44. Bastian
Bastian
Con el corazón en la garganta y una sensación de lo más desagradable en la boca del estómago, observo a Bee, con la cabeza apoyada en la almohada, los ojos cerrados y el pelo esparcido por otras partes.
Respira tranquila y una parte de mí no quiere despertarla.
Le paso la sábana hasta cubrir su cuerpo para que no se enfríe y me siento sobre el borde de la cama, apoyando los codos en las rodillas y escondiendo la cara entre las manos, preguntándome qué coño acaba de pasar.
Esto se nos ha ido totalmente de las manos.
¿Cómo es posible que ella no haya tenido la confianza suficiente para decirme que era su primera vez y yo haya sido tan gilipollas de asumir su silencio como si nada?
¿Qué coño me pasa?
«No se puede esperar nada de ti, Bastian». Las palabras de mi padre aparecen en mi mente para hacerme papilla y abrir las puertas de un pasado que prefiero olvidar.
—¿Qué te pasa? —Su voz me asusta y me giro de golpe, con el corazón en la garganta.
—Pensaba que estabas dormida…
Bee niega con la cabeza, con los ojos medio cerrados y las mejillas arreboladas.
—¿Y por qué no me has dicho nada cuando te he…?
Aprieto los labios porque las cosas no pueden ir a peor. Hincho el pecho de aire rascando un poco de tiempo para averiguar cómo demonios me embarco en una conversación que jamás me he planteado tener.
¿Tengo la obligación de hacerlo? Pues no lo sé, la verdad; creo que nunca nadie me ha explicado qué hacer ante una situación parecida.
Simplemente, me dejo llevar por lo que me quema en el pecho.
Porque mi conciencia, o lo que sea, no ha dejado de taladrarme desde el momento en el que me hundí en Bee sabiendo la verdad.
La miro fijamente a los ojos.
—¿No tienes nada que decirme?
Sus ojos me observan vidriosos. Veo el movimiento de su garganta al tragar saliva. Tiene que saber perfectamente a lo que me estoy refiriendo.
—No —dice con la boquita muy pequeña, y eso no hace más que incrementar mi enfado.
Aparto la mirada de ella y vuelvo a mi postura inicial.
—¿Te pensabas que no me iba a dar cuenta o qué?
Su silencio me rasga la piel a tiras, y no lo soporto.
La miro, buscando la respuesta en sus ojos. Algo que tenga sentido y que me quite todas las dudas que tengo en la mente.
—Bee —gruño—. Di algo, joder.
Me llevo la mano al pelo y suspiro, agobiado porque no sé cómo enfrentarme a esto. Tampoco sabía que…, joder.
—Es algo… íntimo —baja la voz.
—Ah. —Abro los ojos de par en par—. ¿Y no crees que yo tengo derecho a saberlo?
—¿Por qué? —Frunce el ceño—. ¿Cambiaría algo?
Me quedo callado porque creo que en realidad sí cambiaría las cosas.
—Pues…, ¿claro? Joder. Bee. Es algo que me gustaría saber antes de…
Se retuerce, apretando más las sábanas contra su cuerpo.
—No lo entiendo. Es algo mío, no tuyo.
Cojo aire. No sé cómo contárselo sin parecer un capullo.
—¡Pero lo vas a compartir conmigo, Beatrice!
—alzo la voz desesperado—. ¿No entiendes que para mí también es importante?
¡Voy a ser tu primera vez, joder! Y es una responsabilidad.
—Suspiro—. Es…, joder, Bee. Se supone que para vosotras es importante con quién lo hacéis, y para nosotros también lo es saber a quién…
—¿Desvirgáis? —Su tono mordaz me hacer hervir la sangre, porque parece dolida. Como si yo tuviera la culpa de todo esto. Y seguramente sea así.
—Oye. ¿Qué pasa?
—No entiendo por qué este discurso de… —Agita la mano—. Príncipe azul. Ya está, Bastian. Es una tontería.
Pestañeo confuso y me inclino hacia ella.
—¿Una tontería? ¿Eso es? —Asiente en silencio con los labios apretados—. ¿Y si es así por qué no me lo has dicho?
—Precisamente porque no le he dado importancia.
—Eso es bastante desconsiderado por tu parte.
Arquea las cejas.
Después de una eternidad, coge las gafas de su mesita de noche y se las pone de mala manera.
—A ver. ¿Por qué?
—¿No has pensado en qué quiero yo?
Entrecierra los ojos y ladea la cabeza, como si no entendiera lo que quiero decirle.
—Quizá yo no quería la responsabilidad de ser la primera vez de nadie, Beatrice —escupo con dureza—, y no me has dado la posibilidad de elegir. —Sus ojazos se ponen vidriosos, como si mis palabras se hubieran clavado en su tórax como trozos de cristales rotos.
—Yo… —titubea—. Eh…
—Da igual. Eso es algo que, por mucho que trates de ocultarlo…, se nota.
Sus mejillas arden, pero no en el buen sentido, sino en el de querer meterse debajo de las sábanas y no salir.
—Entonces…, ¿por qué me echas la culpa si tú tampoco has parado?
Me quedo rígido y me muerdo la lengua.
—Pues… por eso, joder. Porque cuando ya me he dado cuenta…
—Era demasiado tarde, ¿verdad? —suelta con una fiereza que nunca había visto en ella—. ¿Ahora ya no eres tan caballeroso? ¿Qué pasa? ¿Que cuando te has dado cuenta de que era virgen ya eras incapaz de sacar la…?
—Beatrice —alzo la voz con dureza—. Vale.
—No. Ahora no me voy a callar…
Echa un vistazo a su alrededor y coge lo primero que pilla que cuelga del borde de la cama. Se lo pone por encima de la cabeza y tengo que reprimir el impulso de volver a tirarla sobre la cama y hacerla mía, pero esta vez de verdad.
Deslizo los ojos por su cuerpo y noto cómo el mío arde.
Se ha puesto mi camiseta, y creo que jamás nada me ha parecido tan sensual como eso.
Trago saliva tratando de parecer un hombre sensato que intenta tener una conversación medianamente responsable con la chica con la que se acaba de acostar hace un rato.
—Ahora te la doy…
Niego con la cabeza.
—Quédatela. Te queda mejor que a mí.
Bee se arrodilla frente a mí dejando sus piernas al desnudo y haciéndome perder la poca cordura que me queda.
Aprieto los puños a ambos lados de mi cuerpo.
—Ahora me toca a mí, Bastian.
Alzo el mentón, preparado para lo que sea que tenga que decirme, porque, así vestida y con ese carácter, puede hacer lo que quiera conmigo.
Respiro agitado, esperando lo que sea que tenga que decirme.
—Si para ti mi virginidad es algo tan importante, ¿por qué no paraste? —habla más lento, saboreando cada una de sus palabras porque sabe que tiene razón y que, en este caso, todos mis argumentos se van a la mierda—. ¿Por qué no dijiste algo?
Me quedo en silencio y desvío la mirada odiándome a mí mismo, porque, cuando inicié esta conversación, sabía perfectamente que no podía reprocharle nada, porque yo también tenía que callar.
—Ah. Vaya. Parece que las tornas han cambiado, ¿no? Yo debería habértelo contado y tú quizá deberías haber parado cuando te diste cuenta, pero ninguno de los dos lo hemos hecho.
Levanto los ojos hacia ella y me acerco de golpe, porque no soporto que me hable de esa manera, con esa condescendencia y esa superioridad moral de quien sabe que puede jugar con el otro porque la ha cagado más.
—No me hables así —refunfuño a un palmo de su cara—. No juegues conmigo, Bee.
—No estoy jugando contigo. Solo te digo las cosas, como tú has hecho antes.
—Yo no he usado ese tono contigo.
—¿Qué tono?
La miro de arriba abajo y trato de calmar el ardor que me recorre el cuerpo.
—El de profesora que regaña a su alumno.
Me mira por encima de la montura de sus gafas y es la primera vez en toda esta conversación que sonríe con malicia. Sus ojos brillan.
—No era mi intención. —Pestañea con inocencia, alzándose sobre sus rodillas.
Carraspeo y no puedo evitar deslizar mis ojos a su boca hinchada. Me acerco con cuidado, despacio. Ella coloca las manos sobre mis hombros.
—¿Y cuál era tu intención entonces? —ronroneo.
—Hacerte sentir un poco culpable —dice en voz baja—. Que yo no lo he hecho bien, pero tú tampoco.
Su pecho se hincha, haciendo que sus tetas rocen mis pectorales. Su aliento acaricia mis labios y su olor a miel me hace perder todo el sentido.
—¿Qué hacemos entonces? —susurro sin despegar los ojos de su boca—. ¿Lo dejamos pasar como si nada?
—¿Prefieres marcharte enfadado?
Niego con la cabeza.
—Yo tampoco —finaliza con un hilo de voz antes de mirarme con esos ojazos.
—¿Y qué es lo que quieres?
—Repetir.
Suelto una risita, porque, de todas las respuestas, esa no era la que esperaba.
—Vas a saco, ¿eh?
—No quiero quedarme con esta sensación —admite—. Ha sido algo… bueno y no quiero quedarme con un recuerdo agridulce.
Noto cómo sus manos hacen presión sobre mis hombros cuando se sienta a horcajadas sobre mí sin despegar los ojos de mi boca.
Y en ese momento me siento como una mosca atrapada en la tela de una araña. Que no hay escapatoria, porque ella siempre será más fuerte que yo.
Poso las manos en su cintura, clavando mis yemas en su piel. Me muerdo el labio cuando alzo mis caderas para que sienta lo mucho que me gusta.
—¿En los libros esos que lees hay este tipo de escenas?
—Te sorprenderías… —Sonríe con una picardía que me hace perder la cordura.
Lamo su cuello hasta llegar al lóbulo de su oreja.
—Vaya…, entonces ahora cobra todo mucho más sentido…
—Y hay un sinfín de cosas que quiero probar, a ver qué se siente…
Agarro su nuca y la beso con un hambre voraz.
Como si no hiciera menos de una hora que estaba dentro de ella. Como si nunca hubiera estado enfadado conmigo mismo. Con ella. Con ambos.
Pero supongo que soy débil cuando se trata de ella.