El 7 de River Valley 40. Bee
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40. Bee

Bee

Creo que una de las cosas que más me gustan del mundo es pasar tiempo con la gente que me llena el alma, y en estas últimas semanas había olvidado lo bonito que es.

—¿Queréis algo? —pregunta Adri caminando hacia atrás—. Tengo unos bagels con aguacate y salmón que están buenísimos. —Hace un ruido sonoro cuando se lleva los dedos a la boca—. Últimamente mi padre se ha aficionado a la cocina.

—Un té frío. —Sonrío con ternura—. Por favor.

—Un americano —añade Jaz.

—Oye, ¿te ayudamos? —pregunto, recostándome sobre el banco y abrazándome para darme algo de calorcito.

—No. Prefiero que no.

Adri entra corriendo a su casa y nos deja en el porche trasero, que da al jardín y a la piscina.

Es un rinconcito precioso que ella y su familia llaman «La pecera». Está cubierto de cristal desde el techo hasta el suelo y puedes estar al calorcito en invierno y abrirlo al completo en verano.

Tiene una decoración marinera en toda regla. Paredes y suelos de madera blanca, los asientos del mismo color, cojines en tonos azules y un montón de estrellas de mar pegadas por la pared, con conchas y perlas.

Es como estar en el refugio de un marinero que echa de menos su mar.

Jaz me da un golpe cariñoso en el muslo.

—Vale, a ver… ¿Qué pasa?

—¿Nada?

—Bee… —Su tono lo dice todo. Suspiro y giro la cabeza para mirarla—. Llevas unos días más rara de lo normal. Hace tiempo que ya no me esperas para ir juntas por las mañanas…, y quiero saber si está pasando algo de lo que no me he enterado.

Suspiro y niego con la cabeza. Últimamente tengo muchas cosas en la cabeza y ninguna de ellas me hace sentir bien.

—Estoy un poco agobiada con todo, la verdad. —La miro con una sonrisa a medias—. Pero no tienes que preocuparte.

Se da la vuelta y coloca una pierna sobre el banco.

—Claro que me preocupo, Beatrice. Eres mi mejor amiga. Para lo bueno, pero, sobre todo, para lo malo. ¿O es que se te ha olvidado?

Le agradezco sus palabras con un gesto cálido.

—Lo tengo presente. En serio.

Sus ojos dorados están llenos de una preocupación que me desborda y me hace sentir aún más culpable de lo que ya me siento de forma habitual por cosas muy aleatorias.

Así que, con la culpa arrancándome la piel a tiras, me abro con ella porque tampoco se merece que me calle todas mis preocupaciones y la deje en ascuas.

Al fin y al cabo, ella ha sido mi consuelo siempre que me he encontrado perdida.

—Mi padre se ha ido sin avisarme.

—¿Cómo?

—Lo que oyes.

—Pero… —Se yergue sobre su sitio—. ¿Por qué no me has dicho nada antes, Bee?

—¿De qué serviría?

—Joder, tía. —Curva las cejas—. Podrías haber venido a dormir a mi casa o cualquier cosa. No tienes por qué estar sola, aunque creas que es lo que tienes que hacer.

Agacho la cabeza para contener las lágrimas que empañan mis ojos y trago el maldito nudo que me impide hablar, pero, cuando Jaz coloca su mano sobre la mía, me cuesta el doble mantenerme entera.

Llevo un par de días con una angustia que no consigo controlar. Cuando llegué a casa y me encontré con una nota pegada en la nevera, me quise morir.

La comunicación nunca ha sido nuestro punto fuerte, pero habíamos cenado juntos hacía unas cuantas noches. Podría haberme dicho algo. ¿Cómo te vas de casa sin decirle nada a tu hija menor de edad?

No me entra en la cabeza.

—Es que últimamente me siento un poco perdida.

No sé cómo explicarlo, pero… —Miro al techo y no puedo controlar las lágrimas que empiezan a caer de forma silenciosa por mis mejillas—.

No encuentro la paz de siempre en las clases.

Con mi padre las cosas no mejoran… Cada vez se aísla más en sí mismo y yo no sé de qué forma acceder a él.

El musical me está quitando todo el tiempo que tenía para otras cosas y…

—Me tiembla la voz ante la confesión que más me asusta de todas y que he tratado de apartar de todas las formas posibles—: No sé si quiero ir a la universidad.

En la cara de mi mejor amiga no hay ningún atisbo de sorpresa, como si ya lo supiera. Suspira antes de hablar.

—Creo que llevas mucho tiempo tratando de complacer a todo el mundo y ya es hora de que empieces a pensar en ti, Bee.

Sus palabras caen como un jarro de agua fría sobre mí y me dejan pensando más de lo que debería.

¿Mi sueño realmente ha sido ir a la universidad para ser maestra o no era más que una manera de contentar y mantener la atención de mi padre sobre mí?

¿Me he dejado los cuernos siendo la mejor en los estudios para mi futuro o es que esa era la única forma de conseguir un poco de atención que no recibiría de otro modo?

Adriel aparece abriendo la puerta con el pie y haciendo equilibrios con las bebidas entre las manos.

—¡Más quisieras, caraculo ! —grita al interior de casa.

Suelto una especie de carcajada porque sé que está discutiendo con una de sus hermanas por cualquier cosa.

—Ya estoy aquí. —Suspira, y nos tiende las bebidas para que Jaz y yo se las quitemos de las manos—. ¿He tardado mucho? Es que Índigo quería que le dejara una falda para ir al cine… y…

Su cara cambia cuando termina de dejar las bebidas sobre la mesa y nos mira.

—¿Qué me he perdido?

Jaz y yo nos miramos comunicándonos en silencio.

Sé que ella está esperando a que yo decida qué quiero contarle a Adri.

—Ven —le pido con ternura—. Siéntate.

Sus ojos, del mismo color que el mar, se clavan en mí, asustados.

—Ay. ¿Qué pasa?

Después de contarle lo mismo a Adri, me siento un poco más ligera, aunque eso no hace que mis preocupaciones hayan desaparecido. Sí siento que ahora me es más fácil sobrellevarlas.

—Ya sabes lo que pienso sobre el futuro y las imposiciones que tenemos desde…, puf. Pues desde antes de nacer. —Gesticula de forma exagerada hasta golpearse el muslo—. Yo no sé qué quiero hacer y mucho menos quién quiero ser en el futuro, porque ¿quién sabe eso a nuestra edad?

—Bueno, ya.

—Pues eso…; tú llevas toda la vida metida en una hoja de planificación. —Suelto una risita amarga, porque razón no le falta—. ¿Y es eso lo que quieres? ¿Lo has querido alguna vez o lo hacías solo por…?

—¿El reconocimiento y la validación externa? —finalizo por ella con un hilo de voz.

Coloca su mano sobre mi muslo y aprieta con ternura.

—Oye. Que no hay nada malo en ello. Todas lo hemos hecho. —Adri echa un vistazo a Jaz—. ¿O no?

Mi mejor amiga bufa y se aparta el pelo con fuerza.

—He perdido la cuenta.

Un mensaje llega al móvil de Adri y sonríe de forma automática cuando lo ve.

—¿Y bien? ¿Algo que contar? —la pica Jaz.

Adri nos mira con una sonrisa negando con la cabeza y dejando su móvil sobre la mesa.

—Es Connor. —Se lleva un mechón de pelo detrás de la oreja—. El viernes vamos a pasar la tarde al muelle.

Jaz alza las cejas y yo no puedo evitar sonreír, porque la relación de esos dos es de lo más tierna.

—¿Al Navy Pier? —pregunta Jaz con curiosidad.

Adriel asiente con una sonrisa enorme y, de repente, sus ojos se abren, iluminados como dos luceros

—¡Veníos! —grita, inclinándose hacia nosotras—. ¡Vamos todos!

—¿Todos? —Jaz arruga las cejas con cierta desconfianza.

—Sí, claro. Tú y Din. Y Bastian y Bee.

Me atraganto con mi té helado y consigo no salpicar a mis amigas, aunque toso más de lo que me gustaría.

—Adri, ¿qué te hace englobarnos a mí y a Bastian en la misma frase?

—Ay, por favor, Bee. No me hagas decirlo en voz alta.

Pestañeo. Me quito las gafas y con la tela de mi jersey limpio el cristal, que se ha manchado de alguna gotita de té.

—Dilo.

Se encoge de hombros y me mira con una expresión de «Luego no digas nada, ¿eh?», y se dirige a Jaz.

La emoción de sus ojos a la hora de contarlo me recuerda a mí hablando de los libros que me obsesionan y, aunque no me hace mucha gracia, en este caso parece que la protagonista soy yo.

—Bee y Bastian se gustan. Creo que se ha dado cuenta todo el River Valley menos ellos.

Me muerdo la punta de la lengua y sigo limpiando las gafas para evitar mirar a las chicas. La verdad es que no sé cómo sentirme al ver a Adriel hablando abiertamente de mis sentimientos y de los de Bastian cuando ninguno de los dos hemos dicho ni hecho nada.

—¿Has hablado con él para poder confirmar eso que dices, Adriel? —pregunto con sorna.

—No. —Gesticula tanto que parece un dibujo animado—. Pero solo hay que veros juntos.

—Estamos fingiendo —trato de justificarme.

—Ay, Beatrice, por favor. Eso sí que es falso. Bastian hizo una buena jugada con eso de la relación falsa. Le gustas de verdad. Además, él es un tío, y los tíos no hablan de sus sentimientos, Bee. —Pone los ojos en blanco como si fuera una información de conocimiento mundial.

—Din sí.

—Pero es que Din no es un hombre al uso. —Adriel agita la mano y mi mejor amiga curva las cejas porque no sabe si eso es bueno o malo—. Él es… todo lo que debería ser un hombre. Es la expectativa.

La sonrisa de Jaz nos deja claro que las palabras de Adri son muy acertadas y la hacen sentir orgullo del muchacho con el que comparte la vida.

—Tengo mucha suerte de haberme cruzado con él —susurra con la voz cargada de nostalgia, mordiéndose el labio, como si se hubiera trasladado demasiado lejos de nosotras.

—¿Te acuerdas de cómo estabais al principio? —Adri le da un codazo suave.

—Puf. Sí. —Agita la cabeza y alza los ojos al techo—. Pero ahora no estamos hablando de mí y de Din. —Clava sus ojazos en mí—. Toca hablar de esta señorita y de sus supuestos sentimientos hacia la estrella del equipo. ¿Algo que decir, Beatrice?

Ni siquiera sé qué es exactamente lo que siento porque nunca lo he experimentado, aunque he leído muchísimas veces lo que se supone que se siente.

No sé si el hecho de que me tiemblen las piernas cuando lo tengo delante o de que se me corte el aliento es indicativo de un sentimiento profundo, la verdad.

Igual es que me impone su presencia y ya.

O que no estoy acostumbrada a recibir la atención de alguien del sexo opuesto de esa forma. Mis experiencias en ese campo son bastante nulas, y las pocas veces en que he tenido contacto con chicos han sido porque querían pedirme que los ayudara con los deberes.

O, mejor dicho: exigirme que se lo hiciera.

—No diré nada hasta que no esté en presencia de mi abogado.

Las tres nos quedamos en silencio, observándonos, y nos echamos a reír.

—Solo di que vienes —suplica Adri.

Echo todo el aire que tengo en los pulmones porque me cuesta mucho decir que no. Además, para qué mentir: me apetece tener una excusa más para ver a Bastian.

Aún no supero la imagen de ese hombre de casi dos metros de altura y una espalda anchísima sonriéndome. Apartándome el pelo de la cara cuando le explico algo.

O besándome.