El 7 de River Valley 33. Bee
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33. Bee

Bee

Aún con el corazón en la garganta, avanzo hacia la cafetería con Jaz, sin enterarme muy bien de lo que me está contando, porque mi mente está muy lejos de ahí. Se ha quedado anclada en unos ojos azules como el hielo.

En un casi beso.

Trato de apaciguar los nervios que siente mi estómago, aunque hayan pasado un par de horas.

Entrecierro los ojos al entrar en la cafetería y veo a Alex de espaldas, reclinado sobre la mesa como si estuviera hablando con alguien.

—Hola —decimos Jaz y yo a la vez cuando llegamos a la mesa.

Alex tarda unos segundos en apartar los ojos de Mils para erguirse al completo y girarse hacia nosotras.

—Hola, chicas —saluda con tranquilidad.

Mils está sentada sobre la silla fulminando a Alex con la mirada. Él, en cambio, se muestra impasible, con las manos en los bolsillos de su pantalón de pinzas de color negro.

—¿Y Din? —pregunta mi mejor amiga.

Alex se encoge de hombros.

—Pensaba que lo sabrías tú.

Jaz bufa, apartándose el pelo de la frente.

—No —contesta un poquito desquiciada—. No sé lo que hace a cada hora del día, ¿vale?

—Si tú lo dices… —Alex suelta una risita—. No tardará en venir.

—¿Tú te quedas a comer? —pregunta mi amiga—. Sí, ¿no?

Alex se lleva la mano a su pelo oscuro perfectamente peinado.

—Bueno, la verdad es que tenía que ir a…

Jaz lo agarra del brazo y tira de él hacia la mesa.

—Déjate de hacer cosas. Comer también es importante. Muy importante, de hecho.

Y lo sienta justo frente a Mils, que lleva un rato ignorándonos, con el móvil en la mano. Como si no fuéramos lo suficientemente importantes para que nos preste atención.

Pero sé que hay mucho detrás de sus gestos.

Tras esa coraza de que todo le da igual, Mils sufre, y no sé cómo ayudarla.

—¿Cómo estás? —Me siento a su lado, justo enfrente de Jazmín—. Siento que no te veo desde hace mil años.

Hace un mohín para nada sutil con la boca y, sin mirarme siquiera, saca sus cosas para comprobarse los niveles de glucosa antes de comer.

Su relación con la diabetes siempre me ha llamado la atención. No la oculta. No se victimiza; de hecho, tiende a quitarle hierro al asunto y se exige casi más que una persona sana.

Alex no le quita el ojo de encima.

Frunzo el ceño al ver que no saca sus lancetas ni el glucómetro, sino que se sube la manga y pasa el móvil por un sensor blanco que tiene en el tríceps.

—Mils, ¿desde cuándo tienes eso?

—Desde hace unos días —responde sin despegar los ojos del móvil.

—Ah. Qué bien, ¿no? Tiene pinta de ser mucho más cómodo.

—Sí. Resulta agradable no tener que pincharme todo el tiempo.

Le dedico una sonrisa tensa, porque no sé hasta qué punto se alegra de verdad. Ella siempre es así.

—Bueno, ¿y qué tal el finde? —No pierdo la esperanza de que, en algún momento, interactúe con nosotras.

Me observa de refilón.

—Como siempre.

Cierro la boca con fuerza y se me quitan las ganas de preguntar nada más.

—¿Y tú? —Se baja la manga con cuidado—. Ya me han dicho que os lo pasasteis increíble en la fiesta, ¿no? —suelta mordaz.

No me gusta para nada el tono que utiliza, como si yo hubiera hecho algo malo.

—¿Has hablado con Adriel? —pregunto.

—No.

—Oye, ¿qué pasa? —Jaz alza la voz dirigiéndose a Mils—. ¿Tú te has enterado antes que yo?

Jaz es una cotilla redomada y siempre quiere saberlo todo sobre la vida de sus amigas. Por eso hay una mezcla de curiosidad y diversión en su voz, pero nunca de reproche.

Mils, sin mover ni un músculo, alza los ojos hacia Jaz.

—Se ha enterado todo el River Valley —suelta con brusquedad.

Antes de que nadie pueda decir nada, aparece Adriel como un huracán, arrasando con todo. Deja su mochila de color lila sobre la mesa con un golpe seco que hace que Alex aparte las manos con rapidez.

—Ay. Perdón, Alex —se disculpa con un gesto terriblemente adorable—. ¿Te he dado?

Él niega con una sonrisa suave.

Los enormes ojos de Adri se posan en cada una de nosotras, excepto en Milán.

—¿Os habéis enterado?

Nos miramos entre nosotras.

—¿De qué? —pregunta Jaz, confusa—. Oye, de verdad. En este grupo no hay comunicación, ¿eh? Estoy muy per­dida.

—Grayson y Bastian Wolf se han pegado esta mañana en las taquillas.

Trago saliva y me muerdo las mejillas por dentro lo más fuerte que puedo, porque aún no he hablado con ellas sobre ese tema y parece que se lo estoy ocultando, pero no es así.

Jaz me lanza una mirada que me hace sentir pequeñita.

—¿Bee? ¿Algo que comentar?

—Bueno…, puede que quizá haya estado presente.

—¡¿Qué!? —grita Adriel—. Beatrice, de verdad. Estas cosas se cuentan. Se gritan.

—Pero estabais en clase… —trato de justificarme.

—¡Me da igual! Nos esperas en la puerta y, nada más vernos, nos lo cuentas.

—Busca a Jaz con los ojos—. ¿A que sí? —Jaz asiente—.

¿Lo ves? Tía, parece mentira que no nos conozcas…

¡Vivimos por y para estas cosas! Claro, ahora ya esto no tiene gracia, porque yo venía a contaros el drama, pero veo que tú lo has presenciado…

—Bueno, a ver… —titubeo nerviosa porque no sé por dónde empezar—. Es que yo iba a ir a la biblioteca y vino Connor a buscarme…

—¿Connor? —pregunta Mils, lanzando una mirada demoledora a Adriel—. ¿Ese con el que te lo pasaste tan bien en la fiesta?

El silencio se adueña de la mesa y la tensión puede cortarse con un cuchillo. Busco a Adri con la mirada, y hasta ella se ha quedado cortada con el comentario de Milán.

—Si tienes algo que decir, hazlo. Pero deja los puñales a un lado.

—No era más que un comentario.

—Un comentario que no aporta nada, Milán. —Adri se apoya en la mesa sin dejar de observar a nuestra amiga—. ¿Se puede saber qué te pasa conmigo?

—Nada.

—Mientes fatal.

Antes de que Milán pueda decir nada, una chica de pelo rubio se acerca a Adri.

—¡Hola! —Nos echa un vistazo rápido y sonríe a modo de disculpa—. Oye, Adri, me han dicho que tenemos dos nuevos voluntarios para el musical.

Adri la mira con los ojos enormes.

—¿En serio? Ay, Dios. Qué bien —suspira con alivio—. Gracias por avisarme, Rachel.

—Nada. —Le dedica una sonrisa enorme y se va con la misma rapidez con la que ha venido.

—¿Todo bien? —pregunta Jaz.

—Ahora sí, pero llevamos unas semanas…, ¿verdad?

—Me echa un vistazo y asiento sin dudarlo—.

Pensaba que podríamos con todo y que con el tiempo se acabaría presentando más gente para ayudar con el musical, pero no ha sido así.

Se acerca el día y yo no puedo más. Ayer el tonto de Scooter me dejó tirada para irse a no sé qué cosa.

Dijo que tenía que hacer algo importante, pero yo sé que lo que tenía que hacer eran manitas con Kathia.

Sabéis quién es, ¿no? —Nos mira con los ojos abiertos.

»La presidenta del comité de estudiantes.

Que en primero se lio con Grayson y que tiene el pelo larguísimo casi hasta las rodillas.

No sé cómo conseguirá desenredárselo, yo me mato con el mío y no lo tengo tan largo…

, aunque tengo mucha cantidad… Y, por cierto, hablando de Grayson…

—Clava los ojos en mí y siento el pánico en las costillas—.

¿Qué ha pasado, Bee? Entiendo que está furioso después de la fiesta…

Bastian le dejó la cara… —Agita las manos con efusividad haciendo sonar todas las pulseras que envuelven su muñeca—. ¿Lo has visto?

Pestañeo porque ya no sé de quién me está hablando.

—¿A quién?

Me mira ojiplática.

—¡A Grayson!

Adri espera a que siga, o al menos así me lo tomo por la forma en que me observa.

—Ah. Eh. Sí…, pero no me he fijado demasiado en su cara, la verdad.

—¿Había algo más importante en lo que fijarte? —pregunta Jaz, cruzándose de brazos.

Me encantaría decir que sí, porque es la realidad. No podía apartar los ojos de Bastian.

—Puede ser.

—Seguro que está picado porque Bastian te acompañó a casa y…

—¿Me estás diciendo que ese hombre te ha acompañado a casa? —La indignación de Jazmín es palpable.

—Hum… Sí.

Cierra los ojos.

—Y cuando yo te he preguntado si tenías algo que contarme…, no sé. ¿No te ha parecido una buena idea empezar por ahí? Por ejemplo.

Abro la boca para hablar, pero Adri lo hace por mí.

—Yo lo sé porque estaba allí, pero, vamos…, si no tampoco lo sabría.

—Bueno, tú tampoco le has dicho a nadie que te estuviste enrollando con Arias mientras esos dos imbéciles se daban de hostias.

—Las palabras de Milán caen como un chaparrón sobre nosotras, y Adri se queda tan cortada que creo que es la primera vez que no reacciona—.

Anda, mira. Hablando de los reyes de Roma…

Mi corazón empieza a palpitar con una fuerza descomunal y, cuando miro a la puerta de entrada, lo veo. Camina junto a Connor, con las manos dentro del bolsillo de su sudadera y la vista fija en sus playeras.

Trago saliva y mi primer impulso al ver que no suben las escaleras y vienen hacia nuestra mesa es echar a correr.

—Hola.

Connor se dirige al grupo, mientras se sitúa al lado de Adri y pasa el brazo por su hombro con naturalidad, como si lo hubiese hecho toda la vida.

Mis piernas se hacen gelatina cuando veo que Bastian se coloca detrás de mí y posa un beso en mi cabeza.

¡Pooor favor!

Apoya ambos brazos en el borde de la mesa y baja la cabeza hasta que su boca se alinea con mi oreja y me susurra:

—¿Cómo está mi chica favorita?

Me quedo inmóvil y rezo a todo lo que conozco para que mis mejillas no estén como creo que están.

Rojas como tomates.

Hincho el pecho de aire y giro ligeramente la cabeza. Su cara está demasiado cerca de la mía y no sé cómo gestionar eso, porque mi mente me lleva a hace un par de horas, cuando casi nos besamos.

—¿Cómo estás?

Sin dejar de mirarme, me dedica una sonrisa amplia.

—Bien. Oye… —Sin mover un solo músculo, alza los ojos para echar un vistazo a nuestro alrededor. Yo ni me muevo—. ¿Te acuerdas de nuestra cita? —Asiento en silencio—. Bueno, pues no hace falta que quedemos en el aparcamiento…

Frunzo el ceño confusa y el gritito de Adri me saca de nuestra conversación.

—¡No me lo puedo creer! —grita con la boca abierta y señala a Connor y Bastian—. ¿Sois vosotros dos?

—Los mismos —afirma Connor con una sonrisa.

—No es por meterme donde no me llaman, pero… ¿podemos saber qué pasa?

Me siento mal por Jaz y por el resto, que están en la mesa mirándonos sin entender nada. Esto es una falta de educación.

—Si te sirve de consuelo, yo estoy igual que tú.

Me encojo de hombros al mismo tiempo que Bastian se estira en toda su altura y me da un poco de espacio.

—Vamos a ayudar con la decoración del musical —suelta Connor, mirándonos a todas.

—¿Y quién os ha obligado?

La pregunta de Mils cae como una losa sobre nosotros.

—La directora y nuestro entrenador —suelta Bastian a mi espalda, con un tono muy diferente al que ha usado Connor.

Por supuesto que veo la sonrisa de satisfacción que se forma en la boca de Milán.

Volteo un poco mi cuerpo hacia Bastian, porque no me gusta hablar con alguien dándole la espalda. Se lame la herida del labio sin dejar de mirarme.

—Se acabó el baloncesto hasta próximo aviso —suelta con dureza, y puedo ver la angustia que se cierne sobre sus ojos azules.