53. Bastian
Bastian
La sensación de caminar sobre una cuerda floja. De mirar, pero sin ver. Respirar y sentir que se te clavan cristales con cada exhalación.
La terrible sensación de regresar al pasado una y otra vez.
Y de saber que no puedes hacer nada para cambiar todo lo que se te viene encima, como si tu destino estuviera escrito.
Como si ya no fuera suficiente desgracia para mí compartir genes y un pasado con ese señor al que ni siquiera puedo llamar «padre» porque jamás ha cumplido ese papel.
Me paso el día como ausente, vagando por mis recuerdos constantemente. Con una sensación desagradable en la boca del estómago y unas ganas increíbles de salir corriendo a mi casa.
Con mi familia. La de verdad.
La que no se elige, pero los que sí me han elegido todos y cada uno de los días desde hace diez años.
—¡Ey! —La voz de Connor me saca de mi bucle—. ¿Qué tal estás? No tienes buena cara.
—Gracias.
—Joder. Ya sabes a lo que me refiero.
—No he dormido muy bien.
—¿Nervioso?
Me tenso un poco y lo miro.
—¿Por qué debería estarlo?
—La final es la semana que viene, Bastian.
Me quedo rígido porque me había olvidado por completo de la final. Supongo que tengo que darle las gracias al capullo de mi padre por hacerse con el monopolio de mi cabeza.
Gracias por eso.
—¿Y? —Levanto los hombros—. ¿A ti alguien te ha dicho que puedes jugar? —Connor niega con la cabeza apesadumbrado—. Pues eso.
—Yo no pierdo la esperanza. Seguro que, cuando menos lo esperemos, aparece el entrenador para darnos la noticia.
Niego con la cabeza y, como si toda esa nube negra se hubiera medio difuminado de mi mente, la busco con los ojos, porque supongo que todo siempre termina llevándome hasta ella.
A una chica que la última vez que me miró a la cara salió corriendo como si yo fuera esa bestia que siempre se han encargado de hacerme ver.
—Oye… ¿Has visto el coche que había aparcado en tu puerta?
Suelto todo el aire y aprieto mi mochila con fuerza.
—Era mi padre.
—¿Qué? ¿Y pensabas callarte, cabrón?
—¿Y qué quieres que te diga? Ni yo lo sé.
—Pero…
—Quiere que vuelva a Nueva York.
—¡¿Qué!? Pero… no puedes irte. Ni de coña.
Le dedico una sonrisa ladeada y digo que no con la cabeza.
—Esa es la intención. Por eso mismo, ahora solo quiero llegar a casa y hablar con mis tíos. Necesito salir ya de esta situación de mierda.
Caminamos sin un rumbo fijo, o al menos yo no lo tengo, y por eso siento que me dejo llevar movido por la corriente. Por mi mejor amigo, que va ligero como una pluma y, entonces, cuando giro la cabeza, la veo.
No es muy complicado verla entre una multitud, porque destaca de una forma que no sé cómo explicar.
Se me para el corazón, porque hacía unos días que no la veía y lo he sentido como semanas enteras.
Ni yo le he escrito ni ella a mí, y supongo que quizá nos hacía falta esto.
A mí, para centrarme en solucionar parte de mis problemas sin hacerla responsable de ellos, porque no es así. No puedo ser cruel con ella.
Ha habido una falta de comunicación y ya está.
Podemos arreglarlo.
—Luego te veo —susurro a Connor, y avanzo hacia Bee, que va distraída mirándose los pies. Y como la delicadeza no es uno de mis puntos fuertes, me planto frente a ella y le obstaculizo el paso.
Alza la cabeza hacia mí y no me gusta la expresión con la que me observa.
—Hola, abejita —suelto con una timidez que no es propia de mí, pero ella no me responde. Desvía la mirada hacia ambos lados como si no comprendiera mi actitud.
»Oye, Bee. —Me toco la nuca—. Que…, bueno, quería dis…
—Me tengo que ir —me corta antes de que pueda terminar la frase—. Lo siento. Tengo prisa.
Hace un quiebro y pasa por delante de mí.
La agarro del brazo y tiro de ella hasta pegarla contra la pared.
—Bee. Mírame, por favor.
Ella hace lo que le pido y, en ese momento, no sé qué hacer. ¿Cómo abordo todo esto que siento? ¿Cómo le digo que llevo días sin dormir porque el temor de dejar Chicago me paraliza? Que me comporté como un gilipollas con ella cuando solo trataba de ayudarme.
—¿Cuándo seguimos con las clases? —pregunto en un tono distendido, dejando a un lado todo lo demás, pero ella me mira confusa, como si no se esperara eso por mi parte. Y puedo entenderlo, pero ya sabemos que lo mío no son las palabras.
—Bastian…, se acabó.
—¿Qué?
—El trato. Creo que ya ha llegado a su fin.
—¿Por qué? Si aún falta…
—Ya ha cumplido su función.
—Bee, si es por… —Aprieto los dientes con fuerza—. Fui un gilipollas, ¿vale? El otro día con lo del espejo y todo eso. Pero… es que… —Miro al techo desesperado por encontrar las palabras adecuadas—. Me superó. Todo. Y no sabía cómo gestionarlo… No…
—Está bien. Tú no hiciste las cosas bien y yo tampoco. No pasa nada.
—¿Y ya está? ¿En serio?
—Nunca hemos compartido nada más allá de este trato.
Me quedo rígido ante la frialdad de sus palabras y lo mucho que esquiva mi mirada.
—¿Me dejas? Tengo prisa.
Me aparto de su lado para dejarla libre y la veo marchar.