32. Bastian
Bastian
—¿Usted cree que esa es la actitud que se espera de un estudiante del River Valley, señor Wolf?
Su tono condescendiente me hincha las pelotas de una manera que trato de ocultar bajo una máscara de indiferencia.
Me encantaría gritarle que yo no he empezado nada, que ha sido Grayson, pero, claro, ella nunca haría nada a su sobrino querido.
—¿Me está escuchando? —levanta la voz.
Sin mover ni un solo músculo, alzo los ojos para encontrarme con una señora que perfectamente puede tener entre cincuenta y ochenta años, y que me observa con cara de asco, porque, cómo no, ¿para qué se va a molestar en fingir neutralidad con sus alumnos?
Nuestra directora es la típica persona que sabe que tiene poder y abusa de él. Que, si te odia, va a dejártelo claro. No se anda con rodeos, y en parte lo agradezco. Prefiero eso a una sonrisa falsa y un puñal en la espalda.
—Claro.
Hace un mohín con la boca, que no hace más que incrementar las arrugas que bordean sus labios.
—Le pido, por favor, que me conteste entonces.
—No tengo nada que decir.
—Lo suponía. A su entrenador no le va a gustar nada lo que ha pasado. Está de camino.
Aprieto los puños con fuerza y me incorporo sobre la butaca.
—Ya le he dicho que yo no he empezado nada.
—No es eso lo que me han dicho.
—¿Quién? —exijo, sabiendo perfectamente qué me va a decir, pero quiero escucharlo de su boca—. ¿Quién le ha dicho eso?
—Da igual quién. Lo que importa es el problema que tiene usted con el cumplimiento de las normas.
La veo sonreír con malicia cuando se abre la puerta y mi entrenador aparece con una cara de cabreo increíble, y mi mejor amigo lo sigue detrás.
—Señor Robinson.
—Buenos días, señorita Hoffman. —Me echa un vistazo con el que perfectamente podría haberme aniquilado ahí mismo—. Wolf.
—Entrenador.
—La situación no se puede sostener más. Les pasé lo del examen, pero esto ya no tiene justificación.
—Aprieto los dientes porque sé lo que viene a continuación y no soy capaz de asumirlo—.
Espero que lo entiendan. —Su mirada se posa en nosotros tres—.
Les di una última oportunidad y no han sabido aprovecharla, así que quedan temporalmente fuera del equipo de baloncesto.
Aunque ya me lo esperaba, la noticia es como una bomba para mí.
El baloncesto es lo único a lo que podía aferrarme, ¿y ahora qué?
—¡Pero la temporada está a punto de terminar! —grita Connor mientras se lleva las manos a la cabeza—. No puede…
—Sí que puedo.
—¿No hay alguna manera de…?
—Se acabó el baloncesto hasta nuevo aviso.
—La temporada termina en un mes y medio —escupo con rabia—. ¿Cuándo va a ser ese nuevo aviso? ¿Cuándo estemos preparando la carta de presentación para la universidad a la que no podremos acceder?
—Bastian… —reprocha mi entrenador entre dientes.
—Tranquilo, Robinson. El muchacho está enfadado porque no ha podido salirse con la suya. —Aprieto los dientes con tanta fuerza que siento cómo chirrían. La directora saca un folleto del cajón y lo coloca sobre la mesa—. Si cumplen el castigo, quizá puedan volver al equipo para el último partido.
Estiro el cuello para ver qué pone en el folleto. Connor hace lo mismo, pero ninguno de los dos decimos nada.
La directora habla de nuevo:
—Van a ayudar en el musical de primavera.
—¿Pretende que cantemos? —pregunto sin podérmelo creer.
—No, por Dios. Para eso ya se ha presentado gente que vale —escupe como si me hubiera escuchado en algún momento cantar. Igual soy un cantante de la hostia—. Van a ayudar en cualquier cosa para la que se les necesite en el backstage . ¿Saben lo que es?
—Claro —respondemos al unísono.
—Compórtense y podrán volver al equipo.
Me muerdo la lengua con fuerza, porque siento como todo mi mundo se está viniendo abajo por el gilipollas de Garret Grayson.
Ahora sí que lo voy a matar.
—¿Lo toman o lo dejan?
—No nos queda otra, ¿no? —respondo derrotado, mirando la punta de mis playeras.
Su sonrisa se ensancha y mi pobre entrenador no dice nada, pero puedo percibir perfectamente lo que está sintiendo: decepción.
—Muy bien. Ahora, por favor, hagan pasar al señor Grayson.
Nada más abrir la puerta, lo veo recostado en la silla, como quien está esperando a que le sirvan una cerveza. Como el que sabe que no va a tener ningún tipo de consecuencia porque tiene enchufe, y de los gordos.
Levanta los ojos y me observa.
—¿Que? —escupe.
—Entra.
Se levanta con gran parsimonia y camina hacia mí con la cabeza bien erguida. Yo no me muevo de la puerta y él tampoco hace ningún amago de esquivarme. De hecho, se planta decidido frente a mí.
No puedo evitar mirar sus heridas y sentirme bien por haberle dejado la cara peor que el otro día.
Por capullo.
—¿Te quitas? —gruñe.
Me encantaría cogerlo del pecho y darle un cabezazo, pero no lo hago, ya no solo porque mi futuro pende de un hilo, sino porque es la clase de persona por la que no merece la pena matarse, aunque, si se trata de Bee, sí que lo haría de nuevo.
El simple recuerdo de él molestándola me retuerce las tripas y se cuela hasta lo más hondo de mi ser. Como las espinas de una rosa cuando agarras el tallo sin guantes.
Me aparto y empiezo a caminar.
—¿Sabes? Antes pensaba que solo eras un gilipollas que iba de guay porque odia a todo el mundo. —Se ríe de una forma que me da ganas de vomitar—. Lo que no esperaba es que toda esa mierda fuera una fachada.
Me giro hacia él.
—¿Qué cojones estás diciendo, Grayson?
Mi respuesta no hace más que ensanchar esa sonrisa arrogante que me encantaría borrar de un tortazo.
—¿Crees que no sé cómo funcionas? —Se pasa un dedo por los labios—. Sé lo que estás haciendo y no te va a servir.
—Grayson. —Carraspeo, apretándome el puente de la nariz—. No tengo todo el día y mucho menos me sobra el tiempo para tus…
Sacude repetidamente la cabeza.
—Es por ella. —Un pinchazo me atraviesa el pecho, pero no muevo ni un solo músculo—. Te quieres hacer siempre el interesante y por eso usas esa fachada de… —Me mira de arriba abajo—. De bestia torturada que odia a todo el mundo… —Sus ojos brillan con malicia al terminar de hablar—. Menos a ella.
Me callo, porque quizá sea cierto que odio a todo el mundo menos a ella. Porque es la única que ha visto más allá. Ella me ha dado el puñetero beneficio de la duda, y solo por eso le debo más que a cualquiera.
Antes de que pueda lanzarle una dentellada, la mano de mi entrenador se coloca sobre mi hombro y aprieta un poco, a modo de ¿consuelo? La puerta del despacho se abre y la directora nos observa con cara de pocos amigos.
—Garret Grayson. Pase.
—Te voy a dar un consejo, Wolf: la bestia nunca se queda con la chica.
Me guiña el ojo y cierra la puerta a sus espaldas.