El 7 de River Valley 37. Bastian
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37. Bastian

Bastian

—¿No os ibais a ir? —pregunto nervioso y un poco irritado a mis tíos, que están sentados en el sofá sin ninguna intención de mover el culo.

Luis me mira con el brazo rodeando el hombro de Don.

—No.

Gruño frustrado.

—Teníamos un trato.

—No, Bastian. No había nada decidido.

Entrecierro los ojos, voy a volverme loco.

—Sois unos cotillas.

Y voy hasta la puerta, donde me está esperando Bee.

—Perdona. Vamos, ven. —La agarro de la mano por inercia y voy a subir a mi habitación con ella, pero un «chsss» me frena en seco.

Me muerdo la lengua y giro sobre mí mismo con ganas de matar a alguien.

Luis está en el umbral que separa el recibidor del salón, y me mira. Chocolate aparece con la lengua fuera y se acerca a olisquear las piernas de Bee.

—Ay. Hola —susurra con la voz supertierna, y lo acaricia mientras yo deseo desintegrar a mi tío.

—¿Adónde vas?

—A estudiar.

—¿A tu cuarto? —Arquea las cejas.

—¿Qué pasa? Necesitamos intimidad.

Mi tío se cruza de brazos y se acerca a nosotros.

—En la cocina tenéis todo tipo de intimidad. Nosotros no vamos a molestaros. —Centra toda su atención en la chica a la que tengo cogida de la mano—. Hola, linda. Soy Luis, el tío de este garrulo.

—Pero cómo que… —Me muerdo la lengua otra vez.

Pero me alivia ver que Bee trata de ocultar una risita, y eso, por lo menos, es buena señal.

—¡Encantada! —Le regala una amplia sonrisa—. No queremos molestar… Si no, podemos ir a la biblioteca… o…

Me mira en busca de algún tipo de solución, pero yo niego con la cabeza. No me voy a ir a ningún sitio. Quiero estudiar en mi casa y punto.

—De hecho, podéis ir a la nuestra. —Mi tío me lanza una mirada—. ¿No? ¿O necesitas subir a esta pobre chica a la pocilga que llamas habitación?

Me cago en todo.

—Oye, pero ¿qué dices de mi habitación? —gruño enfadado.

—Nada bueno tengo que decir de ella. Hasta Charlie la tiene mejor que tú.

Me toco el puente de la nariz, desesperado.

—La biblioteca está genial —dice Bee en un tono suave, apretándome la mano—. Además, si es igual de bonita que el resto de la casa…

—Ay. Muchas gracias. Bastian la odia.

Joder.

Luis me asesina con la mirada y Bee me mira horrorizada.

—Pero si es maravillosa… Es como vivir en un castillo de cuento.

—Igualito. Mira, ahí está el hada madrina. —Señalo a mi tío Don, que aparece por la puerta.

—Bastian —gruñe Luis.

—Nosotros nos vamos.

Tiro de Bee desesperado hasta la puerta de la biblioteca y escucho el gritito ahogado que suelta cuando entramos.

—Se supone que nadie nos va a molestar.

Se queda ahí plantada con las manos sobre el pecho mirando todos los rincones. Sus ojos brillan con una intensidad que me gusta.

—Es… —Da una vuelta sobre sí misma—. Es increíble.

—¿Gracias? —Suelto una risita.

—Lo que pagaría por tener algo así en mi casa.

Avanza con miedo, como si fuera a decirle algo por pasearse por allí.

—No sé si seré capaz de darte clase teniendo esto ante mis ojos.

Avanzo hacia las cortinas y las abro de golpe, porque, según mis tíos, a los libros no les puede dar el sol directo porque se quedan amarillos, así que esta zona suele parecer la cueva de un oso.

—¿Te importa que…?

Me vuelvo hacia ella.

—Todo tuyo. Disfruta.