46. Bee
Bee
He pasado una noche horrorosa con una tos que me ha despertado más veces de las que me gustaría.
Supongo que pasar la tarde en el muelle tampoco ha ayudado demasiado.
Me pica el pecho tanto que me gustaría abrirme el tórax y poder rascarme con ganas, pero, obviamente, esa posibilidad no existe.
Ahora, después de haber estado la mayor parte del día entre la cama y el sofá, avanzo arrastrando los pies para hacerme un té mientras Bloom me sigue con atención.
Me gustaría leer un poco, ya que estas últimas semanas mi ritmo de lectura se ha visto altamente perjudicado.
Y eso no me gusta.
Con la taza humeante y el libro abierto, suspiro saboreando el momento hasta que mi móvil suena y rompe mi calma
—No me lo puedo creer —protesto, apretando los párpados con fuerza.
Me maldigo aún más cuando veo que la persona que está interrumpiendo mi momento favorito del día es la misma que se ha ido a un congreso sin avisarme siquiera.
No debería coger el móvil y hacerlo sufrir un poco.
Cosa que no hago, porque parece que no aprendo.
—Hola, papá.
—Hola, Bee. ¿Cómo estás?
Me sorprende mucho que pregunte cómo estoy. Nunca lo hace. Seguro que necesita algo.
—Bien. —El silencio me resulta insoportable, y eso de hacerme la dura me cuesta demasiado—. ¿Y tú? ¿Cómo está yendo el congreso?
— Bastante bien.
—Genial.
—Oye, bicho… —Hace años que dejó de llamarme de esa forma y que lo haga ahora confirma mi teoría de que necesita algo—. ¿Te acuerdas del encargo supergordo en el que he estado trabajando?
—Sí.
—Bien…, pues necesito que se lo acerques al cliente.
—¿Qué? Pero… ¡papá!
— Lo siento, hija, pero esto se está alargando más de lo que esperaba y yo no puedo hacer esperar más a este hombre. No quiero que me arruine. Con este tipo de personas no nos la podemos jugar. Lo entiendes, ¿verdad?
En vez de echarle algo en cara, cedo.
—¿Cuándo?
—Ahora.
—¡¿Ahora?! ¡Papá! —me quejo, con un dolor de cabeza insoportable.
—Ya lo sé, hija. No he calculado bien… Pensaba que este hombre tampoco tenía tanta prisa, pero…
Me muerdo la lengua antes de soltar algo de lo que pueda arrepentirme más tarde.
—Vale. Pásame la dirección.
—La escribí en un papelito. Debería de estar pegado en el propio encargo.
Suspiro poniendo los ojos en blanco.
—Vale.
—Gracias, Bee. Te tengo que dejar.
Ni me da tiempo a decir un triste «adiós», porque mi padre me cuelga sin esperar ni una respuesta por mi parte.
Y en ese momento me encantaría ser otra persona.
Tener el carácter de mandar todo a la mierda y gritarle que no voy a hacerlo, que no quiero, pero no soy ese tipo de persona.
Supongo que no me queda otra que asumir lo que soy: que, aunque a veces lo odie, hago lo que hago para sentirme bien conmigo misma.
Avanzo hacia el despacho de mi padre y me acerco al encargo, que ocupa gran parte de la pared. La notita está ahí y siento que puedo respirar con alivio.
—Ay…, dime que no.
Ahogo un gritito cuando identifico a la perfección el lugar adonde debe ir ese encargo.
La casa de Bastian.
Soy Bee, ¿podrías acercarte un momento a mi casa?
Bastian: ¿Abejita? Qué honor… Me gustaría saber cómo has conseguido mi número.
Eso lo dejamos para otro día. Ahora necesito que me ayudes.
Bastian: ¿Cómo se piden las cosas?
¿Por favor?
Bastian: Buena chica. En dos minutos estoy allí.
Con unos nervios en el estómago que no consigo controlar, doy un bote cuando suena el timbre de mi casa.
Hincho el pecho de aire antes de abrir la puerta. ¿Qué narices me pasa?
Mi bajo vientre tiembla cuando abro la puerta y me encuentro con Bastian y su dichosa gorra hacia atrás enmarcando todas sus preciosas y salvajes facciones, con la sudadera del equipo y unos pantalones de chándal.
—Bastian.
—Beatrice.
Tiemblo cuando pronuncia mi nombre de esa manera mirándome fijamente a los ojos. Pero intento no darle más importancia de la que tiene.
Es solo un nombre, Bee. Tranquila. No hay ningún mensaje oculto tras ello.
—¿Has traído remolque?
Suelta una carcajada al mismo tiempo que entra en casa.
—No. Cuando solicitaste mi ayuda no me dijiste nada de un remolque. —Se gira para mirarme de arriba abajo—. Así que tendremos que apañarnos con mi coche.
Aprieto los labios con fuerza.
Cierro la puerta de casa y, cuando me giro, no puedo evitar fijarme en su impresionante y ancha espalda. En la forma de sus hombros y en su nuca.
Nunca me había parado a pensar en lo atractivo que es ver a un hombre de espaldas. Al menos a este.
Se gira y me pilla de pleno.
—¿Pasa algo?
—No. Nada. —Carraspeo—. ¿Qué va a pasar?
—Tú sabrás. —Se encoge de hombros y mete las manos en los bolsillos de su pantalón—. Bueno…, cuéntame.
—Necesito que me ayudes a llevar un encargo.
Alza las cejas.
—Ahora resulta que soy el chico de la mudanza…
Hago una mueca y paso por delante de él para abrir la puerta del despacho de mi padre.
—Ay. Por favor. El paquete es para ti. Bueno, no sé si para ti, pero es la dirección de tu casa…
Bastian frunce el ceño y se queda en silencio. Dudando.
Avanzo hacia el taller. Nada más acceder al interior, Bastian gira la cabeza como si le hubieran dado un golpe fuerte.
—Cómo huele.
—Es que los productos que usa mi padre son ligeramente tóxicos.
—Ya veo, ya. ¿Y no ventila?
—Bueno. Es un hombre un poco despistado y se le suele olvidar.
Bastian me mira perplejo.
—Es peligroso —dice con la seriedad que el tema merece—. No es una tontería.
—Lo sé. Por eso la ventana lleva abierta casi todo el día.
—Claro. Entiendo —dice entre dientes, echando un vistazo al caótico taller—. Bueno…, ¿dónde está?
Señalo un objeto que ya está empaquetado al detalle y que es más alto que Bastian. ¿Será el espejo del otro día? Aunque, si fuera eso…
Se acerca y trata de analizarlo.
—¿Segura de que esto tiene que ir a mi casa?
Me encojo de hombros porque quizá me he equivocado con la dirección.
—Eso es lo que pone ahí…
Asiento con la cabeza y le señalo el papelito que tiene pegado en una de las esquinas.
Su espalda se tensa, al igual que todas las facciones de su cara.
—¿Sabes si lo han encargado mis tíos?
Sus ojos azules como el hielo me taladran y me recuerdan al Bastian de hace unas semanas.
—N-no sé nada —titubeo nerviosa, dudando de si decirle lo poco que sé o quedarme callada.
Frunce el ceño con confusión y mira de nuevo el paquete en busca de algo.
—Bueno, vale. —Flexiona las rodillas para coger bien el objeto y alzarlo—. ¿Puedes abrirme las puertas?
—Claro.
Salgo corriendo para abrir la puerta del despacho, que se ha cerrado por la corriente, y, una vez la atraviesa, abro la principal.
Una vez metido de malas formas entre el maletero y los asientos traseros, me subo al asiento del copiloto, y todas mis alarmas terminan de activarse cuando lo veo conducir.
Y aunque no es la primera vez que lo hago, creo que sí le presto una atención diferente.
Lo percibo distinto, y quizá sea porque ayer esos dedos que ahora se aferran al volante estuvieron acariciando la curva de mis caderas y cada trozo de piel expuesto.
Trago saliva y trato de controlar mi respiración y los ligeros sofocos que me provoca su perfil, con la mandíbula tensa y marcada, la gorrita hacia atrás, el brazo extendido agarrando el volante, girándolo solo con la palma de la mano mientras la otra cambia de su muslo a la palanca de cambios.
Sin duda, verlo en ese contexto es un placer visual en toda regla.
—¿Te pasa algo? —Ladea la cabeza y me mira.
—No.
Después de un rato de silencio, toqueteando mis manos, lo miro de nuevo.
—¿Y a ti?
Veo que su mandíbula se tensa y me fijo en el color de sus nudillos cuando agarra con fuerza el volante.
—No.
Aprieto los labios y vuelvo la vista al frente sin creerme ni una palabra de lo que me ha dicho, pero no quiero indagar más.
Mira por la luna trasera, coloca el brazo detrás de mi reposabrazos y comienza a dar marcha atrás. Desde ese ángulo puedo ver al detalle cómo se le marca la mandíbula y el contorno de sus labios y su nariz.
Deslizo los ojos por sus hombros hasta llegar a sus brazos descubiertos.
Se ha subido las mangas de la sudadera hasta los codos y no puedo evitar mirar las venas de sus antebrazos, pero es que mi bajo vientre termina de retorcerse cuando hace girar el volante con la palma de la mano y una fluidez que me deja asombrada.
Inspiro cuando finaliza y siento la necesidad de salir de ese coche que cada vez es más pequeño y donde hace más calor.
—Ya hemos llegado.
Me observa y, sin previo aviso, se inclina hacia mí.
¿Me va a besar?
Permanezco quieta como una estatua cuando su cara queda tan cerca de la mía que puedo notar la calidez de su aliento sobre mis labios, su pecho roza mi brazo y siento que todo a mi alrededor va a estallar.
Escucho un ruido que me hace girar la cabeza y entonces veo el porqué de su cercanía.
—Es que no abre desde fuera… —susurra, apartándose de mí—. Te lo he dicho antes…
Carraspeo y aparto la mirada, fingiendo que no siento una vergüenza abrasadora por llegar a pensar que iba a besarme.
—Ya.
Se baja del coche y yo prefiero olvidar lo extraña que se siente la decepción, porque sí, por un momento no se me ha hecho raro que quizá quisiera besarme.