El 7 de River Valley 41. Bastian
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41. Bastian

Bastian

Esta última semana ha sido rara.

Desde nuestro breve encuentro en el almacén, Bee ha estado un poco más distante y no sé por qué. Pero su actitud volvió a ser la de siempre en cuanto la esperé a la salida de clase hace un par de días y me la llevé a comer.

Nos gastamos bromas. Se manchó de yogur y se lo lamí con la lengua de forma impulsiva. Trató de ignorarme poniéndose a leer y le arranqué el libro de las manos.

Preguntarle sobre el libro que estaba leyendo le quitó esa actitud extraña y volvió a ser la Bee de las últimas semanas.

Ahora está inclinada sobre la mesa, con un montón de papeles subrayados y el portátil. Las gafas en la punta de la nariz y el pelo revuelto. ¿Lo tiene más rizado? Sus mejillas están más rosadas que de costumbre, aunque quizá es por el calor que hace en esta maldita sala de estudio.

Lleva un montón de rato hablando. Explicándome no sé qué, y yo no he sido capaz de prestarle atención más de dos minutos, porque mis ojos se van a su hombro desnudo, al hueso de su clavícula, porque ese maldito jersey finito de color blanco que lleva se desliza y le deja toda esa piel al aire, lo cual le da un toque demasiado sexy.

Y yo me estoy poniendo malo.

Joder, Beatrice, ¿qué me estás haciendo? ¿Por qué la ropa que antes me resultaba de abuela ahora me pone cachondo?

Me llevo la mano al pelo para tratar de gestionar el calor que empiezo a sentir.

—… el fantasma es una proyección mental del protagonista y, al mismo tiempo, es algo tangible… ¿Qué dirías tú?

Pero yo no escucho nada de lo que dice.

—¡Bastian!

—¿Qué? —respondo, apoyado sobre la mesa, ligeramente tumbado hacia delante.

Bee frunce el ceño y se coloca las gafas.

—¿Me estás escuchando?

—Sí —miento con descaro

Me mira sin creer ni una palabra.

—¿Qué te estaba diciendo?

Dudo antes de arriesgarme a mentirle.

—¿Que si creo en los fantasmas?

Gruñe frustrada.

—Así no vamos a ningún sitio, Bastian. —Se levanta de golpe y me siento bien en la silla, asustado, porque no quiero que se vaya—. Y yo no puedo perder el tiempo contigo.

—Perdona, Bee. Estaba distraído.

—No es la primera vez.

Me echo a temblar cuando la veo recoger todas sus cosas.

—¿Qué haces?

—Me voy. Tengo muchas cosas que hacer.

Me abalanzo sobre ella cuando se dirige hacia la puerta sin decir nada más, dando por zanjada nuestra conversación. Cierro la puerta con la mano y me quedo pegado a su espalda esperando su reacción, pero, al ver que no se mueve, inclino la cabeza.

—No te vayas —le pido en un susurro.

—Si no vas a tomarte esto en serio, no sé qué estamos haciendo.

—Mírame.

Pero ella sigue con los ojos fijos en la puerta, y yo siento la desesperación en las tripas.

—Por favor —gruño, porque nunca se me ha dado demasiado bien pedir las cosas de esa manera—. Mírame, Bee.

Se gira despacio y no puedo evitar sonreír satisfecho porque haya cedido. Alza el mentón y la observo tragar saliva como si le costara, un poco como me está pasando a mí.

Bee pega la espalda a la puerta cuando acorto casi toda la distancia que nos separa, y nuestros labios se quedan a un palmo de distancia.

—¿Qué quieres? —suelta casi sin aliento.

—Que no te vayas.

—Necesito que te concentres.

—Es que… —Me humedezco los labios—. No puedo dejar de pensar en una cosa.

—¿En qué… cosa?

Clavo mis ojos en los suyos y le meto un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Palomitas.

Se le abren los ojos como platos. Sabe perfectamente qué significa esa palabra. Resume muy bien lo que quiero: besarla.

—Ah —titubea, mirando a todos los lados—. Hum. Esto…, yo…

—Tú, ¿qué, Bee? —ronroneo, a punto de rozar sus labios.

Su teléfono empieza a sonar con fuerza y me detengo cuando ya siento su aliento rozando mi boca.

Mierda.

Llevo más de una semana queriendo besarla de nuevo.

—Tengo que cogerlo. Es mi padre.

Se escurre y se va a la otra esquina de la sala.

Me llevo la mano al pelo y giro sobre mí mismo para observarla.

—Hola, papá —contesta con el aliento entrecortado, y se da la vuelta hacia el ventanal.

Me da la espalda y, con ello, me regala una visión increíble de sus piernas enfundadas en unos vaqueros ajustados—.

¿Qué? Pero ¿qué ha pasado? Madre mía… —Le tiembla un poco la voz—.

Vale. Sí, no te preocupes…Veré qué puedo hacer.

Cuelga y suspira, pero en ningún momento se da la vuelta.

—¿Pasa algo?

—Mi padre está fuera de la ciudad. —Se encoge de hombros como si quisiera quitarle importancia.

Me acerco—. Y da la casualidad de que se ha roto el grifo de la cocina.

—Suspira como si estuviera agotada—. Mejor dejamos la clase para otro día, ¿vale?

Tú no estás muy puesto, y yo… tengo que evitar que se me inunde la casa —suelta una sonrisa amarga.

—Te llevo.

Niega con la cabeza, pero le lanzo una mirada que le cierra la boca al instante.

—Venga, vamos.