El 7 de River Valley 35. Bee
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35. Bee

Bee

Quizá tendría que haber dejado las cosas a medio hacer como ha hecho todo el mundo y dar por finalizado el día, pero me he puesto nerviosa al quedarme sola con Bastian. Al recordar que íbamos a quedar.

Él y yo. Solos. Fuera del instituto.

Solo de pensarlo, me tiemblan las piernas porque no se me dan muy bien este tipo de cosas.

«Imagina que es como si fueras con Jaz. Como una tarde de chicas», pienso, y voy sintiendo cada vez más nervios, porque claramente no es lo mismo.

Me estiro para desentumecer los músculos tras haber pasado demasiado tiempo en esa postura infernal, y me quedo rígida cuando veo a Bastian moverse por el escenario con un balón entre las manos. Avanzo sin despegar los ojos de sus movimientos y, para qué mentir, de su cuerpo sin camiseta.

Tiene la piel ligeramente perlada en sudor. Con cada movimiento, sus músculos se marcan como brochazos sobre un lienzo. Los hombros anchos (aunque eso ya lo sabía) y tatuajes en ambos brazos.

Todos los músculos de su espalda se tensan cuando levanta el balón y las alas de ángel que tiene tatuadas entre los omóplatos llegan a cada uno de los extremos de sus hombros.

Me resulta muy poético que alguien como él, a quien llaman la Bestia, lleve un ángel bastante grande tatuado en la espalda.

Con las piernas semiflexionadas, se gira hacia mí, pero sin verme, y me deleito con su pecho definido. Aprieto los labios y siento cierta lástima cuando en su pectoral izquierdo se ve claramente un corazón roto, con un montón de grietas a los lados; como si se lo hubieran arrancado del pecho.

Aparto la mirada ligeramente incómoda porque parece que ese dibujo dice mucho de lo que él ha podido sentir en algún momento de su vida. Si no, no te tatuarías algo tan trágico, ¿no?

Sigo deslizando la vista por sus abdominales y la hendidura perfecta que los separa. Llego hasta la uve que se esconde por el borde de sus pantalones.

—¿Te gusta, abejita?

Su voz me hace apartar los ojos de golpe y finjo de una forma pésima que estoy concentrada en las cortinas del escenario.

—Beatrice.

Me desestabilizo por completo cuando lo vislumbro con el balón bajo el brazo, y el pelo húmedo y desordenado sobre su frente. Su pecho subiendo y bajando.

Y sus ojos ardiendo sin despegarse de los míos.

—¿Qué? —preguntó, alzando un poco el mentón.

Ladea la cabeza.

Una punzada me atraviesa el bajo vientre.

—Que si te gusta.

—Claro que no.

Camina hasta el borde del escenario y se pone de cuclillas, haciendo un gesto con los dedos para que me acerque. Clavo los ojos en los tatuajes sueltos que hay sobre su antebrazo y por un momento me encantaría saber la historia que se esconde detrás de cada uno de ellos.

—¿Qué? —pregunto nerviosa.

—Nada. Solo quería facilitarte las cosas y que me vieras desde más cerca. —Su sonrisa insolente hace que abra la boca y me la tape con la mano.

Puede que esa manera de sonreír sea una de las cosas más bonitas (y sexis) que he presenciado nunca. De hecho, podría competir con cualquiera de mis novios literarios, y ese suceso no había ocurrido jamás.

Bastian se lame los labios y entrecierra los ojos. Se seca el sudor de la frente con el antebrazo y yo hasta me atraganto con mi saliva porque no sabía que un movimiento tan mundano pudiera ser tan sexy.

—¿Quieres subir y te enseño?

No quiero hacer más el ridículo, gracias.

—Otro día quizá.

Chicago de noche me parece algo digno de ver. Es tan bonita que, si supiera pintar, me encantaría dibujarla; pero, como no tengo ni idea de eso, saco el móvil y hago una foto a una de las transversales.

—¿Eres de esas?

Aparto el móvil un poco avergonzada. Bastian está a mi lado con las manos en los bolsillos de su cazadora.

—¿De esas?

—Que le hace fotos a todo.

—Ah —suelto nerviosa—. No. Bueno, a veces. Depende.

—¿De qué?

—De lo que sienta. Hay cosas que me apetece fotografiarlas, para recordar el momento. O simplemente porque me parece algo digno de capturar.

Se queda en silencio, observándome.

—¿A ti no te pasa? ¿No hay momentos que quieres que sean eternos?

—No tengo mucho de eso, la verdad.

—Vaya. Qué pena.

Después de mirarme como si no me entendiera, se adelanta un poco y me abre la puerta del cine para dejarme pasar. No le doy las gracias, pero le dedico una sonrisa que en mi idioma significa lo mismo.

El calorcito de la sala me reconforta. La moqueta del suelo. El olor de las palomitas. El murmullo de la gente, que, gracias a Dios, es poca.

Miro hacia las pantallas que muestran los estrenos.

—¿Cuál vamos a ver?

Bastian bufa y me mira.

—Una que no sé si nos va a gustar, pero fue lo más decente que encontré.

—Ah. —Lo miro sorprendida—. Que ya tienes las entradas.

—Claro. Te he dicho que la peli empezaba a las ocho.

Aprieto los labios y asiento con la cabeza.

—Era una forma de asegurarme de que no me dijeras que no. —Me da un codazo suave—. Tenía la sensación de que podía ocurrir.

Trato de ocultar la sonrisa, porque en realidad sí que había estado pensando en ponerle una excusa y anular el plan.

Por nervios e incomodidad más que nada. ¿De qué íbamos a hablar?

Me provocaba mucha angustia no saber cómo iba a sentirme fuera del instituto.

Sin tanto estímulo. Sin la opción de salir corriendo con cualquier excusa.

Y aunque el plan del cine me parece que está muy bien porque hablaremos poco, nadie me había avisado de lo nerviosa que iba a estar por pedir unas palomitas.

Por entrar en la sala, que, por suerte, tenía las luces encendidas, porque, si no, seguro que me habría tropezado con los escalones.

No esperaba que me temblaran así las manos a la hora de coger la bebida, que está demasiado cerca de su pierna.

Él, en cambio, parece tranquilo, ahí sentado con la atención fija en la pantalla.

Disfruto de mis palomitas saladas hasta que, de repente, su mano y la mía coinciden.

—¿Qué haces? —susurro observándolo, y echo un vistazo a su mano sobre mi cubo de palomitas—. ¿Me estás robando?

Bastian suelta el aire por la nariz y se acerca a mí.

—Ya se me han acabado, y pensaba que no te importaría que te cogiera alguna. —Echa un vistazo a mi cubo gigante—. Llevas media hora con eso y no ha bajado nada.

—Bueno, es que como despacio —susurro.

Lo veo detenerse en mi boca cuando me como una palomita.

—Doy fe de ello.

Sonrío, cortada. Él vuelve a su postura y entrelaza las manos sobre el abdomen. En ese momento me siento un poco mal, porque en realidad no me importa que coja; de hecho, hasta lo agradezco, porque yo no me voy a acabar mi cubo y me da vergüenza dejarlo lleno.

Encima de que me ha invitado él… Me moriría de la vergüenza si lo dejo casi lleno.

—Oye, que era broma. Coge.

—Tranquila. No pasa nada. —Gira la cabeza y me mira—. Cómelas tú.

—Que no. Toma. —Le tiendo el cubo con más fuerza de la que me gustaría y parte del contenido se derrama sobre sus largas piernas—. Ay. Perdón.

Avergonzada, intento quitárselas de encima, pero él empieza a revolverse y me agarra la muñeca. Casi me ahogo con la intensidad de sus ojos, a pesar de que la única luz que nos ilumina es la de la pantalla.

—Bee. Para —gruñe sin quitarme los ojos de encima con la mandíbula tensa—. De verdad.

—Pero…

Niega con la cabeza y, cuando me doy cuenta de lo que estaba haciendo, quiero enterrar la cabeza en una de las bu­tacas.

—Madre mía —jadeo—. Perdona. No era mi intención, de verdad. Yo solo quería…

—Eh. Tranquila. —Desliza sus dedos hasta mi mano y tira un poquito para acercarme hacia él—. No has hecho nada malo.

—Soy un desastre.

Me busca con los ojos hasta que, por fin, encuentra los míos.

—Estás hablando con el desastre número uno. —Se encoge de hombros.

—Ya, pero…

—Mira, Bee, si no te callas ya, voy a tener que callarte yo —refunfuña con severidad—. Y no quiero que me odies más de la cuenta.

Abro los ojos como platos. Una parte de mí quiere saber cómo podría callarme, aunque, por cómo me mira la boca, puedo llegar a imaginármelo. Y, para qué negarlo, leer literatura romántica solo hace volar aún más mi imaginación.

Romantizar mi vida e idear situaciones ficticias que no van a pasar es un gran pasatiempo.

—¿Y cómo…?

—¿No te haces una idea? —Se acerca un poco más y se apoya en el reposabrazos que nos separa—. ¿Ni un poco?

Niego con la cabeza, mintiendo como una bellaca. Él se lame los labios.

—¿Te acuerdas de esta mañana? —«cómo olvidarlo»—. Cuando hablábamos de las cosas que teníamos que fingir…

Asiento en silencio porque no sé qué decir y quiero que siga hablando. En ese tono. Con esa calma. Transmitiéndome esa electricidad que empieza en mi garganta y desciende hasta mi bajo vientre.

Y él habla de nuevo:

—Como un beso —dice con la voz ronca—, por ejemplo.

Trago saliva porque ahora mismo me da igual si es por fingir, pero me apetece. ¿Cómo sería besarlo? ¿Será igual que en los libros que leo?

Me lamo los labios.

—Podemos fingirlo ahora —continúa.

Asiento en silencio con el corazón a mil por hora.

Me aparta un mechón de pelo que, por lo visto, se me había quedado en la comisura de la boca. Su mano se desliza por mi cuello hasta encajar a la perfección en mi nuca y, cuando estoy a punto de soltar un gemido solo por ese gesto, posa sus labios sobre los míos.

El primer impacto me quita el aire. Como tirarte al agua sin previo aviso. Como estar en lo alto de una atracción y caer al vacío.

Nada más juntar nuestras bocas, siento una explosión. Como un zumbido muy intenso en todo el estómago. Separamos los labios por inercia y su lengua entra en contacto con la mía.

Y aunque nunca he besado a nadie, y mucho menos con lengua, siento la necesidad de hacer que se encuentre con la de Bastian.

Es una sensación que no sé cómo describir, pero es como…

saber lo que tienes que hacer, aunque nunca te hayan enseñado cómo hacerlo.

Como un pájaro que nace y su primer instinto es volar.

Me tiemblan las manos y una parte de mí quiere tirar el cubo de palomitas y pasar las manos por su cuello, pero no lo hago. Supongo que me da miedo romper ese momento, por eso me quedo quieta, disfrutando de la calidez que desprende en ese momento, que poco se parece a cuando está en el instituto.

Bastian sabe a sal, azúcar y burbujas.

Se separa de mí y sonríe a un palmo de mi boca.

—Sabes a palomitas, Bee.

Me mira con intensidad mientras se lleva una palomita a la boca y vuelve a su postura de antes.

Y me paso el resto de la película con el corazón en la garganta.

No sabía que un beso podía saber tan bien.