El 7 de River Valley 55. Bastian
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55. Bastian

Bastian

Es como si la vida me estuviera mandando un mensaje subliminal. Como si todo cobrara sentido (al menos en mi cabeza) y me gritara que todo esto era para lograr un fin: participar con Bee en el musical y, tal vez, conseguir que me perdone por haber sido un capullo.

Todos estos días he estado moviéndome por inercia. Como si me dejara arrastrar por una corriente que no sabía adónde me llevaba, pero poco me importaba. Y ahora sí sé a dónde quiero llegar. Lo que quiero conseguir con todo esto.

A la chica.

Bee es ese tipo de mujer a la que se conquista por detalles y que se abre poco a poco, de modo que te va dando migajas de sus sentimientos. En el momento en el que se abre por completo a ti, ahí está, es como encontrar un tesoro en el interior de una cueva. Como una rosa eterna.

¿El problema? Que todo eso que cuesta tanto ganarse puede perderse en cuestión de un segundo. Y eso es lo que me ha pasado a mí.

Ahora me encuentro frente a ella, con un maldito papel protagonista de un musical que no me interesa lo más mínimo y que, obviamente, dudo mucho de que beneficie en algo a mi carrera como deportista (si es que la hay).

Pero es que, una vez más, me he dejado llevar por un impulso cuando se trata de ella y sus ojos jaspeados. Me ha parecido muy sexy cómo se ha lanzado a ayudar a Adri cuando la pobre parecía a punto de mandarlo todo a la mierda.

Siento que el tiempo se me escapa entre las manos, porque, por un lado, mañana todo habrá terminado. Haremos esto y ya está. Nuestros caminos volverán a separarse, esta vez de forma definitiva. Ya no habrá nada que nos una.

—… ¡Bastian! —Adri grita, y me saca de mis mierdas.

—¡Joder! —Me llevo la mano al pelo—. ¿Qué?

Me mira con el ceño fruncido.

—Céntrate, por favor. Solo tenemos la tarde de hoy para hacer esto antes de cagarla delante de todo el instituto.

Gracias por los ánimos.

Aprieto los dientes con fuerza y cojo aire.

Bee no ha levantado la vista del papel en todo el tiempo que llevamos aquí metidos, y yo no soporto que no me mire.

Aunque sepa que lo merezco.

—Necesito que te metas en el papel, ¿vale? —susurra Adri con ternura.

Bee asiente con una sonrisa a medias y, entonces, clava sus preciosos ojos en mí y pierdo todo el sentido.

¿Esto es de lo que habla todo el mundo?

—Venga. Vamos a la siguiente.

Rezo para que no sea una de esas escenas de palabras bonitas y confesiones románticas, porque ahora mismo siento que me echaría a llorar.

Carraspeo y empiezo antes de que Adri me dé pie:

—No entiendo qué parte no has entendido de que íbamos a cenar juntos —subo la voz, mirando su preciosa cara, aunque ella siga con la cabeza gacha, observando su guion como si fuera lo más interesante que ha visto jamás.

—No tengo hambre —dice sin ninguna gana, y ahora empiezo a entender el enfado de la Bestia.

Cojo aire y una rabia que no tengo necesidad de fingir me llena las entrañas.

—Sal o echo la puerta abajo. —Doy un paso hacia ella, aunque no está indicado en el guion, porque en realidad se supone que ella estaría detrás de una puerta.

Adri hace el resto de los secundarios para ponernos en situación.

—Mi señor…, no creo que esas sean las mejores formas para que ella tenga ganas de cenar con usted… No estaría mal un poco más de… tacto o delicadeza.

Hago un gesto de fastidio, y con voz neutra me dirijo a Bee:

—¿Vas a bajar a cenar?

—No.

Acorto la distancia un poco más porque odio que no me mire y porque, para qué mentir, cualquier excusa es buena con tal de estar cerca de ella.

La echo de menos y no sé cómo decírselo.

—Te agradecería que me lo dijeras mirándome a la cara, Beatrice.

Levanta la cabeza de golpe y nuestros ojos se encuentran.

Me satisface mucho que sus iris estén sobre mí; todo mi cuerpo reacciona a ella con un fuego que me quema.

—Buena chica —ronroneo con una sonrisilla mientras me inclino hacia ella—. Ahora, dime. —Le miro la boca—. ¿Por qué no quieres cenar conmigo?

Se lame los labios y sé que le encantaría apartarse porque mi cercanía la intimida, y más después de todos estos días de mierda en los que no nos hemos dirigido la palabra.

—No somos amigos. —Sus palabras son como un dardo que se me clava en mitad del pecho—. No tengo que fingir que me apetece cenar contigo. —Sus ojos arden a través de sus gafitas y yo tengo que apretar los dientes con fuerza—. Los dos sabemos por lo que estoy aquí, así que no hay que fingir nada.

Mentiría si dijera que eso no ha sido como un puñetazo en la boca.

—¿Fingir? —suelto con una risita, y me meto la mano en el bolsillo del pantalón—. Yo no estoy fingiendo. —Me encojo de hombros y trato de mostrarme indiferente con ella, aunque ni de coña lo consigo—. Me apetece cenar contigo.

Podría asegurar con rotundidad que Bee es la primera persona que me despierta emociones a las que ni soy capaz de poner nombre. Con ella siento todo de una manera tan diferente que me asusta. Me estoy haciendo adicto a esa sensación que me provoca.

—Estás siendo demasiado considerado con una prisionera.

—¿Prefieres que te tenga encerrada y te tire un mendrugo por debajo de la puerta?

—Si así no tengo que verte la cara, sí.

La miro sorprendido por su respuesta y suelto un bufido, porque una de las cosas que más gusta de Bee es su ternura, pero… verla enfadada y hablándome así me pone más de lo que puedo soportar.

—Chicos… —La interrupción de Adri hace que Bee la mire, pero yo no aparto los ojos de ella. No puedo—. De verdad que me encanta vuestra capacidad de improvisación, pero… creo que deberíamos ceñirnos al guion, ¿no os parece?

—Perdona, Adri…

La puerta se abre de golpe y un chavalín asoma la cabeza.

—Adriel, ¿puedes salir un momento?

—¿Ahora? —refunfuña—. Estoy ocupadísima, por si no te has dado cuenta.

—Estamos teniendo problemas con el vestuario… y…

—Dios santo. —Pone los ojos en blanco y nos mira—. Seguid ensayando. ¡No improviséis! Ahora mismo vengo.

Cuando la puerta se cierra de golpe y nos quedamos completamente solos, la tensión se hace insoportable. Como si nos hubiéramos metido en un horno en plena ebullición.

No se me pasa por alto que los gestos de Bee ya no son tan bruscos ni seguros como hace cinco minutos.

—Oye, Bee…

Niega con la cabeza y clava sus ojos en mí.

—No. No lo hagas.

—¿El qué?

—Lo que sea que vayas a hacer que no tenga nada que ver con lo que pone en el papel. —Aprieto los dientes con fuerza—. Eso es para lo que estamos aquí.

Doy un paso hacia ella.

—Sabes que eso no es así.

Ella retrocede.

—No lo hagas más difícil de lo que ya es.

—¿Nervioso?

La pregunta de Luis me saca de mis pensamientos.

—Bueno. No es fácil plantarte delante de todo el instituto a representar un papel que te has aprendido en un día.

—Supongo que todos hemos hecho locuras por amor…, ¿verdad, Don?

—Ni que lo digas.

Me quedo quieto, con la cuchara a medio camino de mi boca, y aniquilo a Luis con la mirada.

—No me vaciles. Y más si no me vas a contar qué es lo que ha pasado con…

—¿Con tu padre?

Asiento en silencio.

—Ya está solucionado, Bastian.

—Eso ya me lo has dicho, pero no me queda claro ni cómo lo habéis solucionado, ni qué pinto yo en todo esto…

—¿No te vale?

—No. Yo quiero saber las cosas.

—No te vas a ir a Nueva York. Todo va a seguir como siempre. Vas a ir a la universidad y esta siempre será tu casa.

—¿Y ya? —pregunto con desconfianza—. ¿Ya está? ¿Tan fácil?

—Supongo que a un empresario de la magnitud de tu padre no le gustaría estar relacionado con una negligencia parental que le pueda llevar a la quiebra…

Alzo las cejas sorprendido porque sabía que mi tío Luis era listo, pero no tanto.

—Así que…

—Te quedas aquí y…, bueno, esto pensábamos hablarlo después de la final, pero, como eres un impaciente… —Desliza un papel hasta dejarlo frente a mí—. Si quieres, puedes constar como nuestro hijo adoptivo, como Charlie.

Un nudo se posa en mi garganta y me impide decir nada. Supongo que nunca me planteé la posibilidad de que mis tíos quisieran adoptarme de forma oficial, nunca fue una posibilidad para mí, y ahora que es algo tangible no soy capaz de decir nada.

Joder. Qué imbécil.

No soy capaz de levantar la mirada del papel, porque supongo que me da vergüenza que me vean llorar de la emoción.

—¿Bastian? ¿Estás bien?

Me muerdo los labios con fuerza y lo miro.

—Supongo que todo lo bien que puede estar un chaval que ha encontrado una familia.