El 7 de River Valley 31. Bastian #2
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31. Bastian #2

Joder. Qué lista es.

Me llevo la mano al pelo sin despegar los ojos de ella.

—¿Me creerías si te dijera que lo que él estaba diciendo era mentira?

Entrecierro los ojos esperando su respuesta.

—¿Por qué tendría que dudarlo? —pregunta extrañada, como si su primer impulso fuera creer lo que dicen los demás y no al contrario, como me suele pasar a mí.

Cojo aire y me lanzo hacia delante, rompiendo casi por completo la distancia que nos separa. Ella coloca las manos sobre mis rodillas como si necesitara mantener el equilibro, y yo sigo jugueteando con su pelo.

Mi sorpresa llega cuando me encuentro con que Bee alza el mentón para encontrarse de frente conmigo.

—La gente miente, Bee.

—Suelo confiar en los demás si no me dan motivos para lo contrario.

—¿Así, sin más?

Frunce el ceño y me fijo en sus pestañas. En la marca que le dejan las gafas en el puente de la nariz. En la forma de sus labios.

—¿Sí? No sé qué responderte a eso.

—Y yo que pensaba que me odiabas. —Una de mis comisuras se alza un poco, pero no demasiado.

—Creo que la palabra odiar es demasiado grande y que se usa muy a la ligera. Que no comparta tus métodos para solucionar las cosas o que tengamos opiniones distintas no quiere decir que te odie. —Se encoge de hombros—. Solo que tenemos formas diferentes de actuar.

Miro de forma fugaz su arco de cupido y vuelvo a centrarme en sus iris jaspeados de marrón y verde.

—Y ¿cuáles son tus métodos, Bee? —ronroneo.

—El diálogo —carraspea, y noto cómo me mira la boca.

Suelto el aire por la nariz, con una risita que me cosquillea en el pecho. Bajo la cabeza y niego.

—¿Por qué no me extraña?

—¿Tiene algo de malo? Creo que es la forma más sencilla de solucionar las cosas. Las personas se entienden hablando.

Aprieto la mandíbula.

—No todas.

—Bueno, pero la mayoría sí. ¿La gente normal?

—Según tu lógica, yo no soy muy normal que digamos, ¿o sí?

—A ver…, técnicamente, a ojos de los demás nadie es normal, pero, bueno, en términos generales, supongo que lo eres.

—Supones… —susurro alzando las cejas.

—Casi no te conozco. —Se sube las gafas, parece nerviosa—. Estoy hablando de lo poco que he visto…

Me muerdo la punta de la lengua, y no sé si es por su cercanía, por la forma en que me observa o yo qué sé.

—¿Y te gusta lo que ves?

No entraba en mis planes encauzar la conversación así, pero, si la respuesta es positiva, tampoco voy a negarme a escuchar lo que quiero.

—Me… Me gusta que me hayas defendido, sí.

El titubeo de su voz. La manera en la que aparta sus pupilas de las mías. El modo de meterse el mechón de pelo detrás de la oreja. Cómo se sube las gafas. Otra vez.

Supongo que no soy el único que está nervioso.

—Lo haría las veces que hiciera falta.

—Porque soy tu novia falsa —afirma con un hilo de voz.

—Y aunque no lo fueras, Bee —confieso—. Si me necesitas, tú solo silba.

Me mira por fin, con las cejas fruncidas y una discreta sonrisa.

—No sé silbar.

—No… —mascullo—. No puedo creerme que no sepas silbar.

—Digamos que no he recibido una enseñanza muy de macho…

—Bueno, eso va a cambiar a partir de ahora. Yo puedo enseñarte.

El silencio se acomoda entre nosotros como un participante más de la conversación, y lo extraño es que no resulta nada tenso, podría pasarme horas observándola.

Tiemblo cuando noto sus dedos sobre mi antebrazo desnudo.

—Perdona. —Aparta la mano de golpe.

—No pasa nada.

No he sentido dolor, sino una especie de chispazo cuando sus yemas han entrado en contacto con mi piel.

Pero me gustaría que lo hiciera otra vez.

Sus ojos se posan en mi ceja hinchada. Pasan de forma veloz por mis ojos y mi nariz hasta quedarse en mi boca.

Trago saliva con dificultad y, cuando veo cómo analiza cada rasgo de mi cara, me quedo rígido.

Alza una de sus pequeñas manos con la intención de tocarme el labio partido, pero, antes de que pueda hacer nada, le agarro la muñeca con brusquedad.

Bee ahoga un jadeo y yo aprieto los dientes para regular lo que estoy sintiendo.

—¿Tienes una tirita? —pregunto desesperado, sin saber muy bien qué hacer o decir.

—No —susurra desconcertada—. Pero puedo ir a buscar una.

Hace el amago de levantarse, y eso era lo último que quería, joder. Le agarro la muñeca y tiro de ella, haciendo que caiga prácticamente en mi regazo.

Tragamos saliva a la vez y aparto el pelo de su cara.

—Quédate conmigo —digo con un hilo de voz. Miro su boca y me humedezco los labios—. Me da miedo la sangre.

No sé si es la seriedad con la que lo digo, la cara de imbécil que debo de tener o que está igual de nerviosa que yo, pero rompe a reír con fuerza hasta apoyar la frente sobre mi hombro.

Ahogo un gruñido y me mira con sus enormes ojos.

—Ay. Lo siento.

Niego con la cabeza.

—Tranquila.

—Quizá deberíamos… —susurra sin apartar los ojos de mi boca.

—¿Qué?

—Igual nos están buscando… o algo.

Una de mis comisuras se alza un poco porque verla así de nerviosa me gusta. Me parece muy tierna.

—Si quieres irte, dímelo.

—No es eso.

—¿Entonces?

Baja la vista y se muerde el labio. Me acerco un poco hasta que la punta de mi nariz roza su mejilla.

—Esta tarde. —La miro a los ojos—. A las seis en el aparcamiento.

—¿Qué?

—Te recojo y vamos a algún lado.

—Ah. Eh. Bueno, quizá lo mejor sería coger un aula de estudio. Las hay muy buenas.

Niego con la cabeza.

—No quiero que nuestro primer contacto sea en un aula de estudio. ¿No querías confianza? Pues esa empieza de otras formas.

Traga saliva, y es con ese movimiento con el que me doy cuenta de que mi mano está sobre su muslo.

Ambos miramos hacia ese punto y nos observamos de nuevo.

—Yo creo que ya has cogido bastante confianza.

—Esto no es nada, abejita —susurro a un palmo de su boca.

Estoy tentado a acortar la poca distancia y besarla. Porque tiene unos labios que incitan a ello y porque no recuerdo la última vez que besé a alguien.

—Te advierto que soy una persona de extremos. O detesto que me toquen… —En ningún momento aparto los ojos de los suyos—. O no quiero que dejen de hacerlo nunca.

—¿Me lo tengo que tomar como una amenaza?

—Tómatelo como una advertencia. Si me tocas, no te prometo que vaya a poder parar —confieso con la voz ronca—. Quizá no quiera hacerlo.

Me encanta cómo su pecho se detiene y abre la boquita.

En el fondo habría sido muchísimo más fácil para mí comerle la boca ahí mismo que expresarle parte de lo que siento cuando estoy con ella.

—¿Esto forma parte del trato? ¿Fingir que sientes algo más que una atracción que evidentemente no sientes? Porque lo estás haciendo muy bien.

Y el hechizo se rompe como una pompa de jabón. Como estar durmiendo y que te despierten con un jarro de agua fría, así me sientan sus palabras.

—Esa es la idea, ¿no? —comento con la voz ronca—. Fingir delante de los demás para que se crean que tú y yo…

—Estamos juntos —finaliza.

—Nos gustamos.

—Eso implica… —Se pasa la lengua por los labios y yo me muerdo los míos—. ¿Besarnos?

Rozo su mejilla con la punta de la nariz. Y me coloco de tal manera que, si me inclino un poco más, mis labios estarían sobre los suyos.

—Por ejemplo.

—Pues hazlo.

—¿Ahora?

Asiente en silencio y todas mis extremidades tiemblan.

—Vas a saco, ¿eh? —Ambos nos reímos nerviosos—. Joder, Bee. Es que…, no sé. Tengo miedo —confieso en una especie de susurro.

—¿De mí?

—De mí.

—Pero yo no.

Ese es el detonante para que pierda totalmente la razón y me lance a su boca. Trago saliva y paso la mano por su nuca. El tacto de su pelo entre mis dedos me hace temblar, al igual que lo hace ella entre mis manos.

—Ya no hay vuelta atrás, abejita —susurro a punto de besarla.

—Sobreviviré —murmura con una sonrisa.

Y cuando creo que estoy a punto de tocar el cielo con la punta de los dedos, la puerta se abre de golpe.

—Wolf, al despacho de la directora.