48. Bee
Bee
Ver a Bastian reírse de esa forma con su primo es agradable. Contemplarlos juntos, con esa química y la facilidad que tienen ambos para chincharse. De comprenderse. Están en perfecta armonía.
Sonrío de forma involuntaria cuando veo cómo Bastian corre hacia Chapi, que trata de hacer los mismos movimientos con el balón que hace Bastian.
Me abrazo el cuerpo y escondo la cara un poco más en mi bufanda. El sol prácticamente se ha ido y las luces de las farolas iluminan la calle.
—No tienen remedio… —La voz de Luis me hace girar sobre mis pies, pero sin querer dejar de mirar a esos dos.
—Es bonito —digo bajito.
—Cuando trajimos aquí a Bastian, parecía un animal salvaje, ¿a que sí? —Luis observa a Don y vuelve la mirada a esos dos muchachos que tratan de quitarse el balón y meterlo en el aro—. Pensé que nunca se adaptaría.
Me muerdo los labios aguantándome las ganas que tengo de hacer millones de preguntas que sé que no debería hacer.
—¿Por qué se quedó aquí?
—Este era su sitio —finaliza Don, con los ojos vidriosos—. El lugar al que pertenecía.
Sonrío tratando de contener la emoción, porque hay veces que no hace falta que te digan «te quiero» para que te lo demuestren a voces, y en este caso, Luis y Don lo hacen todo el tiempo.
—Se le ve feliz.
Vuelvo los ojos a Bastian justo cuando alza a Chapi y lo coloca en sus hombros para que enceste.
—Su actitud empezó a cambiar cuando llegó Charlie… Ahí dejó de ser tan…
—¿Bruto? —pregunta Don con una sonrisita.
Luis suelta una carcajada.
—Eso lo ha sido y lo será siempre. Pero sí. —Hunde las manos en los bolsillos de su gabardina color cámel—. Con la llegada de Charlie, parte de sus fantasmas se marcharon, o por lo menos dejaron de atormentarlo tan continuamente.
—¿Nunca pensasteis en llevarlo a un especialista?
Luis y Don se miran, y por su expresión entiendo que sí es algo que estaba en sus planes.
—Fue imposible. Destrozaba todo lo que había a su alrededor con solo mencionarle la idea de ir a ver a alguien. De contar sus problemas. De hablar de sus padres…
Me vuelvo un poco sobre mis pies para observarlos mejor.
—¿Y ellos? ¿Nunca…?
Ambos niegan con la cabeza.
—Nunca más volvieron preguntar por él. Salvo alguna fecha puntual.
Una tristeza devastadora me llena el pecho y siento unas ganas terribles de correr a abrazarlo, porque supongo que no hay nada más devastador que el que tu propia familia no te quiera y encima ni siquiera trate de disimularlo.
Si yo a veces me ahogo en la autocompasión deseando que mi padre me preste más atención de la que me da, no me quiero imaginar lo que tiene que ser pedir ayuda a gritos y que nadie te la dé.
—Cada vez lo lleva mejor, y sí que es verdad que, desde que lo has ayudado un poco a poner en orden sus estudios…, su carácter no tiene nada que ver. —Luis echa un vistazo a Don, que observa a Chapi y Bastian—. ¿Verdad?
—Uy. Sí. —Me mira con las mejillas rosas—. Ahora se despierta pronto para jugar, pero también para estudiar.
Trato de contener una sonrisa porque me siento orgullosa de eso.
—Pero eso no es mérito mío. —Niego con ternura—. Es una capacidad suya, solo que quizá… nunca había encontrado la motivación para llevarlo a cabo.
—Aun así, muchas gracias, Bee. Le has aportado color a nuestro muchacho.
Escondo la cara aún más en la bufanda.
—No le quitéis mérito. —Echo un vistazo a Bastian, que camina hacia nosotros mientras habla con Chapi—. No cualquiera lo haría.
—Te quedas a cenar, ¿verdad?
Me quedo rígida sin saber muy bien qué decir y mis ojos chocan con los de Bastian.
—¿Vale?
Pregunto ligeramente insegura, porque no sé cómo están las cosas entre nosotros, la verdad.
Entramos en casa, hablando y comentando el partido improvisado de Chapi y Bastian, hasta que, de repente, todo el mundo se queda en silencio al ver el espejo.
—¿Qué es…?
La pregunta de Luis muere en la punta de su lengua. Supongo que reconoce perfectamente el objeto que llena el espacio.
Mira a Bastian.
—Es un encargo que le han hecho a mi padre —digo por fin, con un miedo que me asfixia.
—¿Y sabes quién lo ha hecho?
Me quedo unos segundos dudando.
—Eh. Bueno. —Tiemblo y me lamo los labios—. Mi padre me dijo que era un encargo de un empresario… —Lanzo una mirada fugaz a Bastian, que me observa con sus ojos increíblemente azules sin pestañear, como si temiera lo que voy a decir—. Un regalo para su hijo.
Mis palabras caen como si de una bomba nuclear se tratara. Todos nos quedamos en silencio y, aunque no dejo de repetirme que no lo haga, termino mirando a Bastian.
En sus ojos hay un montón de emociones, y créeme que ninguna es buena.
—¿Sabías que era de mi padre y no me has dicho nada? —alza la voz con dureza.
—No sabía… Bueno, ni siquiera sabía que era para ti, Bastian, y…
Da un paso sin despegar los ojos de mí, solo que yo no puedo aguantarle la mirada por más tiempo.
Mi cobardía me la ha jugado.
—¡Pero te he preguntado! ¡Y aun así me has mentido! —Inclina la cabeza para que lo mire, pero yo aparto aún más la mirada—. ¡Beatrice!
Aprieto los párpados con fuerza y me alejo un paso de él.
—Bastian. Por favor —suplica Luis, con un tono de voz tranquilo—. Puede que sea un malentendido. O…
—Es el espejo. ¡Es el puñetero espejo! —grita, perdiendo el control—. No hay más opciones.
—¿No hay una nota ni nada? —pregunta Don.
Bastian niega con la cabeza, pero es Chapi quien se arrodilla al lado del papel marrón que hay en la base del espejo y se pone a rebuscar.
—¡Hay una notita!
Creo que todos los presentes nos quedamos sin aire en los pulmones, esperando que Chapi saque la nota y lea lo que hay en el interior.
—Chapi, cielo… —Luis dulcifica mucho la voz—. ¿Puedes ir a…?
—Ya. Lo pillo —suelta con el ceño fruncido, pero no parece enfadado, sino resignado—. Esto es una conversación de mayores…
Le tiende la nota a Bastian, pero este no hace amago de cogerla, así que se la tiende a su padre Luis, que sí que la coge con ternura.
Don y Luis se echan una mirada cómplice, y es en ese momento en el que Don rompe el silencio y coge a Chapi de los hombros con ternura.
—Vamos a buscar a Chocolate y a darle de cenar.
Y desaparecen escaleras arriba.
Nos quedamos los tres solos y el peso del silencio a mí me está matando lentamente. Yo no pinto nada ahí, y al final he salido de las más perjudicadas.
¿Cómo es eso de matar al mensajero? Bueno…, eso. Que todo mal.
—Léelo y acabemos con esta mierda —gruñe Bastian.
Luis contempla la nota sin cambiar de cara y, después de coger aire, lee en voz alta:
—«Se acaba el tiempo».
Observo a Bastian, que mira a su tío esperando algo más.
—¿Ya? ¿No hay nada más?
—Hay…
—Espera —exige, y entonces me mira con una frialdad que hacía mucho tiempo que no veía en sus ojos—. Creo que es mejor que te lleve a casa.
Lo miro perpleja sin saber muy bien qué decir.
—Bastian… —susurra Luis.
—No —protesta—. Este tema es privado.
Eso sí que no me lo esperaba, y mucho menos después de haber compartido tanto sobre su pasado.
Me siento tan fuera de lugar… Tan humillada… Es como si de repente me hubieran tirado un jarro de agua fría sin avisar, en plena tormenta de nieve.
Retrocedo un poco y niego con la cabeza.
—Prefiero ir caminando —suelto con un hilo de voz.
—Te llevo yo —espeta con dureza.
El problema es que ahora mismo no quiero que me lleve a casa, ni compartir espacio en su coche.
Quiero estar sola y procesar todo lo que ha pasado, porque siento que voy a reventar de un momento a otro.
Empiezo a caminar hacia atrás y, cuando me doy la vuelta, echo a correr sin mirar atrás.
Y no negaré que una parte de mí esperaba escuchar a Bastian Wolf gritando mi nombre.
Pero no lo hace, y eso me rompe un poco más el corazón.