54. Bee
Bee
Podría decir con total libertad que estos últimos días han sido de los peores de mi vida en el plano emocional: ya no solo por el vacío que he sentido al no tener clases con Bastian y todo lo que eso suponía, sino que también una parte de mí ha echado mucho de menos a Chapi y al resto de su familia.
Mi padre lleva desde que le grité encerrado en su taller, qué raro, y yo tampoco he intentado hablar con él.
Ahora mismo no me veo preparada para enfrentarme a él.
Los parciales me han quitado una porción de mi tiempo, y aun así siento que no he podido prepararlos bien porque tenía la cabeza en mil cosas diferentes, encima de que ponerme a estudiar no hace más que recordarme que ir a la universidad es un futuro que cada vez me gusta menos.
Por otro lado, encontrarme con Bastian cada tarde en el auditorio tampoco ha sido algo fácil, y mucho menos después de sus disculpas en el pasillo, como si quisiera arreglar las cosas deprisa y corriendo.
Parecía desesperado por arreglarlo así sin más, pero ¿para qué?
Una parte de mí no ha podido dejar de pensar en el espejo. En el padre de Bastian. En sus tíos. ¿Cómo estará él? ¿Qué habrá pasado finalmente con eso?
Me encantaría preguntárselo, porque estos últimos días iba por los pasillos como un autómata.
—¿Cómo lo llevas?
La vocecita de Adri irrumpe en mis pensamientos y la observo. Está cagada de miedo porque mañana estrenamos el musical.
Mañana todo esto habrá terminado y, aunque lo estoy deseando, una parte de mí no quiere asumir que dejaré de verlo tan seguido. Que él volverá a su vida y a su baloncesto, y yo, a mis libros.
—Bien.
—Bee. Llevas unos días muy apagada…
—Se me pasará. —Le dedico una sonrisa fingida—. No te preocupes. La primavera la sangre altera. —Le saco la lengua y pestañeo de forma exagerada.
—Pero ¡¿qué cojones haces?!
Alzo la cabeza ante los gritos que llenan el auditorio y veo a la pareja principal enfrentándose, y, aunque no es algo extraño, porque son novios en la vida real y ya han discutido alguna vez en los ensayos, nunca los había visto de esa forma.
Adriel corre hacia ellos.
—¿Se puede saber qué pasa? ¿Sois tontos o qué?
—Tú, cállate —grita Sierra Byrd con la cara roja—. Esto no tiene nada que ver contigo. Mi problema es con él. —Señala a su novio—. Que es un cerdo.
Joel Morris está tocándose la mejilla, y de verdad que si las miradas matasen…
—¡Yo no he hecho nada! —se defiende a gritos.
—Ah, ¿no? ¿Y qué hacías metiéndole la lengua hasta la campanilla a Alisson Read en los baños de arriba? ¿Eh? ¡Pedazo de asqueroso!
Él no dice nada, y en este tipo de situaciones, si no dices nada…
Todo el auditorio se queda enmudecido y esperando, observando en absoluto silencio cómo se enzarzan en un duelo de miradas que van y vienen y que se alarga demasiado para mi gusto.
—¡Se acabó! ¡Tú y yo hemos terminado!
—¡Vale! ¡Me parece perfecto! ¡Ya era hora! —grita él, haciéndose el machito delante de todos—. ¡Nunca he querido estar contigo!
Cierro los ojos y niego con la cabeza, porque ese tipo de discusiones me ponen del hígado.
Me parecen argumentos absurdos que no consigo comprender; si la quieres o si te gusta, estás con ella.
Si no te interesa, no estás. No es tan difícil, ¿no?
¿Por qué los seres humanos hacemos todo tan complicado?
¿Y por qué yo alardeo de ese tipo de actitud si ahora mismo soy la primera que está haciendo lo contrario a lo que desea?
Miro de soslayo a Bastian, que ni ha levantado la vista para centrarse en la movida. Lleva varios días ausente, como si hubiera tantas cosas en su mente que no le permitieran ver más allá. ¿Habrá pasado algo grave en su casa después de aquella tarde?
—¡Que te den, capullo!
—Oye, chicos… —Adriel intenta meterse en medio de esos dos, pero no le sale bien.
—¡No intentes convencerme de nada, Porter! —grita desquiciada, y mira a Joel por última vez—. Esto se acaba aquí.
Sierra se da la vuelta, moviendo su melena con ímpetu, y baja las escaleras del escenario con la cabeza bien alta y paso firme.
—¡Que te jodan! —grita Joel con las manos a ambos lados de su boca para que se le oiga mejor.
Sierra hace un corte de manga y reina el silencio cuando la puerta se cierra de golpe. Joel nos observa a todos y mira a Adriel.
—Yo me piro también.
—¿Qué dices? —grita Ariel, desquiciada—. ¿Cómo que te piras?
—Hombre, no te jode. Estaba metido en esta mierda por ella. Porque quería ser la puta Bella y, si me negaba, me quedaba sin pelotas para el resto de mi vida.
—¡Fuera! —grita Adri con el brazo extendido hacia el lateral del escenario.
—¿Cómo?
—¡Que te vayas!
Joel la mira como si deseara fulminarla. Parece que no le gusta que las mujeres lo dejen en ridículo, cuando no le hace falta absolutamente nadie para hacerlo; él es bastante idiota como para conseguirlo por sí solo.
Aprieta los puños a ambos lados de su cuerpo y se va sin decir nada.
Cuando la puerta vuelve a cerrarse, Adriel se deja caer de cuclillas, haciéndose una bolita. Entierra la cabeza en las manos y rompe a llorar.
Corro hacia ella y me arrodillo a su lado.
—Adri…, tranquila, ¿vale? —susurro, acariciando su espalda con ternura—. Lo sacaremos adelante.
Levanta la cara y se me parte el alma al ver sus ojos enrojecidos y llenos de lágrimas.
—¿Qué voy a hacer, Bee? —Los sollozos no le permiten hablar con fluidez—. No tenemos tiempo para…
Mira a su alrededor y se echa a llorar de nuevo.
Y en ese momento algo que muerde y araña dentro de mí me hace alzar la voz.
Supongo que en el fondo era algo que quería hacer, pero que nunca me había atrevido a dar el paso por miedo a no ser capaz. Pero estas últimas semanas he visto que sí soy capaz de hacer cosas que pensaba que estaban reservadas solo para los demás.
—Yo seré Bella.
Sus ojos de color turquesa se abren de golpe, iluminados por la esperanza.
—¿Lo dices en serio? —Su voz tiembla.
—Claro. ¿No te parece que me pega?
Adri se ríe con nerviosismo terminando de expulsar las lágrimas que cuelgan de sus preciosos ojos.
—Llevo aquí demasiadas tardes como para sabérmelo de memoria… Además, sabes que tengo debilidad por Bella y Bestia.
Adri se gira por completo hacia mí y me abraza, haciendo que casi pierda el equilibrio.
—¿Te he dicho alguna vez que eres la mejor?
—No tantas como me gustaría —bromeo.
—Vale. Ahora solo falta Bestia.
Antes de mirar a quien sé que va a mirar, Adriel me observa; no me pide permiso con sus enormes ojos, sino perdón, porque sabe cómo está la situación y es consciente de que lo que va a hacer va a empeorarlo todo.
—Bastian… —dice con la voz aún temblorosa, y mi estómago cae en picado—. Por favor…
Veo que su mandíbula y todos los demás músculos de su cuerpo se tensan a la vez y me lanza una mirada fugaz antes de ceder.
—¿Qué quieres que haga?
Mi corazón me hace daño entre los huecos de las costillas.
—Necesito que saques la Bestia que llevas dentro.