corazón y que busque a mis amigas entre las butacas para encontrar un punto de apoyo, pero, con las luces apuntándome directamente, me es muy difícil encontrarlas.
Me muerdo los labios y empiezo a caminar por el escenario; aunque eso no es lo que he ensayado, de alguna manera tengo que canalizar los nervios que me están impidiendo hablar.
Y, de repente, ocurren dos cosas:
1. Mis ojos se tropiezan de nuevo con los de Bastian, que en silencio me están gritando: «¡Puedes hacerlo!».
2. Cuando aparto mi mirada de la de Bastian, veo a mi padre al fondo, buscando un sitio donde sentarse.
Mis ojos se llenan de lágrimas al verlo ahí, porque creo que jamás ha venido a nada de este tipo, o al menos no tengo el recuerdo. No puedo creerme que, después de cómo estaban las cosas últimamente entre nosotros, haya venido.
Aprieto los labios para que no me tiemblen y esas dos cosas son las que, por fin, me hacen sacar la voz y empezar la actuación.
Es la primera vez que veo a Bastian en traje y ojalá nunca lo hubiera hecho, porque ahora ya no sé cómo voy a poder sobrevivir sin verlo así más veces; lleva el pelo medio húmedo peinado hacia atrás, aunque algún que otro mechón le cae por la frente.
El traje azul marino con detalles dorados pega con sus ojos e incrementa la dureza de sus rasgos.
La camisa blanca ligeramente desabrochada le da un aspecto más informal y demasiado atractivo.
La intensidad con la que sus ojos me hacen un repaso de arriba abajo no hace más que incrementar el enjambre de abejas que no deja de zumbar en mi estómago.
Me agarro la falda del vestido amarillo para no tropezarme cuando ambos caminamos frente al otro para quedar en lo alto de las escaleras.
Sin pestañear, se inclina ligeramente y extiende su mano hacia mí. Temblando, le doy la mía y, sin despegar sus ojos de los míos, me besa el dorso de la mano enguantada.
Dos segundos más y mis rodillas habrían cedido ante semejante hombre, pero, gracias a Dios o al papel que tenemos que seguir, y que, por cierto, él está haciendo mucho mejor que yo, continuamos con la actuación y ambos hacemos una ligera reverencia.
Bastian se yergue en su increíble altura, coloca el brazo para que me cuelgue de él y empezamos a descender.
Su perfume no ayuda en absoluto a que me tranquilice. Ni su altura. Ni sus ojos azules, que ahora mismo queman. Tampoco sus despampanantes facciones. Y mucho menos lo bien que le queda el traje.
Ahora mismo, en este preciso instante, Bastian parece escrito por una mujer, y eso vuelve las cosas todavía más difíciles.
Trago saliva cuando terminamos de bajar las escaleras y nos colocamos de frente; él se inclina y yo alzo la cabeza.
Y es ahí cuando me doy cuenta de que nunca nadie me ha mirado como lo hace él.
Con esa intensidad que me hace arder, y con una especie de ternura y admiración que me hacen sentir como nunca.
Se lame los labios y veo que ha abandonado mis ojos para mirarme la boca.
Acorta toda la distancia entre nosotros y coloca su enorme mano en mi cintura. El contacto de su piel sobre mi cuerpo me asfixia. Poso mi mano sobre su bíceps porque su hombro me queda demasiado alto, y eso le arranca una sonrisita que, la verdad, me gustaría ver más a menudo.
Empezamos a dar vueltas y a girar sin apartar los ojos del otro mientras la música suena.
—Estás preciosa —suelta con la voz ronca.
Pestañeo, porque eso no está en el guion. De hecho, el baile es en silencio, para escuchar la melodía que tocan nuestros compañeros.
No debería haber diálogo.
Avergonzada, bajo la vista, pero él habla de nuevo.
—No sientas vergüenza, y menos por algo que es verdad.
—Gracias —logro decir.
Sonríe a medias y, cuando hace eso, se le dibujan unas pequeñas líneas de expresión alrededor de los ojos que le suavizan mucho los rasgos e incrementan aún más su atractivo.
—Tú también —suelto con la boca pequeña, y eso le hace reír y alzar las cejas.
—¿Yo también qué?
Pongo los ojos en blanco y aparto la mirada porque siento cómo me arden las mejillas.
—Venga, Bee —susurra con la voz rasposa. Mi mote entre sus labios me hace mirarlo de golpe y encontrarme con su cara demasiado cerca de la mía—. Dame el gusto de oírtelo decir…
—¿Y qué gano yo con eso?
—¿Mi agradecimiento eterno? —se burla.
—Eso no me vale.
Se separa un poco y me hace girar, después tira con fuerza para pegarme contra su pecho.
—Pide lo que quieras y te lo daré.
La intensidad de su mirada me seca la boca.
Podría pedirle mil millones de cosas, pero creo que con una me bastará para solucionar todas mis dudas.
—Una hora de sinceridad.
Enarca las cejas, sorprendido por mi petición.
—¿Y luego? —pregunta, haciéndome girar de nuevo.
—Luego podremos volver a ser dos desconocidos con un puñado de recuerdos en común.