El 7 de River Valley 50. Bee
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50. Bee

Bee

Te mentiría si dijera que estos últimos días he estado bien.

La tos y el picor de garganta no me han dejado pegar ojo. Los labios cuarteados y la boca seca tampoco me lo han puesto demasiado fácil. Ni el dolor de cabeza que me martilleaba con fuerza a cada momento del día, con cada movimiento.

Pero si a ese malestar le sumas todo lo ocurrido con Bastian, solo quiero que me entierren bien hondo bajo la tierra, por favor.

Arrastro los pies por el pasillo de casa con la intención de desayunar algo antes de ir al instituto, aunque lo más sensato sería quedarme en la cama, porque con este catarro no voy a ningún lado, pero no puedo permitirme faltar ahora que tengo todos los parciales.

Mientras preparo la comida de Bloom, escucho las llaves.

Y como un elefante entrando en una cacharrería, mi padre llega armando un jaleo que no hace más que incrementar mis dolores de cabeza.

—¡Bee! —grita desde el fondo del pasillo—. ¿Estás en casa?

Pongo los ojos en blanco y me llevo los dedos al puente de la nariz.

—Sí… —digo un poco más alto, pero sin poder gritar.

A los pocos segundos aparecen ya por la puerta de la cocina con una sonrisa enorme y un montón de paquetes debajo del brazo.

—¡Hola! —saluda eufórico, dejando las cosas sobre la mesa de la cocina—. Madre mía. Estoy muerto. ¡Ha sido increíble! Agotador, pero muy interesante… Hay una cantidad de técnicas que no conocía… Bueno, he comprado bastante material para empezar a hacerlo y…

—Hola, papá. Bien, gracias. Yo estoy bien —suelto.

Y, por fin, en los tres minutos que lleva en la cocina, me mira.

—Ay, perdona, Bee.

¿Sabes ese momento en el que notas en el pecho cómo todas tus emociones y tu malestar se desbordan como un dique?

—¿Perdona por qué? ¿Por no ser capaz de preguntarme cómo estoy?

¿O por irte sin avisar? —Noto que todo lo que he acumulado estos años sale sin poder ponerle barrera de ningún tipo.

Supongo que estar tanto tiempo callada ahora es como tratar de silenciar un monstruo que ha roto sus cadenas—.

¿O quizá sea por hacerme sentir menos valiosa que todas tus piezas rotas? ¿Qué de todas esas cosas es? ¿Eh?

Con los ojos llorosos y el alma hecha trizas, me aparto de la encimera para salir de ahí. No necesito una réplica. No me hace falta una disculpa por su parte, he sobrevivido diecisiete años sin él, y creo que puedo seguir haciéndolo.

Avanzo hacia la salida, pero mi padre me agarra con delicadeza, y eso es lo que termina de romperme en cachitos muy pequeños. Los ojos se me desbordan de lágrimas.

—Bee…, no… —Suspira—. Lo siento.

Niego con la cabeza y me trago el nudo que me impide hablar, o al menos intentarlo. Levanto los ojos.

—Llegas diecisiete años tarde, papá.