34. Bastian
Bastian
—Eso no va ahí…; tienes que conectar el cable de alimentación con…
—Ya sé dónde va —espeto con brusquedad, mirando al chaval que lleva toda la tarde dándome la lata—. Y si tienes algún problema con cómo lo hago, te subes tú y lo haces, ¿vale?
—¿Cómo van mis chicos favoritos?
Bajo la cabeza sin mover las manos de los cables para mirar a Adri.
—De puta madre, ¿no me ves?
—Siempre tan gracioso… —Deja escapar una carcajada sonora y Adriel desvía sus ojos a mis manos—. ¿Crees que podrás arreglarlo?
—Claro.
—Genial. Eres el mejor.
Aprieto los labios porque aún me sigue sorprendiendo la facilidad que tiene esta chica para coger confianza con alguien como yo.
—Perdona, pero creo que te has confundido, preciosa. —Connor agarra su cintura y la acerca a él—. El mejor aquí soy yo.
Ahora el que suelta una carcajada soy yo.
—Más quisieras.
—Capullo —replica con diversión.
Adriel se muerde los labios conteniendo una sonrisa.
—Aquí no… —dice bajito, y se va.
Mis ojos se clavan como puntas de flecha en la chica que está al fondo del auditorio.
Nunca me había parado a observarla con demasiado detenimiento, pero desde esta mañana no dejo de pensar en lo guapa que es.
Sí, sé que he dicho que no es mi tipo, y sigo diciéndolo, pero ella tiene otro tipo de belleza que va más allá de un buen físico.
Es de esa clase de personas a las que ves más y más guapas a medida que hablas con ellas.
Y la realidad es que, desde que hemos llegado aquí, no he podido dejar de mirarla: Adriel me enseñaba las instalaciones y yo la buscaba. Bee me miraba y bajaba la vista.
Y así hemos estado toda la tarde.
El carraspeo intencionado de Connor me hace apartar los ojos de golpe y mirarlo a él, que tiene una sonrisa burlona estampada en la cara.
—¿Qué? ¿Bien? —me pregunta con sorna.
—Todo lo bien que se puede estar aquí metido —refunfuño entre dientes, y vuelvo a centrar mi atención en los cables que hay por encima de mi cabeza—. Llevo dos horas arreglando esto.
Los gritos de Adriel me desconcentran y giro la cabeza para verla. Está gesticulando de forma exagerada, sosteniendo el guion entre las manos y dirigiéndose a los actores que interpretan a Bella y Bestia.
Ninguno de los tres parece contento.
—Menudo carácter.
—Ni te imaginas…
Mi amigo se muerde los labios y yo prefiero no pensar en el significado de sus palabras. Carraspeo y me bajo del escenario con los brazos doloridos por la postura.
Miro la hora en el móvil y arrugo la frente, porque, lo siento, pero yo tengo planes.
Miro a Bee, que sigue enfrascada en su trabajo.
—Yo me voy ya. —Miro a mi amigo—. ¿Te quedas?
—Depende de lo que haga Adri.
Me sacudo las dos manos en los vaqueros y camino hacia el fondo del auditorio, donde se encuentra Bee. A medida que avanzo, un cosquilleo asciende lentamente por mi estómago.
—No deberías trabajar tanto, abejita —susurro, inclinándome sobre la mesa.
—¡Ay! Qué susto. —Da un pequeño bote.
Sonrío porque me parece un gesto extremadamente adorable; pero, cuando se alza, pasa de parecerme adorable a exageradamente… sexy.
Lleva un moño deshecho en lo alto de la cabeza, con unos cuantos mechones sueltos y las gafas en la punta de la nariz.
—Deberías parar, muchacha… —Connor le planta un codazo.
La soltura que tiene con ella me aguijonea el pecho, porque una parte de mí envidia su forma de ser con el resto del mundo.
¿Por qué yo no puedo ser así? ¿Por qué tuve que aprender a mantener una distancia que ahora mismo no sé cómo romperla?
—Bueno… —Bee se termina quitando las gafas y se pasa los dedos por el puente de la nariz.—. No es que tengamos todo el tiempo del mundo…
—¿Y por qué no pides ayuda? —pregunto sin despegar los ojos de ella.
Me mira como si le hubiera hablado en un idioma totalmente desconocido al nuestro. Como si no entrase en sus planes pedir ayuda o delegar trabajo en los demás.
—Porque no hace falta —responde sin despegar sus ojos de los míos—. Puedo con ello.
Mi amigo se acerca un poco más.
—¿Me dejas ver? —Ella asiente—. ¡Oye, pues está muy bien! Mira, tío. Se parece a tu biblioteca.
Me acerco por el otro lado, me quedo tras ella y me inclino hacia delante.
¿Podría haberme quedado donde estaba? Sí. ¿Habría valido poniéndome a su lado o al lado de Connor? Claro, pero no sé por qué he decidido que era mejor opción ponerme detrás de Bee, con mi pecho a una distancia ridícula de su espalda.
—Sí. —Me quedo anonadado al percibir su aroma a miel—. Se da un aire.
—¿Tienes una biblioteca en tu casa?
El estómago me hace chiribitas cuando Bee gira la cabeza para mirarme y sus ojos me observan enormes y brillantes. Me quedo enganchado en ellos sin saber qué decir.
—Puuuf —bufa Connor—. Su casa es como vivir en un palacio del siglo xvii .
—¿En serio? No me digas eso…
No hay que ser muy listo para percibir su emoción.
—Cuando quieras, te la enseño —respondo, tocándome la nuca.
Me observa en silencio hasta que aparece Adri y deja de mirarme para centrarse en su amiga.
—¿No os ibais? —pregunta.
—Sí. —Carraspeo—. Pero a Connor le encanta el «pinta y colorea».
Miro a Bee sin saber por qué. ¿Quizá porque espero que se ría, aunque yo no soy gracioso?
—Me encanta, Bee. —Adri se acerca—. Va a quedar genial.
—Hago lo que puedo.
—¿A qué hora tienes pensado salir? —pregunta Connor a Adri.
—Pues no lo sé. —Se aparta el flequillo de la cara—. Todo depende de cómo sigan esos dos zoquetes. —Señala a la pareja que sigue ensayando en el escenario—. Si no, lo dejamos para otro día…, mañana o…
—Adri, llevas aquí desde las tres de la tarde. —Parece que la abejita es la voz de la razón dentro de su grupo de amigas—. Creo que ya vale por hoy.
—¿Y tú?
Bee alza los ojos hacia mí. Como si me estuviera preguntando en silencio. No se ha olvidado de que habíamos quedado, y eso está bien.
—Yo… recojo esto y me voy. Y tú deberías hacer lo mismo, Adri. Creo que ya está bien por hoy.
—Tienes razón. —Gira la cabeza y lanza un grito que paraliza a todo el mundo—. ¡Chicos! ¡Se terminó por hoy! ¡Seguiremos mañana! —Señala con el dedo a Sierra Byrd y Joel Morris, que ya se están marchando, como también lo hace el resto de la gente—. Quiero las canciones perfectas para mañana.
Connor sonríe y la atrapa de nuevo entre sus brazos.
—¿Vamos?
—Hasta mañana —dicen al mismo tiempo.
La puerta se cierra de golpe y, de repente, se hace palpable el peso del silencio y esa especie de tensión densa que nos envuelve.
Todos se han ido.
Bee coge aire y se repasa los labios con la lengua. Unos que he estado a punto de besar estar mañana… Y llevo todo el día sin dejar de pensar en eso. En cómo sería. En cómo se sentirá. ¿Será como las otras veces?
—¿Nos vamos? —pregunto.
Ella aprieta los labios y desvía la mirada.
—¿Qué?
—Es que… me gustaría terminar esto.
Miro todo lo que tiene sobre la mesa.
—Por lo que parece, no eres de esas personas que dejan las cosas a medias, ¿no?
—La verdad es que no. Me quedan cuatro cosas y estoy. —Afirma, y me quedo ahí. Mirándola. Pero ella no parece muy contenta—. No puedo concentrarme si te quedas ahí mirándome.
—¿Te pongo nerviosa?
—Bueno…, me pone nerviosa que la gente me mire cuando hago algo.
—Vale, vale.
Levanto las manos y le dejo su espacio, porque tengo ganas de salir de allí. Llevo demasiadas horas en el instituto y siento que me voy a volver loco.
Hoy ha sido mi primera tarde sin entrenar, y creo que no lo estoy llevando tan mal como pensaba, pero, aun así, noto la necesidad de botar un balón. De sentir su rugosidad en las manos. El chirriar de las suelas sobre la cancha.
En cuanto llegue a casa, voy a lanzar tiros hasta que caiga rendido.
—Oye. —Giro la cabeza sin dejar de caminar hacia el escenario—. No tardes. Que la película empieza a las ocho.
—¿Película? ¿Qué?
—¿Te gustan las palomitas? —sonrío satisfecho.