49. Bastian
Bastian
Hacía varias semanas que las pesadillas habían dejado de despertarme por las noches, hasta hoy.
Salí del sueño de golpe con una agonía que me quemaba las entrañas. Empapado en sudor, y por un momento me vi con cinco años, solo en mi habitación de Nueva York, llorando desconsolado por el miedo, y nadie acudía a mis llantos.
Pero ya no soy ese niño.
Me siento sobre la cama tratando de recobrar el aliento y recordándome que estoy en Chicago.
En casa. Alzo los ojos y, entre toda la oscuridad de la habitación, lo único que destaca como un maldito punto de luz es la bufanda de color amarillo que se le cayó a Bee cuando se fue y que yo mismo recogí.
Cuando vi en sus ojos que me vio como un monstruo.
Ahora, toda mi habitación huele a miel.
Llevo un par de días con mis tíos más pendientes de mí de lo normal y, aunque me toca las narices, supongo que es lógico. No todos los días el padre del muchacho que lleva viviendo en tu casa aparece con un espejo y una nota de lo más misteriosa.
Me he pasado las últimas noches tratando de descifrar qué cojones quiere conseguir. Por qué ahora, después de casi diez años sin querer saber nada de mí, sin preocuparse ni un ápice.
No sé si es que el destino tenía preparado esta mierda para mí, para ver mis capacidades como ser humano funcional, pero siento que no doy más de mí.
—¡Bastian! —Los gritos de Luis al otro lado de la puerta me hacen poner los ojos en blanco, pero eso no me impide seguir haciendo flexiones—. ¡Levanta!
—¡Que estoy despierto! —jadeo.
La puerta se abre y mi tío me observa, con un brazo apoyado sobre el pomo de la puerta y el otro descansando en su cadera.
—¿Nervioso?
—Para nada —miento, y no se me pasa por alto cómo sus cejas se alzan—. ¿Qué quieres?
—Nada. ¿No puedo venir a ver cómo estás?
Trago saliva y agarro mi botella de agua para bebérmela de un trago.
—Pues bien. Aquí estoy.
—¿Sabes algo de…?
—No.
Luis asiente con la cabeza.
—¿Quieres que llame o…?
Niego con la cabeza.
—Si quiere algo, ya aparecerá. Quizá tengamos suerte y sea un puto farol.
Luis asiente con la cabeza.
—No tardes, que se enfría el desayuno.
Después de darme una buena ducha de agua fría y ponerme algo de ropa, bajo a la cocina, pero todo el mundo ha desaparecido. Es como si mi familia se hubiera esfumado de repente, aunque, por la hora, supongo que es normal.
Qué curioso, hace unos meses deseaba poder desayunar solo, en silencio, sin que nadie me molestara, y ahora que lo tengo, no lo quiero.
Después de desayunar, agarro mis cosas dispuesto a salir de casa para enfrentarme al maldito instituto una semana más.
Llevo un par de días tratando de ignorar cómo voy a enfrentarme a Bee, la verdad.
Puede que, junto con el tema del espejo, sea una de las cosas que me superan, porque no sé cómo abordarlo.
No sé quién debería dar el brazo a torcer.
No sé nada, y eso me agobia tanto que lo único que ha hecho ha sido alejarme para evitarlo.
Abro la puerta y siento como si toda la gravedad hubiera desaparecido. El corazón se me para de golpe, al igual que el resto de mis terminaciones nerviosas.
Ahí está. Con un traje oscuro y perfectamente planchado. Con el cabello negro engominado y sin un pelo fuera de su sitio. Está mucho más mayor de lo que lo he recordado siempre, pero no mayor en plan mal, sino mayor en plan «Qué bien te conservas».
Trago saliva al toparme con unos ojos igualitos a los míos. Del mismo color. La misma forma. La misma frialdad.
—Hola, Bastian. —Escuchar su voz después de tantos años me hace volver a la realidad como si me hubieran dado un bofetón a mano abierta—. ¿No me vas a decir nada?
Ni siquiera soy capaz de decir o hacer nada. Me quedo ahí plantado, con el aliento en la base de la garganta sin mover un solo músculo.
Parece que observa a través de mí, al interior de casa.
—¿Puedo pasar?
Da un paso hacia delante, pero yo le cierro el paso.
—No.
—Ah. —Suelta una sonrisilla—. Que hablas. Qué alegría. Pues venga, te invito a un café.
Se gira con elegancia para acceder al coche que hay aparcado en la acera justo enfrente de mi casa.
—¿Qué quieres?
Se para en seco y me observa.
—Hablar.
Aprieto los labios con fuerza, deseando que se abra un surco en la tierra y lo trague a él. O a mí. Y así acabamos rápido con toda esta mierda.
—Yo no tengo nada que hablar contigo…
Se acerca, y ahí está, ese gesto tan sutil e imperceptible que cualquiera que no lo tenga calado pasaría por alto. Ese tono de voz que nunca se altera, pero que es una amenaza velada.
—No te pases. Vamos a tomar un café y hablamos.
Respiro hondo y, aunque trato de mostrarme sereno y tranquilo, mi cabecita de repente me traslada al pasado: yo, acurrucado entre las mantas de mi cama, tratando de calmar mis llantos.
—¿Y si no quiero?
Me mira de pies a cabeza como quien sabe que tiene la sartén por el mango.
—Entonces, en ese caso, puedes hacerte a la idea de llamar casa a Nueva York.