El 7 de River Valley 43. Bee
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43. Bee

Bee

Con el estómago en la garganta, me muevo arriba y abajo por la cocina tratando de no fijarme demasiado en la espalda de Bastian.

Lleva más de veinte minutos arrodillado, con la cabeza metida dentro del armario donde está toda la grifería del lavabo de la cocina, y siento que voy a hacer un agujero en el suelo de todas las vueltas que he dado.

—¿Necesitas algo?

Se golpea con el mueble cuando se mueve.

—Joder.

—¡Ay! —Me agarro a la encimera—. ¿Estás bien?

—Sí. Tranquila. —Se encoge de hombros y me mira. Tiene el pelo desordenado y una gota de sudor recorre su sien.

—¿Quieres algo de cenar?

Aparta la mirada y un músculo de la mandíbula se le tensa. Se limpia las manos con un trapo.

—Tengo que irme.

—Ah. Sí. Claro —digo muy rápido, sintiendo la vergüenza como un flechazo.

—Es que… le prometí a Chapi que cenaría con él, y ya llego demasiado tarde.

Ladeo la cabeza.

—Qué mono —suelto en voz alta y no sé si me refiero a su primo o a él. Carraspeo—. ¿Por qué dice que eres su hermano mayor?

—Bueno, cuando él llegó a casa de mis tíos, yo ya estaba allí, y nos hemos criado como hermanos. Aunque sabe que no lo somos, y que ni siquiera tenemos sangre en común, yo para él soy como un hermano.

—Y entiendo que para ti significa lo mismo, ¿no?

Bastian asiente en silencio.

—¿Y qué se siente? ¿Cómo es tener un niño en casa?

—Es… raro. Porque a veces me encantaría estar solo. Sin ruido. Sin nadie que me pida ayuda para hacer los deberes o cualquier chorrada. Pero luego, cuando no está y solo hay silencio… es como…, no sé. Da pena.

Me trago el nudo de angustia que crece en mi garganta porque esa sensación de pena y soledad es la que siento cada día.

Bastian tiene suerte. Los niños siempre son alegría.

—Se nota que lo quieres. —Deslizo los ojos a su pecho, donde está ese tatuaje—. Pues creo que ya es hora de modificar ese dibujo, porque ahí sí que hay un órgano que late.

Tiene una expresión que no sabría cómo identificar. Hago una inspiración profunda y no le quito el ojo de encima mientras se levanta.

—Bueno, vamos a ver si funciona.

Me pongo a su lado y abre el grifo. Ambos fruncimos el ceño, porque no sale nada.

—¿Seguro que lo has arreglado? —preguntó, burlándome un poco.

—Se supone.

Abre y cierra varias veces hasta que, de repente, el agua sale disparada. Como si la tubería hubiera reventado, y noto el chorro de agua en toda la cara.

—¡Aaah! —grito, tapándome la cara—. ¡Bastian!

—Me cago en… —gruñe, y lo veo correr a tapar el grifo, pero eso solo hace que el agua salga disparada en más direcciones.

—¡Cierra la llave del agua! —grita, tratando de bloquear el grifo—. ¡Corre!

Me quedo quieta y miro hacia todos los lados.

—¡¿Dónde está?!

—¡Aquí debajo! ¡Es de color rojo!

Me agacho y busco frenética la llave. La giro y dejo de escuchar el agua.

Me yergo y miro en derredor, a ver cómo de grande es el estropicio de la cocina y todo lo que tengo que fregar.

Mis ojos chocan con la mirada de Bastian, que está fija en mí. Tiene las pupilas más dilatadas de lo normal. Los ojos le brillan. El pecho le sube y baja con fuerza. Tiene el pelo empapado cayéndole por la frente, y la camiseta de manga corta se le pega en todas las hendiduras de su torso.

Trago saliva y noto una quemazón que me abrasa por dentro cuando me doy cuenta de que me está mirando así.

A mí.

—Bee —jadea.

—¿Qué? —suelto con un hilo de voz.

Sus ojos me recorren de arriba abajo y me dejan una sensación sobre la piel que necesito calmar de alguna forma.

Me observo el cuerpo, y mi jersey está empapado, lo llevo completamente pegado, y deja unas vistas de mi pecho y abdomen como si estuviera desnuda.

Una punzada ardiente de vergüenza y deseo me recorren el cuerpo. Y antes de que pueda alzar la cabeza y cubrirme con los brazos, Bastian se coloca frente a mí en dos zancadas.

Noto sus manos acunándome la cara y, cuando quiero darme cuenta, su boca está sobre la mía.

Su lengua busca ansiosa la mía, que lo recibe como si estuviera sedienta.

Llevaba desde la última vez pensando en cómo sería volver a besarlo. Cómo sería seguir fingiendo delante de los demás, pero ahora no hay nadie más que nosotros y no hay necesidad de enseñarle nada a nadie.

Le rodeo el cuello con los brazos y me coge en volandas. Rodeo su cintura con mis piernas. Jadeo al mismo tiempo que él y se pone a andar.

—¿Dónde está tu habitación? —pregunta contra mis labios.

—Por ahí.

Avanza como si no le costara nada sostenerme y, cuando llegamos a mi cuarto, caemos sobre la cama.

Sus manos recorren todo mi cuerpo y, aunque estamos empapados, no siento frío, sino todo lo contrario. Los nervios se intensifican y al mismo tiempo tengo la necesidad de que explore cada recoveco de mi cuerpo.

Colocado entre mis piernas, se incorpora y me observa.

Se lame los labios.

—Esto…

—Está bien —jadeo.

Se quita la camiseta y la tira a algún lado de la habitación. Respiro con fuerza y se me seca la boca cuando lo veo así ante mí. Vuelve a besarme mientras mete una de sus manos por debajo de mi camiseta y me hace temblar.

Su mano cubre mi pecho por completo y gimo cuando lo masajea con ternura. Mis manos recorren sus brazos y deseo alzar mis caderas hacia las suyas, pero él actúa antes incluso de que yo pueda hacerlo y noto la dureza de su entrepierna.

—¿Estás bien? —susurra en mi oído.

Asiento sin voz.

Me quita el jersey por encima de la cabeza y me observa con detenimiento. La habitación está a oscuras y el único rastro de luz es el que entra por la ventana. Deslizo los dedos por su pecho y, cuando llego al borde de sus pantalones, las aparto de golpe porque no sé qué hacer con ellas.

Sonríe contra mis labios mientras recorre con sus dedos mi abdomen y, cuando llega al botón de mis vaqueros, clava sus ojos en los míos.

—Bee —jadea con la respiración agitada—. ¿Quieres que siga?

Asiento en silencio.

—Dilo. Necesito que lo digas en voz alta.

—Sí… —suelto con la voz ronca, con un poco de miedo. No por él, sino por mí. Por esto. Por lo que siento en el pecho y la quemazón que hay entre mis piernas.

Desabrocha el botón y me muero por soltar todo el aire que estoy reteniendo. Agarra mis vaqueros y, con una delicadeza que jamás habría esperado de alguien como él, los baja despacio, como si disfrutara de la sola idea de desvestirme.

Hace el mismo movimiento con mis braguitas y siento que ya no hay vuelta atrás.

Una parte de mí quiere decirle que nunca lo he hecho con nadie, pero tampoco pretendo que sienta esa responsabilidad, y mucho menos que se eche para atrás.

Ahora no. También me gustaría preguntarle si tiene protección o si piensa ponérselo, porque es algo que he pensado miles de veces.

¿Cómo afrontas el hecho de que quizá él ni siquiera lo comente? ¿Y si no quiere ponérselo?

Pero antes de que pueda pensar en algo más, noto las yemas de sus dedos en mi sexo. Acariciándolo con suavidad. Mis piernas tiemblan con fuerza cuando introduce los dedos y me arqueo gimiendo.

Gruñe contra mi cuello y agarra mi labio inferior con los dientes mientras sigue moviendo los dedos con suavidad.

—¿Estás segura de que quieres seguir?

—¿Por qué preguntas tanto? —Cierro los ojos mientras sus dedos siguen haciendo temblar todo mi organismo.

—Porque no quiero que mañana te arrepientas.

—¿Y tú? —jadeo cuando aumenta el ritmo y siento una especie de quemazón que me hace retorcer los dedos de los pies.

Suelta una risita ronca y pasa la lengua por mi cuello.

—No podría arrepentirme de nada que pase contigo, Bee.

Trago saliva y no tengo demasiado tiempo para pensar en lo que me ha dicho cuando sus dedos abandonan mi interior y se quita los pantalones. No sin antes sacar un preservativo que se coloca en la boca y rasga el envoltorio con los dientes.

Noto la boca tan seca que no sé cómo puedo seguir besándolo. Se recuesta sobre mí y coloca los brazos a ambos lados de mi cara.

—¿Esto también forma parte del trato? —lanzo con un poco de miedo por saber la respuesta. Ni sé por qué digo eso y me arrepiento al segundo.

—¿Qué trato, Bee?

Pestañeo, un poco confusa e incómoda.

—El… el nuestro.

Deja escapar el aire por la nariz al mismo tiempo que sonríe de medio lado, negando con la cabeza.

—Ay, Beatrice. Nuestro trato hace tiempo que pasó a la historia.

Y se cuela dentro de mí.

Hincho el pecho de aire y abro la boca al sentir el quemón. Me escuece, pero no quiero que pare. Entrelaza su mano con la mía, y eso sirve de apoyo para terminar de hundirse dentro de mí con una lentitud extrema.

Se queda quieto, como si estuviera esperando a algo. O quizá se haya dado cuenta. O esté arrepintiéndose.

Clava sus ojos en los míos y yo aparto la vista, avergonzada por ese momento tan animal, donde todas mis inseguridades están expuestas ante una persona que hace unas semanas era un desconocido.

¿Cómo puede ser que le demos algo tan nuestro a gente que hasta hace poco no era más que un extraño? ¿Como puede caber siquiera la posibilidad de sentirte tan cómoda hasta el punto de entregarte al completo?

—Mírame.

Trago saliva y hago lo que me pide.

En cuanto mis ojos entran en contacto con los suyos, empieza a moverse, y ese escozor pasa a diluirse como cera caliente en mis venas. Las piernas me tiemblan y mi sexo burbujea.

Siento como si todas mis terminaciones nerviosas fueran a explotar de un momento a otro.

Y cuando el orgasmo me inunda, noto un millón de abejas zumbando y dejando un hormigueo suave en todo mi cuerpo.