El 7 de River Valley 42. Bastian
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42. Bastian

Bastian

Estar en casa de Bee me hace sentir como un gigante dentro de una casa de muñecas.

Tengo la sensación de que voy a destrozar todo si hago un movimiento demasiado brusco.

No hay nada que no tenga un detalle bien cuidado, con suelos de madera oscura, paredes, techos y ornamentos de color blanco.

Sillones de tela con patas doradas y bordados de flores, cuadros con pinturas colgando sobre las paredes y, en cada una de las superficies, un montón de figuras de porcelana y jarrones.

«A mis tíos les encantaría esto», pienso, observando cada rincón, hasta que poso los ojos en un marco de fotos dorado en el que sale una niña de ojos marrones, con pecas en la cara y una sonrisa enorme.

Bee.

Al lado, hay otro marco un poco más grande en el que sale ella otra vez y una mujer que imagino que será su madre. Ambas llevan un vestido vaporoso y una cesta llena de flores. Parece que están sobre la ladera de una colina con montañas de fondo.

—Estábamos en una aldea preciosa —rompe nuestro silencio y fija sus pupilas en donde están las mías: en la foto—. Siempre me había gustado la idea de vivir en un pueblo, pero, desde ese viaje, me obsesioné.

—¿Te gustaría dejar Chicago? —La busco con los ojos y veo cómo se quita todas las capas de abrigo.

—Chicago me gusta porque es donde he nacido; es lo único que conozco. Es mi normalidad. Pero mi vida ideal es entre montañas, con una casita rodeada de vallas blancas y el sonido de los grillos en las noches de verano. Me encantaría tener una huerta y gallinas.

Me sorprende que una chica tan joven como ella quiera una vida tan… ¿tranquila?

—¿No crees que te podrías llegar a aburrir?

Se encoge de hombros y me hace un gesto para que la siga hacia la cocina.

—No soy de hacer grandes planes y quedadas. Ni de salir de fiesta. Me gusta la idea de ir con más calma y no con tanta prisa. Caminar hasta una panadería y comprar allí el pan recién horneado todas las mañanas. Despertarme, hacerme un té y salir al jardín, descalza y en pijama.

Solo el hecho de imaginármela entre montañas viviendo en una pequeña y bonita casa con jardín hace que sonría, porque le pega mucho.

Me da un poco de envidia que parezca tenerlo tan claro. Yo solo sé que quiero jugar al baloncesto porque se me da bien, pero ya está. Mi ambición termina ahí.

Aprieto los dientes al recordar de forma fugaz a mi padre.

Es triste, porque todos mis recuerdos con él son del mismo estilo:

Tenía las venas del cuello hinchadas, el pelo revuelto y los ojos eran dos llamas. Se puso de cuclillas para estar a mi altura, y con un tono serio me dijo:

—¿Eres hijo de un animal? —Yo negué con la cabeza—. ¿Entonces? ¿Por qué te comportas así?

No respondí porque no sabía qué decir. Mi madre no me decía nada, y yo entendía que lo que hacía estaba bien. Luego venía mi padre y me reñía. No entendía nada.

—Responde.

—No lo sé.

—Pues ya es hora de que utilices el cerebro. No voy a pasarte ni una más. ¿Entendido?

Asentí en silencio.

—Mírame, Bastian —rugió.

Levanté la cabeza y lo miré a los ojos. En ese momento, lo odiaba.

—¿Qué? —solté con el ceño fruncido.

Movió la mano en un gesto que me hizo pestañear y encogerme un poco. Mi forma de hablarle no le había gustado nada. A mi madre le hablaba así todo el rato y no me decía nada.

—Soy tu padre. No me hables así. Recoge todo lo que has tirado y empieza a comportarte como un ser humano, no como una bestia.

Me habría gustado preguntarle: ¿Qué he hecho mal y cómo se hace bien?, pero esa conversación nunca existió, y yo seguí en un limbo extraño.

Carraspeo y, antes de poner un pie en la cocina, Bee grita y me quedo como una estatua.

—¡Cuidado con Bloom!

—¿Qué?

Bee se agacha a la altura de mis pies y veo una bola de pelo de color marrón claro, con las orejas largas y caídas, que está olisqueando mis playeras.

Me pongo de cuclillas con el codo sobre la rodilla y observo cómo se mueven sus bigotes.

—¿La famosa conejita problemática?

Bee asiente con una risa.

—Te presento a Bloom. —La coneja gira la cabeza hacia la voz de su dueña y, de repente, se tira al suelo estirando todo el cuerpo.

—¿Le pasa algo?

Bee se ríe mientras le acaricia la barriga.

—Hace eso cuando se siente segura. Puedes tocarla si quieres.

Alargo la mano y Bloom se incorpora. Se sienta. Le doy pequeños toques que hacen que su cabecita rebote.

Bee se pone en la misma postura que yo, frente a mí.

—No es un botón… Mira, le encanta que la acaricien aquí.

Empieza a tocarla con suavidad justo encima de las orejas y el animal alza la cabeza para que ella siga.

Bee aparta la mano para que yo imite el movimiento, y lo hago, aunque mis ojos están fijos en ella en todo momento.

—¿Por qué «Bloom»? —carraspeo.

—Tenía cinco años y no era muy original que digamos —Sonrío al recordar cuándo adoptamos y bautizamos a Chocolate—. Y, bueno, me encantan las flores.

Sigo riéndome.

—No me lo esperaba —suelto con sarcasmo, haciendo un ligero barrido por lo poco que he visto de su casa, pero creo que es suficiente para forjarme una idea, y ella pone los ojos en blanco—. Y ¿cuál es tu favorita? Sorpréndeme, por favor.

Le pega muchísimo el girasol. Es tan amarillo…, tan ella.

—La rosa.

—¿Roja? —pregunto curioso, pero ella niega con una sonrisa—. Amarilla.

Asiente sin dejar de mirarme y, en vez de hacer lo típico, como devolverme un «¿y cuál es la tuya?», se queda callada, y no sé si es porque da por hecho que no me gustan las flores o porque le da igual esa información.

—¿Por qué no me preguntas por la mía? —pregunto con el ceño fruncido. Como un puto crío con una rabieta.

—¿Te gustan las flores? —Parece sorprenderse.

Vaya, si resulta que la abejita también tiene prejuicios.

Muevo la cabeza e imito su gesto.

—¿Por qué no me iban gustar?

Finjo un poco más de indignación de la que realmente siento, porque me apetece sacarle los colores.

—No… —Se muerde el labio inferior, y tengo que aguantarme las ganas de lanzarme a ella como un animal cuando hace eso—. Bueno. No sé. No tienes pinta de ser un chico al que le gustan las flores…

Una especie de sonrisilla tira de mis labios.

—¿No crees que eso es un poco prejuicioso por tu parte?

Vuelve a morderse los labios y yo tengo que apretar los dientes para no hacer una tontería.

—Igual sí.

Se le van los ojos al brazo en el que tengo una rosa tatuada, al lado de unos cuantos tatuajes más.

—¿Te apetece tomar algo y me lo cuentas?

Sonrío y asiento con la cabeza.

Estamos sentados en su sofá, ella con las piernas cruzadas y una manta de pelo suave cubriendo sus bonitas piernas. La miro apoyado sobre el respaldo.

Me observa cuando se lleva la taza de chocolate caliente a los labios.

—Estoy esperando.

—Dame un segundo, estoy intentando ordenar los momentos en mi cabeza.

—No estarás inventándotelo, ¿verdad?

Niego con la cabeza y arrugo las cejas.

—¿Por quién me tomas? —Me quedo unos segundos observando el techo ornamentado hasta que la miro de nuevo—. Cuando era pequeño, venía a veranear a casa de mis tíos…

—¿Aquí, en Chicago? —Asiento en silencio—. ¿Con los que ahora vives? —Asiento de nuevo y ella no me pregunta nada más.

«Siempre tan respetuosa», pienso, queriendo sonreír un poco por sentirme lo suficientemente cómodo como para contarle cosas que creo que nunca he hablado con nadie más allá de Connor, y ni siquiera él lo sabe todo. Como yo tampoco lo sé todo de él.

—Y tenían…, bueno, tienen, que la señora sigue viva —nos reímos—. Una vecina mayor. La señora Fisher. Una viejecita de pelo blanco que siempre lleva chaquetas de esas como las tuyas… —suelto para picarla un poco y restarle intensidad a lo que voy a decir.

—¿Cárdigan?

—¿Supongo? No sé. —Agito la mano—. Para mí son chaquetas de abuela.

—Ay, Bastian, por Dios. —Sacude la cabeza.

—Bueno. Da igual. El caso es que esa mujer se pasaba las tardes en su jardín. Tenía un rosal gigante, o al menos eso me parecía a mí cuando era pequeño. La cosa es que yo siempre la observaba, hasta que un día cortó una rosa medio marchita del rosal y me la tendió a través de la valla.

—¿Y qué hiciste?

—Cogerla. Pero fui tan burro que me clavé todas las es­pinas.

Bee pone una mueca de desagrado, como si solo imaginarlo le hiciera sentir el dolor que experimenté yo.

—Grité y aparté la mano de golpe, pero la señora Fisher no se inmutó. Me miró a través de la valla y me dijo: «Ten cuidado, porque hasta las cosas más bonitas pueden hacer daño». Si te soy sincero, en ese momento no entendí el símil.

—¿Y ahora?

—Creo que sí… —Me humedezco los labios—.

Le pregunté por qué no tenía más flores en su jardín y ella me dijo que, cuando plantas una rosa, lo haces sabiendo que, de forma natural, va a reclamar todo el protagonismo, porque está acostumbrada a ser admirada por su belleza y, cuando tiene que compartir espacio con otras flores, no lo gestiona bien.

—¿Te dijo algo más? ¿Por qué te dio la rosa que estaba marchita y no una sana?

Bajo la vista a mis manos vacías y cojo aire, porque ese es uno de los recuerdos más nítidos que tengo de mi infancia. Supongo que, sin saberlo, la señora Fisher me puso delante de un espejo en el que no me quería mirar, porque siempre había huido de mi reflejo.

—No lo sé. —Levanto los hombros—. Supongo que me vio ahí, mirándola, y por eso me la dio.

—¿Y por qué te tatuaste la rosa?

—La señora Fisher me dijo: «La rosa es el reflejo de alguien que se odia tanto a sí mismo que necesita convencerse de que no es así. Hace daño con sus espinas, que le sirven de barrera natural para que nadie pueda acercarse demasiado».

Bee baja la mirada a su taza, que sigue humeando. Mueve los pulgares por los dibujos.

—¿Eres…? —Se lame los labios y coge aire—. ¿Eres infeliz?

Tengo muy clara la respuesta, pero supongo que verbalizarla no es tan sencillo.

—Bee… —suspiro.

—No hace falta que respondas.

La miro fijamente, pero ella sigue perdida en su taza.

—¿Por qué piensas eso?

—Bueno, a ver, creo que las señales están ahí. Y dudo mucho que alguien medianamente feliz se tatúe lo que tienes tú en el pecho.

Aprieto los labios y hago el amago de sonreír, pero no me sale. Me recuesto sobre el respaldo y echo la cabeza hacia atrás, tratando de poner en orden el cosquilleo y esa sensación pegajosa que me recorre el cuerpo.

—Fue el primer tatuaje que me hice. Debía de tener quince o dieciséis años y fue una manera de demostrarles a mis tíos que mandaba yo.

Que ni ellos ni nadie iban a decirme lo que podía hacer, y que, aunque necesitaba su permiso para hacérmelo, me daba igual.

—Se me escapa una mueca—. Beneficios de tener colegas con una máquina y muchas ganas de probar.

—Ya, pero… ¿el hueco de un corazón? ¿Como si te lo hubieran quitado?

Giro la cabeza hacia ella y asiento de forma sutil.

—Así me he sentido la mayor parte de mi vida, y fue mi manera de representarlo. Pensaba tatuarme al hombre de hojalata de El mago de Oz , pero no quedaba tan poético.

Ella se ríe con fuerza y yo la sigo, porque tiene una calidez que a veces me atrapa.