El 7 de River Valley 47. Bastian
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47. Bastian

Bastian

Tengo un sentimiento de lo más extraño desde que he visto esa cosa en casa de Bee. No me preguntes porqué, pero es una intuición.

Algo que me pellizca la piel y que me dice que algo no va bien.

Me armo de valor al entrar en casa y, en parte, respiro tranquilo cuando no hay nadie. Mis tíos me dijeron que se iban a llevar a Chapi a dar una vuelta al centro comercial, así que estamos solos.

Verla caminar por mi casa con esa soltura me hace sentir bien. Como si esta casa le perteneciera un poquito. Puede parecer una tontería, pero, gracias a su llegada, siento que puedo ver todos los colores con nitidez, como si hasta ahora mi vida hubiera estado en un tono gris.

Se quita el chaquetón, pero se deja puesta la bufanda de color amarillo que bordea su cuello. Una parte de mí quiere abrazarla e incluso prepararle un plato caliente para que se sienta mejor, pero no lo hago.

Coloco el objeto apoyándolo contra la pared. Con el pulso temblando y el corazón en la garganta, me planteo no abrirlo y dejarlo ahí tal cual, porque esa mala sensación no hace más que aumentar.

Hincho el pecho de aire y me armo de valor.

Arranco el papel con furia y mi corazón se para de golpe cuando lo primero que veo es mi reflejo.

No puede ser.

Con la boca seca y las manos hechas gelatina, termino de romper el papel y siento como si me hubiera trasladado al pasado de golpe.

Un pasado al que trato de no volver porque me hace sentir como un monstruo.

No puedo terminar de descubrirlo al completo porque sé perfectamente lo que es y quién lo manda.

—Es precioso… —suelta Bee.

Asiento en silencio, incapaz de mirarla.

—Bastian… ¿Qué pasa? ¿Quién… quién lo manda?

Trato de procesar la cantidad de imágenes que discurren por mi mente y que me impiden expandir mis pulmones para coger todo el aire que necesito.

Noto su mano sobre mi brazo, y es ahí cuando los diques de mi interior se rompen.

—El mismo que me echó de su vida cuando no tenía más que ocho años. —Alzo los ojos y miro a Bee a través del reflejo del espejo.

Salgo a la calle en busca de un poco de aire, porque, desde que tengo algo de sentido común, mi forma de sacar lo que llevo dentro ha sido jugando al baloncesto.

Agarro el balón entre las manos y empiezo a botarlo.

El sol ha empezado a esconderse y ha teñido el cielo de un tono naranja y rosado.

Pero, antes de que pueda lanzar el balón, la veo por el rabillo del ojo. Está en el umbral de la puerta, abrazándose a sí misma y escondiendo parte de su carita en esa bufanda gigante.

Trato de seguir a lo mío porque el sonido de la goma rebotando contra el asfalto siempre ha silenciado todo lo que ronda por mi mente, pero ahora no parece surtir el mismo efecto, y eso me jode.

—¿Qué ha pasado ahí dentro, Bastian?

Su voz me hace cerrar los ojos e hinchar el pecho de aire antes de lanzar y no meter el balón en el aro.

Echo una mirada fugaz a la chica que está esperando una respuesta por mi parte y yo niego con la cabeza.

—No…

—Puedes contármelo. No te voy a juzgar.

Intento tragar el aullido de angustia que me impide decir ni una sola palabra, y atrapo el balón entre las manos dispuesto a lanzar de nuevo. Pero entonces siento las manos de Bee sobre las mías y me sobresalto.

—No tienes que llevar todo esto solo.

—Dudo mucho que puedas volver a mirarme a la cara después de contártelo.

Me observa sorprendida, como si no comprendiera mis palabras.

—Bastian… —No me permite lanzar el balón y hace fuerza para que no lo haga—. Por favor.

—Cuando era niño, reventé a puñetazos ese mismo espejo.

Destrocé al completo la habitación en la que estaba —suelto con la voz temblorosa sin quitar los ojos de nuestras manos unidas—.

Ese día, mi madre me miró de una forma que…

—Aprieto los labios para contener el temblor de mi voz—. Y mi padre me echó de casa.

—Pero… ¿qué pasó? Para que te pusieras así…

Sonrío con una amargura que me quema.

—No lo sé, Bee. —La miro con miedo de que ella también me odie.

No quiero ver en sus ojos lo que vi ese día en los de mi madre.

No podría soportarlo—. Me he pasado mi infancia sin saber qué me pasaba.

Siempre me he dejado llevar por una cosa que me quemaba.

—Me llevo la mano al pecho—. Solo quería gritar y romper cosas.

—¿Todo el rato?

—Cuando no hacían lo que yo quería.

Abre y cierra la boca como si no supiera qué contestar.

—Y tus padres….

—Me he pasado toda la vida solo, Bee. —Me encojo de hombros—.

Nunca he tenido límites. Nunca nadie me había dicho qué tenía que hacer.

O por dónde tirar. Hasta que llegó un día en el que, de repente, todo lo hacía mal.

Todo era «no». Y yo no sabía qué hacer, y tampoco entendía por qué ahora de repente me negaban las cosas que siempre me habían permitido…

—Falta de límites —susurra, apartando las manos de las mías.

—O falta de interés en su hijo. No lo sé —lanzo y, por fin, encesto.

—¿Y ese día? ¿Por qué rompiste el espejo?

Avanzo para coger el balón y darme así un poco de tiempo para procesar lo que le voy a decir.

Suelto el aire poco a poco.

—Mi padre me castigó por primera vez en toda mi vida.

Estaba harto de mí. Y lo sé porque no tenía problema en gritármelo a la cara.

Ese día, después de una de mis rabietas, me llevó a la salita y me sentó delante del espejo.

—Aparto los ojos porque no quiero mirarla y me centro en mis pies—.

Reventé el espejo porque odiaba lo que veía.

Odiaba mi reflejo, porque… sabía que lo que yo veía era lo mismo que mis padres odiaban.

No es agradable para un niño de ocho años saber que sus padres no lo tienen en demasiada estima.

Estar allí durante horas mirándome incendió algo dentro mí que nunca había estallado de esa manera.

Ahí fue la primera vez que quise hacerme daño a mí mismo y no al resto.

Suspiro ligeramente aliviado y agarro el balón con fuerza, dispuesto a lanzarlo.

—¿Por qué das por hecho que te odiaban…?

—Mi padre me odiaba y se encargaba de repetírmelo. Las pocas veces que estaba en casa, porque esa es otra… No sé si odiar es la palabra, pero…, bueno, quizá simplemente no me quería y tampoco lo disimulaba.

—¿Y tu madre?

Tiro de nuevo antes de armarme de valor para abrirme en canal.

—Mi madre tampoco estaba mucho en casa, pero ella me lo daba todo. Todo. No había nada que me negara. Si lo tenía, me lo daba. Y si no lo tenía, se buscaba la vida para dármelo…

—¿Y en ese momento tú que preferías? ¿Lo que hacía tu padre o lo que hacía tu madre?

Después de mucho esquivarla, la miro a sus inmensos ojos y siento un poco de alivio al no ver reproche en ellos.

—Bueno…, pues, siendo un niño, yo prefería lo de mi madre, pero…

era raro, porque… aunque ella me lo daba todo, me sentía como…

inseguro. Era como caminar por arenas movedizas.

En cambio, con mi padre sí sabia por dónde tenía que ir.

Que decir y cómo decirlo. No sé si tiene algún sentido…

Pero… lo que peor llevaba era que cada uno dijera una cosa…

—Porque no sabías qué era lo correcto, ¿no?

Asiento en silencio.

—¿Y… puedo preguntarte por qué acabaste aquí con tus tíos?

—Luis es hermano de mi padre, y ese día él estaba en nuestra casa.

Cuando entré en bucle, después de reventar el espejo, fue él quien entró en la habitación.

El que me curó las heridas. —El nudo de mi garganta se incrementa y noto cómo las lágrimas llenan mis ojos.

Respiro hondo para evitar ponerme a llorar—.

Y el que me preguntó si estaba bien… No fueron mis padres, sino él.

Y mientras, al otro lado de la habitación, yo escuchaba los gritos de mi parde refiriéndose a mí como una bestia a la que había que encerrar en un reformatorio, Luis trató de indagar en mi interior.

Me preguntó, aunque yo no sabía responder… y me salvó, sin yo sa­berlo.

—¿Quién te salvó?

La voz de Chapi hace que se me caiga el balón de las manos de golpe.

Giro la cabeza y lo veo caminando hacia nosotros. A lo lejos, en la acera, veo venir a mis tíos de la mano, hablando y riéndose.

Sonrío con tristeza, porque mi yo de niño tiene envidia de no haber podido criarse en un ambiente así.

—Hola, enano. —Carraspeo—. ¿Vosotros no estabais en el centro comercial?

—Sí, pero había mucha gente y…

—Don se agobia —finalizo por él, y Chapi asiente con todos los dientes. Me roba el balón y me hace un quiebro—. ¡Eh! ¿Qué te crees que haces tú?

—Ganarte —se chulea, y echo a correr detrás de él.

—Te vas a enterar.