38. Bee
Bee
—Vale. Repetimos. ¿Cuál era la diferencia entre narrador protagonista y narrador omnisciente?
Lo observo por encima de la montura de las gafas. No deja de juguetear con el bolígrafo mientras se muerde los labios.
—El protagonista te da su punto de vista y el omnisciente es el que sabe todo.
—Hum. Vale, pero… ¿puedes desarrollarlo un poco más?
Pestañea y desvía la mirada para concentrarse.
Puede que nunca se lo haya planteado, pero le queda demasiado bien este sitio.
Cualquiera podría pensar que no es un lugar para alguien como él, pero es lo suficientemente inteligente como para estudiar lo que le dé la gana, solo que no parece confiar demasiado en sus capacidades.
No le hace falta más de una explicación para que pille todo a la primera y lo entienda. Y me da rabia que lo esté desaprovechando de esa manera.
Mira al techo buscando la inspiración y yo poso los ojos en la nuez de su cuello. Me fascina cómo se mueve cuando traga saliva.
—¡Yo quiero verla!
Arrugo la frente cuando escucho una vocecita al otro lado del pasillo y miro a Bastian.
—Vienen a verte —susurra.
La puerta se abre de par en par. En el umbral aparece un niño alto y flacucho, con una mata de pelo rubio y unos ojos enormes.
—Hola.
Me giro sobre la silla y le dedico una sonrisa.
—Hola.
Bastian arrastra la silla y se levanta para ir hasta donde él. Antes de que el crío pueda decir nada, Bastian le revuelve la mata de pelo y lo levanta, cogiéndolo como si fuera un saco de patatas.
—¡Ay, Bas! —Se ríe.
—¿No has venido a verme a mí? —Le hace cosquillas y el niño se troncha de risa.
—Eh. Bueno, sí. También.
—Eres un cotilla. Igual que tus padres.
Bastian lo baja al suelo y el niño se peina el pelo con los dedos. Me acerco para saludarlo.
—Este es…
—¡Oye, que sé hablar! —se queja.
—Vale. Perdón.
Sonrío porque me produce mucha ternura cómo se tratan. Cómo ha ido Bastian a cogerlo en volandas. El cariño que desprenden sus ojos fríos como el hielo.
—Soy Chapi. El hermano pequeño de Bastian.
Intento que no se me note la confusión, pero, cuando miro a Bastian, él niega con una sonrisa, como diciendo: «Me he cansado de decirle que no somos hermanos, pero se empeña en ir contando lo que le da la gana», o así interpreto su gesto, y no le doy importancia, porque la lógica de los niños pequeños es algo que realmente me apasiona.
Todos seríamos mucho más felices con esas ideas que tienen.
—Yo soy Bee. —Le dedico una sonrisa sincera.
El niño lleva la cabeza a un lado y me enseña todos los dientes (excepto el hueco en una de sus paletas) con una sonrisa enorme.
—¿Como las abejas?
Bastian ahoga una risa y recobra la compostura ante mi mirada asesina
—No lo he dicho yo. —Alza las manos como si lo estuviera apuntando con una pistola—. Ha sido él. —Se agacha a su lado y baja un poco la voz, pero sigo escuchándolo perfectamente—. Es una abejita.
Chapi se ríe y yo pongo los ojos en blanco.
—En realidad me llamo Beatrice, pero todo el mundo me llama Bee.
—Yo soy Charlie —dice con la cara arrugada—. Pero todos me llaman Chapi.
—Me gusta, ¿y a ti?
—También. —Sonríe—. ¿Te vas a quedar a cenar?
Me quedo rígida, porque eso sí que no me lo esperaba, y llevo los ojos a Bastian, que me observa con detenimiento.
—No. Tengo que irme a casa.
—Ah. Vaya. —Su vocecita suena algo triste—. Pero… ¿otro día te quedas?
—Si me invitáis, sí.
—La invitamos, ¿a que sí, Bas?
Chapi gira la cabeza hacia Bastian y él asiente tocándole el pelo.
—Claro, enano. —Me mira—. Bee puede venir siempre que quiera.
Mi corazón da un pequeño brinco ante sus palabras.
—Corre, vete a decirle a los tíos que llevo a Bee a su casa y cenamos en un rato.
—Vale —grita contento—. ¿Y después unos tiros?
Bastian asiente, derrotado.
—Sí, claro.
—Adiós, Bee —se despide con una sonrisa antes de salir corriendo por la puerta.
—Adiós, Chapi.
Dejo las llaves sobre la cómoda de la entrada. El pasillo está terriblemente oscuro, pero se ve una rendija de luz en el despacho de mi padre.
Abro la puerta y ahí está, con las gafas puestas, la música de los ochenta sonando y la ventana cerrada a cal y canto.
—Hola, papá.
—Hola, Bee —dice sin despegar los ojos de la figura que tiene entre las manos—. ¿De dónde vienes?
—De… estudiar.
Podría contarle todo lo que ha ocurrido en los últimos días, pero no sé cómo hacerlo.
—Hum. —Desliza la paleta por la pieza, supongo que estará juntando los cachos rotos—. ¿Por qué no estudias en casa?
—Eh. Bueno…, me viene bien darme una vuelta.
Avanzo hacia el interior y me dirijo a la ventana.
—No hace falta, Bee.
—Papá… —suelto con reproche—. ¿Tú sabes el pestazo que hay aquí? Te vas a intoxicar…
—Si no lo he hecho ya…
Por fin alza la cabeza para observarme y aparto la mirada ligeramente incómoda, porque creo que hace demasiado que no sé lo que es sentir sus ojos sobre mí.
Observo el espejo gigante que hay en la pared frente a su escritorio, al lado de la puerta.
—¿Un encargo?
—El más gordo por el momento. Era de un empresario con muchísimo dinero, y me dijo que lo quería restaurar para regalárselo a su hijo.
—Es bonito.
«Pega en casa de Bastian», pienso, y al instante trato de sacarlo de mi mente.
Carraspeo y avanzo hacia la salida.
—Voy a cenar.
—¿Cenamos juntos?
Me giro de golpe, porque hace días que he perdido la esperanza de compartir tiempo con él.
—Ah. Sí. Claro.
—Termino esto, y voy.
—Genial. Yo me voy a dar una ducha.