51. Bastian
Bastian
Tener a mi padre frente a mí después de casi diez años sin verlo no está siendo fácil de procesar. Pero ni de coña.
A pesar de que la cafetería está llena de ruidos de platos y tacitas. De las voces de los clientes y los trabajadores. Del olor al pan recién hecho y a la bollería. De la campanita que tintinea cada vez que alguien entra o sale. Nada de eso consigue relajarme.
Siento que mi padre es capaz de escuchar los latidos de mi corazón e incluso de escuchar todos los pensamientos que me están taladrando la cabeza.
Muevo la pierna de arriba abajo, y trato de mirar a cualquier parte menos al hombre que tengo enfrente, que parece la mar de tranquilo.
—Bueno —suelta con tranquilidad—. ¿Cómo llevas el último curso?
—Bien —respondo con sequedad.
Sus ojos azules se posan sobre mi taza de café.
—Se te va a enfriar.
—No me gusta el café.
—Ah —espeta sin sentir mucho remordimiento, y se lleva su taza a los labios—. ¿Tus tíos no te han enseñado que es de mala educación no tomar lo que sea a lo que te invitan?
Cojo aire.
—No me has preguntado si lo quería… Yo ya he desayunado.
—¿Cuánta vajilla has roto en el proceso? —pregunta, lamiéndose los labios—. ¿O ya has superado esa etapa?
Aprieto los dientes con más fuerza de la que me gustaría.
—¿Qué quieres? —pregunto, notando cómo los límites de mi paciencia empiezan a desdibujarse—. Tengo clase.
—¿Te gustó mi regalo?
—No entendí muy bien su finalidad.
—Me pareció bonito mandarlo restaurar y regalártelo. Como símbolo de una nueva etapa.
Llevo todo este tiempo deseando preguntarle mil millones de cosas, pero una parte de mí no quiere darle ese poder, aunque lo tenga.
—No lo quiero. —Niego con la cabeza.
—Era el favorito de tu madre, qué menos que tengas eso contigo, ¿no?
Trago saliva, aunque no sirve de nada. Tengo la boca seca como un zapato.
—¿Cómo está?
—En el Caribe, creo.
—¿Crees?
—Hace años que nos separamos.
De verdad que trato de mantenerme impasible, pero no puedo.
—¿Os habéis separado?
Mi padre asiente y parece satisfecho. Ahora toda mi atención está puesta en él.
—Nunca debimos casarnos, en realidad. Ese fue nuestro gran problema. Pero no nos dimos cuenta hasta que te tuvimos a ti. La idea de crianza que teníamos cada uno era totalmente opuesta…
—No me digas… —añado con ironía.
Mi padre se queda quieto y alza las cejas.
—¿Tienes algo que decir?
—Si empiezo, no acabaría nunca, así que vamos a dejarlo en que habéis hecho bien en separaros. Así quizá no hagáis daño a nadie más.
—Eso no es justo, Bastian. Criarte a ti, con esos cambios de humor, tus rabietas… fue horroroso.
Suelto una risa seca y amarga que me recorre prácticamente el cuerpo entero.
—Es gracioso, porque yo recuerdo haber pasado la mayor parte del tiempo solo. Bueno, la pobre Roberta estaba por ahí. Pero ni tú ni mamá estabais.
—Estábamos trabajando.
Lo miro con desdén.
—No es excusa. —Me inclino hacia delante, con el interior en llamas—. Luis y Don se pasan el día currando, pero están en casa y en la educación de Charlie. Todos los días.
Ni siquiera se inmuta cuando le hablo de su hermano y de su sobrino. Es como si tuviera un único objetivo y el resto le diera igual.
—Es una realidad. Tu madre y yo trabajábamos mucho para que tú vivieras en esa casa con todos los lujos posibles.
—Ya —escupo con desprecio—. Y cuando tenía pesadillas, ¿quién venía a consolarme?
Se queda callado y siento una satisfacción enorme por haberle cerrado la bocaza.
—Bueno. Si no tienes nada más que decirme, yo tengo que irme a clase.
—Espera. —Suspiro, deseando salir corriendo de ahí—. Quiero que vuelvas a casa, Bastian.
Trago saliva y lo observo, esperando que argumente más su respuesta.
—Te tuvimos muy jóvenes y no sabíamos cómo gestionar la situación. Ya te he dicho que tu crianza no fue nada fácil y, cuando pasó lo del espejo…
—Lo tuvisteis muy fácil cuando Luis me ofreció pasar el verano con ellos en Chicago. Sí. Esa historia me la sé, la he vivido.
—Estabas bien aquí.
—Y vosotros allí, ¿no?
Mi padre asiente en silencio.
—¿Y ahora? —pregunto irritado.
—Sigo teniendo tu patria potestad. Sigues teniendo mis genes y mi apellido. —Me froto la barbilla, odiando cada una de sus palabras—. Y aunque todos estos años te haya dejado libertad total, puedo hacer que te vengas conmigo mañana mismo.
Mis dientes chirrían. Mis pulmones se expanden.
—No me puedes hacer eso. —Sacudo la cabeza—. Yo tengo mi vida aquí.
—¿Y la universidad?
—¿También? Ya lo tengo todo mirado. No puedes venir aquí después de diez años como si nada y pretender ¿qué? ¿Cambiarme la vida? ¿Poner todo mi futuro del revés por tu capricho?
—No es capricho, Bastian. Es arrepentimiento.
Los ojos se me llenan de lágrimas y me levanto antes de ponerme a llorar como un crío.
—Pues si realmente te arrepientes de haber sido un padre de mierda, haz las cosas bien. —Cojo aire—. Entrega la custodia a mis tíos. Y déjame.
Justo cuando voy a bordear la mesa para irme, me encuentro con mis tíos entrando en la cafetería.
—Hola, Bastian —dice Don con alegría, sin darse cuenta de quién está sentado frente a mí.
Pero Luis sí que se percata al segundo y se pone rígido.
Mi padre, con el infierno en sus ojos azules, se gira sobre el asiento para observar a mis tíos.
—Hombre, toda la familia junta. Qué bien. —Me echa un vistazo—. Bastian, puedes irte a clase. Volveremos a hablar cuando te den las notas.
Echo un vistazo a Luis, que asiente en silencio y, antes de irme, me guiña el ojo y me acaricia la mejilla con ternura.
Salgo de allí con el corazón desbocado y unas ganas horribles de gritar hasta que me sangren los pulmones.