El 7 de River Valley 39. Bee
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39. Bee

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—¡Me haces daño!

—Déjame hacer mi trabajo y…

—¡No! Vamos, es que ni de broma.

Los gritos de Adriel resuenan sobre el auditorio. Sierra Byrd y Joel Morris resoplan. Han repetido esa escena como quince veces. Se ve que están hartos.

—¿Qué pasa ahora, Porter?

Adriel detesta que la llamen por su apellido.

—¿Que qué me pasa? —grita exasperada con las manos en las caderas—. Hemos repetido este dialogo más de veinte veces, y no hay forma de que parezca que estáis enfadados, pero que a la vez se note que os gustáis.

Sierra y Joel se miran como si no entendieran lo que Adri les quiere decir, y es que yo como lectora sí entiendo el punto de odiarse y gustarse a la vez.

Como en esos buenos romances enemies-to-lovers en los que se ponen la daga al cuello, pero no dejan de comerse con los ojos.

Pero entiendo que una persona menos intensa no llegue a entender del todo ese concepto tan contradictorio.

—Lo estamos haciendo bien. —Joel se lleva las manos al puente de la nariz, desesperado—. Deberías dejar de ser tan exigente. Es un puñetero musical de instituto.

—¡No es ninguna tontería, Joel!

—Entonces, ¡¿por qué coño no lo haces tú?! —grita, encarándose a ella, y todo el auditorio se queda en silencio.

—No le hables así.

Su voz termina de detonarlo todo.

Me dejo llevar por ella y desvío mis ojos hacia Bastian, que está apoyado en una de las columnas de luces del escenario con las manos en los bolsillos y sus ojos azules clavados en ellos.

—No eres el más indicado para hablar, Wolf. —Joel alza las cejas, molesto por su intervención. No querrá herir su orgullo de macho, supongo—. Esto no va contigo.

—La próxima vez que le hables así, te cruzo la cara, gilipollas.

Y se da la vuelta como si nada para seguir a lo suyo.

—A ver… —Mi amiga carraspea—. Vamos a intentarlo por última vez, por favor. Y luego pasamos a la canción de la huida, ¿vale?

Estas últimas semanas están siendo un auténtico caos, pero Adriel es la que peor lo está llevando. No sé cuántas horas duerme al día, pero apostaría a que menos de cinco, y casi no come y pasa más de doce horas en el instituto sin parar ni un segundo.

Está completamente desquiciada, y lo entiendo. Quiere hacerlo lo mejor posible. El problema es que, cuando tu trabajo depende de más personas…, todo se complica.

La pareja asiente con cara de pocos amigos y vuelven a retomar el diálogo por donde lo dejaron. Yo trato de ponerme a lo mío, pero se me ha terminado el barniz y encima necesito más papel de seda para hacer los pétalos de la rosa.

El hormigueo habitual que siento cuando estoy en el mismo espacio que Bastian me recorre de arriba abajo solo de pensar que voy a pasar cerca de donde está trabajando.

La puerta está medio abierta, así que me meto dentro y empiezo a buscar como una loca todo lo que necesito para no tener que volver. Me pongo de puntillas para alcanzar un botecito de barniz, pero, como era de esperar, no llego.

—Pensaba que ya habíamos superado esta etapa, abejita. —Su voz hace que mi estómago brinque.

Me giro de golpe, con el corazón en la boca del estómago, y aprieto los labios cuando lo veo apoyado contra el marco de la puerta. Lleva unos pantalones de chándal grises y una sudadera ancha, la del equipo, con su número en la espalda.

—¿Qué etapa?

—La de no pedirme las cosas. Estoy para lo que quieras.

Se incorpora y empieza a caminar hacia mí con cautela.

Menudo cosquilleo. Supongo que tener sus ojos sobre los míos no es un factor que facilite demasiado mis nervios.

Sin dejar de mirarme, alza el brazo para coger el botecito.

Siento una presión insoportable en mi bajo vientre. Como un enjambre de abejas (aún no sé por qué me imagino abejas y no mariposas, como todo el mundo) zumbando por mi estómago hasta el tórax.

El cuerpo de Bastian roza el mío y tiemblo como una hoja.

—¿Necesitas algo más?

Una bombona de oxígeno no me iría mal.

Su tono de voz es más bajo y pastoso de lo normal, y sus ojos siguen fijos en los míos de una manera que me está consumiendo.

¿Esta habitación era así de pequeña hace cinco minutos?

—No —logro decir con un hilo de voz.

Con los ojos clavados en mi boca, se lame los labios y da un paso atrás, dándome un poco de espacio que agradezco y detesto a partes iguales.

—Oye —decimos a la vez, y soltamos una risita breve—. Perdona —repetimos de nuevo.

—Dime tú —trato de decir más rápido que él.

—Bueno, había pensado que, si todo esto sale bien y puedo volver al equipo, aunque sea para la final… —Se toca la nuca—. Me gustaría que vinieras a verme jugar.

¿Ha oído alguien hablar de ese momento en el que el chico malo se abre y se ve que realmente no es tan malo, sino que lleva toda su vida con una fachada por miedo?

Pues ahí me doy cuenta, tras recopilar más detalles que he ido viendo con el paso de los días, que Bastian no es más que un tío que, aunque físicamente intimide un poco, en realidad es mucho más inseguro y tierno de lo que quiere mostrar a los demás.

Y al igual que me pasa con los libros, ese tipo de hombres atormentados, con problemas emocionales, me pierden.

Complejo de salvadora, supongo.

—¿Quieres que vaya a verte? —pregunto despacio, saboreando con incredulidad cada palabra.

—Connor quiere invitar a Adri y…, bueno, supongo que quedaría raro que mi novia no fuera a la final, ¿no crees? —Se acerca un poco más y baja la cabeza—. Podrías ponerte mi camiseta.

Una punzada de decepción me atraviesa cuando menciona a Connor y Adri, porque supongo que no ha sido idea suya y tampoco es algo que le haga especial ilusión. Solo quiere mantener una imagen.

Una parte de mí deseaba que la invitación fuera genuina, porque me cae bien, porque creo que me he encariñado con él al verlo en otros ambientes, al ver cómo es conmigo.

—Bueno…, ya veremos, ¿vale? —Aparto la mirada y me escabullo.

—¿Vale?

Lo miro por última vez antes de salir con el bote entre las manos, y no puedo negar que su expresión me produce una sensación de lo más extraña.