36. Bee
Bee
—¿Cuándo pensabas contárnoslo?
La decepción en el tono de Jaz me hace sentir mal por no haberles contado lo del trato con Bastian antes. Yo misma estaba intentando asimilarlo.
Bajo la mirada, avergonzada.
—No he encontrado el momento para hacerlo.
—Claro, porque será que no nos vemos nunca.
—Ay, Jaz…, no seas así —suelta Adri, pasando el brazo por mi espalda—. Nuestro pepitogrillo ha estado muy ocupada.
—Ya. La tienes explotada haciendo manualidades.
—Eh. Que yo no la he obligado a nada, lista.
Jaz se ríe.
—Es broma. Oye, Bee… —Coloca su mano sobre la mía—. Lo que he dicho antes también era broma. No te lo tomes a mal. Ya sé que necesitas tus tiempos.
La miro y le dedico una sonrisa.
—Es que… es como que no termino de asimilar todo lo que está pasando. Me siento un poco extraña.
—¿Te hace sentir incómoda?
Lo cierto es que no.
—No. De hecho, es muy respetuoso. Pero se me hace raro fingir que estamos juntos.
—Yo a él lo veo muy cómodo —sentencia Adri—. No para de buscarte.
No rechisto y siento cómo mis mejillas se calientan solo de recordar el beso en el cine hace un par de días.
—Ya…, bueno, supongo que tiene que hacerme sentir bien para que siga dándole clase.
—No digas tonterías. Ese tipo de cosas no se pueden fingir.
Ladeo la cabeza.
—¿A qué te refieres?
—Pues que, si él estuviera incómodo, lo notarías. —Desvía la mirada a Jaz—. ¿Verdad?
Mi mejor amiga asiente, y se coloca un mechón de su precioso pelo negro detrás de la oreja, con lo que deja a la vista sus imprescindibles aros dorados.
—Sí. Solo tienes que ver a Milán y Alex cada vez que están compartiendo espacio.
—La tensión podría cortarse con un cuchillo —añade Adri.
—Ya —musito.
—Por eso. Que vosotros tenéis una conexión. Todo parece… natural.
—Nadie diría que estáis fingiendo —finaliza Jaz.
—Hola.
Todas alzamos la vista hacia Milán, que deja su mochila en el borde de las escaleras y se sienta a nuestro lado.
Me siento mal, porque, de forma automática, dejamos de hablar. Como cuando estás hablando de un tema delicado que no quieres que sepa nadie más. Y no es que pretenda ocultárselo, simplemente por cómo están las cosas no me siento a gusto, porque sé que no va a decir nada bueno.
—¿Fingiendo? ¿Quién finge? —pregunta, mirándonos con sus ojos rasgados.
—Yo. Pensaba decir que me duele la barriga para saltarme matemáticas —inventa Jaz, y me siento mal porque tenga que mentir cuando no hace falta.
—Ah.
Un silencio incómodo se asienta sobre nosotras y me entran ganas de llorar porque antes no éramos así.
—¿Qué tal estás? —pregunta Jaz a Mils.
—Bien.
Mils no hace el amago de seguir la conversación y Jaz tampoco. De repente, Alex sube las escaleras y se queda en un escalón por debajo frente a nosotras.
—Hola, chicas —se dirige a nosotras, pero clava sus ojos en Milán—. ¿Podemos hablar?
Adriel, Jazmín y yo nos miramos, y acto seguido clavamos la vista en ellos. Ella ni lo mira. Alex suspira agotado.
—Milán.
Ella aprieta los dientes y, por fin, sube el mentón para mirarlo.
—¿Qué?
—Necesito hablar contigo.
—¿Para qué? Ya me has dejado muy claro que mi opinión te importa una mierda.
—¿Qué? —Él niega con la cabeza—. Yo no he dicho eso.
—Oh. Claro que lo has dicho.
Alex suspira, como si tratara de no perder los papeles, y es que parece que la única persona que saca de sus casillas a Alex es nuestra amiga.
—Es importante —dice entre dientes.
Milán refunfuña mientras agarra sus cosas y se levanta de mala gana.
—No tengo todo el día. Así que rápido.
—Aquí no.
Nos echa una mirada y sigue a Alex escaleras arriba hasta que desaparecen por el interior del edificio.
—Venga, Bee —insiste Adri—. Necesito saber todos los detalles. Antes no hemos podido indagar en el meollo de la cuestión.
La miro de reojo mientras coloco las cosas en mi taquilla, y digo que no con un gesto, ligeramente avergonzada, porque, aunque me haga sentir una mala amiga, me alegré un poco de que Milán apareciera y nuestra conversación sobre Bastian finalizara antes de contarles que me besó. Bueno, que nos besamos.
Suspiro, porque sé que esto tiene que llegar antes o después, y prefiero hablarlo de una vez, aunque tenga que repetirlo más tarde con Jaz porque ahora está en matemáticas.
—Fuimos al cine.
Pone los ojos en blanco y niega con la cabeza.
—Ay. Eso ya lo sé. Pero ¿qué más? ¿Qué pasó?
—Bueno, pues… —Cojo aire y lo suelto—. Nos besamos.
—¿Quién te besó, abejita?
Su voz me hace apretar los ojos con fuerza.
No me lo puedo creer. Me muero de la vergüenza.
Giro la cabeza y lo veo ahí plantado, con la gorra del revés y una sonrisa burlona.
Mis mejillas arden y en ese momento me encantaría desaparecer de la faz de la tierra.
Su sonrisa se ensancha aún más con mi silencio.
—Pues…
—Su novio —suelta Adriel con picardía.
—Ah. ¿Y quién es tu novio? —pregunta en un tonito que me hace sentir un calor abrasador.
—Uno —suelto nerviosa.
Sin despegar sus ojos de los míos, se acerca a mí.
—Uno muy guapo, por lo que me han dicho —bromea.
Adriel se ríe con fuerza y le respondo fulminándola con la mirada.
—Connor te está buscando —suelta Bastian sin dejar de mirarme
—¿Dónde está?
—En la entrada.
Adri me acaricia el brazo con suavidad antes de marcharse, pero yo no aparto mi atención de los ojos azules del chico que tengo delante.
—Luego nos vemos. Adiós, tortolitos.
Bastian se lame los labios y, con las manos en los bolsillos, se inclina hacia mí hasta que su nariz roza la mía.
Siento cómo el pecho está a punto de reventarme en mil pedazos.
—Hola, abejita —dice bajito.
—Hola —respondo con la boca seca por su cercanía.
Me da un beso en la mejilla, muy cerca de la boca. Y vuelve a su posición inicial.
—¿Dónde te escondes?
—¿Yo? —Pestañeo con inocencia—. No me escondo.
—Ah. ¿No? Qué raro. Ayer no te vi en todo el día.
—En el auditorio.
—Ya. En el auditorio. Y justo cuando he ido a buscarte, ya te habías ido.
Me hago la tonta, porque sí que es verdad que traté de evitarlo, porque una parte de mí, una que parece que tiene doce años, se moría de vergüenza.
Solo fue un beso. No es para tanto.
—¿Hoy vamos a quedar? —pregunta, irguiéndose.
—¿Sí?
—Tú mandas. Eres la profesora.
—Sí, claro. —Aparto la mirada, ligeramente nerviosa—. Podemos coger un aula en…
—En mi casa.
Levanto la cabeza y lo miro un poco sorprendida.
—¿Qué?
—Nada. No sé. Como quieras.
No se me pasa por alto como cuando mira justo detrás de mí, y su gesto cambia por completo.
—¿Qué pasa? —pregunto, ligeramente asustada.
—Te voy a besar.
—¿Qué?
Pero no me da tiempo a decir ni a preguntar por qué. Me agarra del brazo con suavidad y me mueve hasta que mi espalda choca contra las puertas de las taquillas. Ahogo un suspiro cuando me arrincona con un brazo a la altura de mi cabeza y me besa.
Mi boca se abre al instante y deja entrar su lengua, que me busca con ímpetu, con ansia, con mucha más intensidad que el día del cine.
Mi pecho roza el suyo, y tiemblo cuando sus manos acunan mi cara.
Su dedo pulgar roza mi labio inferior cuando se aparta de mis labios. Lo miro buscando una respuesta, y, aunque él sigue enganchado a mis ojos, yo desvío la mirada y veo a Grayson pasar por detrás de Bastian.
Supongo que ya sé por qué me ha besado.
Fingir para quitarme de encima a Grayson. Ese era el trato, ¿no?